El sargazo se come las playas del Caribe y nadie sabe quién paga la factura
Una playa de Punta Rucia amanece limpia. Pocas horas después, el sargazo la cubre entera. No es una anécdota: es el nuevo régimen de un litoral que llevaba medio siglo vendiéndose como paraíso. Desde hace tres o cuatro años, un tipo de macroalga que durante siglos giró encerrada en el Atlántico Norte ha encontrado una corriente que la empuja directamente contra el Caribe, y llega por miles de millones de toneladas, sin interrupción.
El fenómeno tiene nombre viejo y geografía nueva. El «Mar de los Sargazos» clásico ocupaba aproximadamente el área del llamado Triángulo de las Bermudas y de ahí salían las leyendas de buques a la deriva y tripulaciones desaparecidas. Aquello era una trampa para veleros, no un problema turístico. El cambio llegó cuando el exceso de nutrientes y el aumento de temperatura del agua convirtieron esa masa en una fábrica que exporta algas hacia el sur.
Por qué el sargazo ya no se puede limpiar como antes
El sargazo esporádico de siempre lo resolvían los hoteles y los municipios con dos o tres días de limpieza. Se sacaban las algas, la arena volvía a lucir y el turista recuperaba su selfie. Ese modelo se ha roto por una cuestión de escala: no hay dónde meter tantas toneladas ni presupuesto que cubra recogida, transporte y disposición. La trampa es de hierro: si el coste se traslada al turista, el destino deja de ser competitivo; si no se traslada, el sector lo absorbe hasta quebrar.
A esto se suma el efecto sobre el propio bañista. Las algas son viscosas, desagradables al contacto con la piel y convierten el agua transparente en un basural flotante. En México hay zonas donde el material se deja pudrir en la playa, con el olor y los insectos que eso arrastra, y propiedades frente al mar que han perdido buena parte de su valor. En República Dominicana ha aparecido un negocio de recogida con embarcaciones que cobra a los hoteles por retirar el alga.
¿De dónde sale tanto sargazo?
La hipótesis que más peso tiene en el análisis apunta a la deforestación de la Amazonía brasileña para sembrar soja y al uso masivo de fertilizantes nitrogenados. Parte de ese nitrógeno acaba, vía río Amazonas, justo donde se ha formado el nuevo foco de proliferación. Con alimento abundante, sol y temperatura adecuada, el alga encontró un medio propicio para desarrollarse sin freno. Hay quien reparte la culpa entre el cambio climático y los vertidos, y quien sostiene que dejar de verter empeoraría menos las cosas aunque no las arregle.
El mapa de afectación no es homogéneo. Bahamas, Cuba, México y República Dominicana cargan con lo peor. Venezuela y Colombia zafan bastante mejor, probablemente por la dinámica de las corrientes internas del mar Caribe. En la costa sur dominicana, el atolón antillano actúa en parte como barrera natural. Pero la tendencia general es clara: una región que era toda ella un paraíso de arena blanca y cocoteros se ve invadida cada vez más lejos.
El negocio del alga: subsidios, promesas y cuentas que no salen
Donde hay un problema aparece un emprendedor. Ya hay proyectos que prometen abono de algas, cosméticos, ladrillos, biocombustibles o barreras para frenar la llegada a la costa. Algunos son bienintencionados; otros viven de fondos públicos o de subvenciones europeas al calor del relato medioambiental. El problema es la aritmética: el sargazo es agua salada y fibra, no una materia prima oleica como las algas que se han estudiado para biocombustible. Y la escala desborda cualquier planta de procesamiento imaginable.
El paralelismo que mejor lo explica es el del oro disuelto en el mar. Existe, sí. Pero la energía necesaria para recuperarlo lo hace inviable. Con el sargazo pasa lo mismo: hay usos posibles, ninguno autosustentable en términos económicos. Fabricar ladrillos de alga costaría varias veces el precio de un ladrillo convencional, y habría que instalar fábricas capaces de tragar cientos de millones de toneladas. Nadie ha explicado todavía cómo se recogen esas algas de todas las costas afectadas a la vez.
El impacto económico: ofertas, quiebras y un calendario de años
El sector ya nota el golpe. Donde antes había lista de espera para los hoteles, ahora circulan ofertas de todo tipo. Si la demanda cae más allá de lo que las rebajas pueden estimular, el siguiente paso es la retirada de las grandes cadenas y la quiebra de los pequeños negocios que viven del turismo: bares, chiringuitos, guías, excursiones en barco. No es un proceso de días, sino de años. El fenómeno se agravó a partir de 2021-2022 y sus peores efectos pueden verse en los próximos ejercicios.
La conclusión incómoda es que el turismo masivo en el Caribe puede estar tocando techo, salvo playas concretas que las corrientes respetan. Y que la naturaleza, esa que llevamos décadas intentando domesticar, ha decidido recordar quién manda. Mientras tanto, el alga sigue llegando. Cada día. Sin interrupción.