El rock como marca ideológica: el nuevo filtro cultural
Hay una paradoja que se repite en cada conversación sobre identidad y consumo cultural: los mismos que rechazan el orden globalista se pelean por etiquetar si Iron Maiden es NOM o anti NOM. La discusión arranca con una provocación directa —«¿existe algo más NOM que la
música pop/rock?»— y la respuesta no tarda en llegar desde el flanco más inesperado: el heavy metal. Un participante lo resume sin rodeos: «Yo soy muy de heavy metal. El día 20 estuve en Murcia en un concierto de Iron Maiden. ¿Eso cuenta?». La respuesta del autor del mensaje inicial es taxativa: «claro que cuenta. El jevi es rock».
¿Qué significa NOM y por qué se aplica a la música
El término NOM funciona en este contexto como etiqueta de todo lo que se percibe alineado con el orden globalista, lo woke o lo institucional. Aplicado a la música, genera un laberinto clasificatorio que los propios participantes reconocen como arbitrario. Un mensaje lo ilustra con sorna: «Y tú usas internet, un invento NOM creado por el ejército USAno y plagado por multinacionales globalistas, en vez de comunicarte mediante palomas mensajeras». La reducción al absurdo deja claro que el criterio no resiste un análisis mínimamente riguroso.
La clasificación se vuelve más confusa cuando entran los gustos personales. Hay quien declara escuchar «canciones montañesas, y de vez en cuando alguna ranchera. La música de los alfotas identitarios». Otro participante responde con una imagen que resume el absurdo: «Ya te imagino en un todoterreno negro grande con llantas de 24 pulgadas y perfil bajo cromadas al estilo rapero, con tus oris y tus joyas grandes colgado del cuello, gorra hacia atrás, ventanilla bajada, brazo colgando por fuera de la ventanilla como un gangsta del bronx, y sonando a todo volumen... una jota castellana».
El heavy metal como refugio identitario
La corriente que reivindica el metal como género afín a la causa anti NOM tiene su propio argumento. Se sostiene que «el Metal a partir de los 70/80 se vuelve mucho más blanco. La base de jazz y blues va siendo abandonada y toma más del folk irlandés y de la música clásica». Es una tesis que mezcla musicología con identitarismo y que, como mínimo, resulta discutible: el metal bebe del blues tanto como del folk, y su historia está llena de influencias cruzadas.
El entusiasmo por el género se extiende a los conciertos. Un participante relata su experiencia con Iron Maiden en Murcia y otro recuerda con emoción a Mötley Crüe en Madrid: «Joder se me caían las lágrimas con los MOTLEY CRUE en Madrid....que grandes, totalmente anti-woke». La asociación entre el rock y una supuesta resistencia cultural se repite, aunque nadie explica exactamente qué tiene de anti NOM un grupo californiano de los ochenta.
La música clásica y el filtro ideológico
El flanco clásico tiene sus propias reglas. Un participante sentencia: «Música clásica y jotas castellanas. AntiNOM total». Otro responde: «Todo lo que no sea escuchar a Wagner es ser un rojo». La boutade resume la deriva del criterio: cualquier preferencia musical puede convertirse en declaración política si se fuerza lo suficiente.
La cosa se complica cuando aparece el nombre de un director de orquesta. «Kubelick es judío. Claro que es NOM», sentencia un mensaje. La respuesta no se hace esperar: «¿El judiaco Rafael Kubelik diciendo que él no dirige obras de Wagner es NWO?». El intercambio muestra hasta qué punto la etiqueta NOM se aplica a personas concretas por su origen, lo que convierte una discusión sobre gustos en algo bastante más incómodo.
La sospecha sobre el criterio clasificatorio
La postura más repetida es la que rechaza el ejercicio completo. Un participante lo formula con claridad: «me parece un poco tonto. No tiene nada que ver la ideología con la música que escuches». Otro añade: «Si te gusta la música, te gusta la música. Seguramente hasta dónde llegues dependerá de lo que escuchaste cuando eras más joven y abierto». La idea de que los gustos musicales definen la posición política se desmonta con un argumento simple: la mayoría no entiende las letras en inglés, así que difícilmente puede comulgar con sus mensajes.
Hay quien va más allá y señala la contradicción de fondo: «Es que tiene que ser cansadísimo vivir así. La URSS seguramente representa las antípodas de lo que yo pienso políticamente. Pero resulta que su himno me parece una auténtica maravilla». La conclusión es que filtrar todo por la política empobrece la experiencia cultural y no aporta nada al debate público.
El consumo cultural como termómetro de la tribu
Más allá del rock, el catálogo de gustos que aparecen en la conversación dibuja un mapa generacional. Hay quien solo escucha «una TDK de 90 con los grandes éxitos de las Spice Girls», quien se declara fan del trance, quien prefiere «música clásica y antigua tipo Julio Iglesias y Luis Miguel» y quien directamente sentencia que «el rock es satanismo puro». La variedad desmiente cualquier clasificación binaria.
La ironía más afilada llega desde el flanco de los himnos: «Solo escucho Horst Wessel Lied por la mañana y Erika al acostarme. Superad eso». La boutade, más allá del mal gusto, señala el absurdo de competir por pureza ideológica a través de la lista de reproducción.
La pregunta que queda flotando es si alguien se cree de verdad este juego de etiquetas o si, como sospecha más de uno, se trata solo de una forma más de marcar territorio en una trinchera cultural donde la música es lo de menos.