El chiringuito que cierra porque el canon se come el verano
El Deseo Beach, uno de los locales más populares de la playa de El Prat de Llobregat, no volverá a abrir sus puertas. El Grupo Iguana, que lo gestionaba desde hace más de una década, ha renunciado a presentarse a la nueva licitación pública convocada por el Ayuntamiento para los próximos tres años. Los motivos que esgrime la empresa son dos: la inviabilidad económica y la falta de colaboración municipal.
El detonante tiene una cifra: el canon. El consistorio cuadriplicó la oferta mínima, que pasó de
10.000 a 40.000 euros anuales, y el ganador final de la puja abonará
70.000 euros al año, el doble de lo que pagaba el anterior concesionario. «Los cánones han subido un montón. Es inviable e imposible», sostienen desde la propiedad del local.
El canon que ahoga la terraza
La subida del canon no es el único lastre. La playa de El Prat arrastra deficiencias estructurales que encarecen el día a día del negocio. No hay baño público ni desagüe, así que el chiringuito debe costear una fosa séptica que se vacía varias veces por semana. Solo ese servicio se lleva entre
30.000 y 35.000 euros por temporada, según los cálculos que maneja la empresa.
A eso se suma el coste de operar con todas las de la ley: personal contratado, cotizaciones, tasas y suministros. «Si te dedicas a hacerlo bien tienes pérdidas», aseguran desde el Grupo Iguana, que insiste en que su modelo pasa por pagar según convenio y garantizar los descansos de la plantilla. El resultado, dicen, es un negocio que ya no salía a cuenta y que otras ramas del grupo terminaban subvencionando.
La puja que duplica el precio y deja dos locales
La nueva concesión ha recaído en la familia Morán, que ya gestionaba el otro establecimiento a pie de arena, conocido como El Lobo de Mar. Las mercantiles Colasan Family y Chiringuito Family se han hecho con el control de toda la oferta gastronómica de la playa para la temporada de 2026. El resultado es un embudo: de cuatro chiringuitos en 2021 se ha pasado a solo dos.
El proceso no es nuevo. En 2023, El Calamar perdió la licitación frente al actual Lobo de Mar y vio cómo el Ayuntamiento no le concedía la prórroga estipulada en el contrato de 2019. Su propiedad habló entonces de un «cese forzado» que generó una notable polémica entre los vecinos. Ese mismo año cerró el mítico Duna, otra víctima de la nueva licitación. La playa ha ido perdiendo locales emblemáticos verano a verano.
El relato del empresario frente al del funcionario
La conversación que ha generado la noticia dibuja dos trincheras. Por un lado, quienes sostienen que el problema es el coste de la administración: el canon, las tasas y las exigencias municipales convierten en inviable un negocio estacional. «Entre canon, personal, seguridad social, suministros, basura, licencias y que encima es negocio estacional, el margen real se estrecha muchísimo», resume un análisis recurrente.
Por otro, quienes apuntan al otro lado del mostrador. «No cierra, simplemente la empresa que lo gestionaba no se ha presentado a la nueva licitación, pero lo ha cogido otra por 70.000 euros anuales», se recuerda. Desde esa óptica, el local seguirá sirviendo platos y el relevo es puro capitalismo: si el anterior no podía pagar el canon, otro sí. La pregunta que queda en el aire es si el que llega podrá sostenerlo cuando llegue la temporada baja.
La playa que se queda sin baños y sin bares
El caso de El Prat no es aislado. En otras playas del litoral español se ha visto el mismo patrón: el concesionario histórico se marcha, entra otro con una puja más alta y, a los pocos años, el local echa el cierre. Hay quien recuerda un caso idéntico en una playa de Andalucía Occidental donde el nuevo adjudicatario se estrelló con los números y el ayuntamiento no bajó el canon. Donde había un chiringuito, quedó un local cerrado.
El Grupo Iguana, mientras tanto, se repliega a sus concesiones de Gavà, Castelldefels y Sitges, donde asegura que el trato con los gobiernos locales y los técnicos es «maravilloso». También centrará sus esfuerzos en la expansión de su marca de eventos Paripé Tardeo. Deja atrás una etapa que fue fructífera y que, según su versión, se había vuelto insostenible.
Queda un dato que descoloca. El chiringuito que se despide no lo hace porque la terraza esté vacía. Lo hace porque, con la terraza llena, los números no salen. Y mientras el canon siga subiendo, el próximo que coja la concesión tendrá que explicar cómo piensa cuadrarlos.