El zulo como norma: 80 m2 no son una casa
Un armario que revienta en cuanto metes dos abrigos. Un salón que es pasillo, comedor y cuarto de estar a la vez. Esa es la escena que abre el asunto: alguien reorganiza los armarios de una vivienda familiar y descubre que el problema no es la ropa, es el continente. La tesis que se lanza es incómoda y difícil de rebatir:
80 metros cuadrados deberían ser un estudio para una persona sola, no el techo de una familia entera. Y sobre esa base se construye la pregunta que recorre todo el asunto: ¿en qué momento se decidió que una ratonera era espacio vital suficiente?
El punto de partida es concreto. La mayoría de la ropa buena está en la ciudad; en la casa de fuera solo quedan chándales y ropa de verano. Al intentar ordenar, el diagnóstico es siempre el mismo:
todo embutido, apretujado, desorganizado. No hay manera de tener las cosas bien puestas porque no hay sitio donde ponerlas. Y de ahí salta la acusación de fondo: los pisos no reúnen las condiciones mínimas de espacio para desarrollar una vida medio normal.
¿Cuántos metros cuadrados necesita una familia para vivir dignamente?
La propuesta que se pone sobre la mesa es un mínimo legal de
50 m2 por persona. Menos que eso, se argumenta, es una jaula y debería ser directamente ilegal. Traducido a una familia tipo, eso son 200 m2 con terraza de al menos 25 m2. No un balcón de tendedero: terraza. Varias habitaciones amplias, un salón grande, otra sala de estar secundaria, cocina y baños de tamaño real.
El argumento no es un capricho de lujo. Es la constatación de que el urbanismo español ya es compacto y vertical, así que el espacio podría optimizarse con mapas hechos al milímetro, como se hacía hace un siglo, pero con viviendas decentes. La contradicción que se señala es que
hay barrios abandonados y solares vacíos en ciudades cada vez más densas, mientras se sigue construyendo el mismo zulo con distribución de capilla románica.
El precio del suelo y la excusa neoliberal
Aquí el asunto se parte en dos corrientes. Una sostiene que el problema es de intervención pública: el suelo lo controla el concejal de urbanismo, los impuestos sobre
construcción, venta y compra se comen un porcentaje enorme, y las licencias y ordenanzas encarecen cada promoción. Bajo ese prisma, los constructores no son neoliberales: son los primeros interesados en vender caro lo que la administración encarece por arriba.
La otra corriente responde que cuarenta años de recetas supuestamente liberadoras no han dado vivienda digna a la población, y que el resultado es un país de especuladores donde por un piso grande piden directamente las córneas. El diferencial entre lo que cuesta construir y lo que cuesta comprar no se explica solo con impuestos ni solo con avaricia: hay una cadena de intermediarios, suelo, licencias y financiación que engorda el precio final.
Madrid, Barcelona y el mantra de la gran ciudad
Aparece el argumento clásico: si quieres espacio, vete a un pueblo. Se sostiene que hay vida más allá de las grandes capitales, que en una ciudad pequeña se encuentran 150 metros con parcela, y que el problema real es que todo el mundo quiere vivir en el centro con sueldo de mileurista. El contraargumento es que las oportunidades laborales están donde están, y que pedir a la población que se mude al vacío es una forma elegante de no resolver nada.
Los datos de densidad que se manejan apuntan en dirección incómoda:
Barcelona supera los 16.000 habitantes por kilómetro cuadrado, muy por encima de Shanghái o Tokio. Si el modelo compacto ya está inventado y funciona en otras latitudes, la pregunta es por qué aquí se traduce en menos metros por vivienda y no en mejor aprovechamiento.
La distribución del piso nuevo: cocina pegada al salón
Una de las observaciones más concretas es la moda de los pisos nuevos con la cocina integrada en el salón. No por modernidad, se dice, sino porque así el conjunto parece más grande: se le quitan metros al salón y otros tantos a la cocina, y el resultado se vende como amplitud. Es el truco de la pérgola:
aparentemente es más, realmente es menos.
A eso se suma el legado de promociones antiguas con un solo baño, tres habitaciones y un armario empotrado como única solución de almacenaje. Muchos propietarios han reformado para sacar un cuarto dormitorio y un segundo baño, aprovechando pasillos y recibidores que desperdiciaban espacio. La conclusión que se extrae es que el problema no es solo cuántos metros hay, sino cómo se reparten.
El coste humano de vivir enlatado
Más allá del precio, se describe un efecto sobre la salud y el comportamiento. Vivir en colmenas verticales estresa, y se pone el ejemplo de los conductores que circulan pegados unos a otros a las seis de la mañana por las rondas de Madrid. Una vida sana exige espacio para algo más que comer y dormir, y el piso de mierda no lo da.
Hay quien recuerda haber crecido en 65 metros siendo cuatro, y seis antes. Otros apuntan que con 40 metros y un patio de 30 se vive razonablemente. La horquilla es amplia, pero el consenso que emerge es que el mínimo actual está por debajo de lo razonable y que la solución no pasa por apretar más, sino por construir mejor.
Con estos mimbres, la pregunta no es si el zulo es cómodo o incómodo. Es cuánto tiempo más se va a seguir llamando vivienda a lo que es una jaula con hipoteca.