No soporto lo que vivimos: la España que se discute como experimento
Según un participante, el 50% de la población rechazaría el concepto mismo de España y entre los menores de 40 años el porcentaje subiría al 70%; un 20% querría independizar su región. Los mayores y los jóvenes se detestarían, hombres y mujeres se habrían declarado la guerra mutua, y todo eso se sostendría, según ese mismo diagnóstico, sobre un varón de mediana edad al que se le va la mitad del sueldo en
impuestos. Ese inventario abre un desahogo escrito al calor del caso Rubiales.
El autor se pregunta primero si no vivirá en una
cámara de eco alimentada por vídeos y webs de un solo signo. Se responde enseguida que la manipulación es tan burda que la sospecha se cae sola. Entre esas dos certezas incómodas avanza un malestar que mezcla macroeconomía, historia, lingüística y preparacionismo doméstico.
¿Por qué se dice que España es un laboratorio sociológico?
La tesis dominante es que el país funciona como campo de pruebas. Se recupera una
supuesta afirmación de Javier Solana según la cual España sería el lugar perfecto para ensayar cualquier experimento sociológico; quien la trae admite que no ha podido verificarla y que no le concede valor probatorio. Otros fijan el arranque en 1978 y en lo que llaman el
R78, un marco que, sostienen, se apoya en la división: divide y vencerás.
La fragmentación territorial recorre varios tramos: un quinto de la población que querría romper su región con el país, la reescritura de la historia en las aulas y unos políticos que, según otra intervención, vivirían de la división. Hay quien retrocede más, hasta la dinastía borbónica y sus tratados, y quien resume el problema en una sola idea: autopsia programada.
La factura del remero: hipoteca, cuota y autónomos
La parte económica es la más concreta. Pagar una primera vivienda, normalucha, lleva unos
30 años y se traga gran parte del ahorro. La conclusión que se repite: se trabaja media vida para tener un techo, algo que debería ser mucho más asequible, y de ahí parten buena parte de los males físicos y mentales.
Encima va la presión fiscal —la mitad del sueldo, se afirma—, el IBI y la impresión de que ponerse por cuenta propia es un atraco. La deuda se describe como impagable, con unos gastos financieros que se disparan mientras los ingresos tocan techo, y el horizonte se reduce a dos palabras: sumisión o estallido.
El desahogo que terminó discutiendo el idioma
Cualquier discusión española acaba en el diccionario. Aquí se censura la expresión «me vuela la cabeza» como calco del inglés, se recuerda que la forma castiza sería otra y el acusado responde que se la oyó a un doctor en física que participó en el descubrimiento del bosón de Higgs. El desvío no es anecdótico: si hasta el idioma se importa mal traducido, la tesis del país intervenido se refuerza sola.
En el camino aparece una película de
1958,
La masa devoradora, con Steve McQueen, confundida con un título setentero. Una masa verde que surge del subsuelo y lo devora todo. La metáfora la aporta un participante, no el autor del mensaje inicial.
¿Qué se puede hacer? Apagar la tele, plaza fija y soberanía personal
La receta más respaldada es doméstica: conseguir una pareja educada, sacarse una plaza de funcionario y apagar la televisión. No es solo una salida individual, es un diagnóstico sobre dónde quedó el refugio. La objeción llega rápido: en la oficina pública el bombardeo oficial sigue igual de fuerte.
La segunda vía es reducir el consumo. Pagar el mínimo de impuestos, comprar poco, vivir en una burbuja propia y tratar con cuatro personas afines para que no te contaminen. Frente a eso se objeta que semejante retiro no está al alcance de todos, y se reivindica la soberanía personal como «el último reducto de resistencia».
Inmigración y delincuencia: lo que se afirma sin cifras
Un participante atribuye el aumento de determinados delitos a la inmigración y sostiene que las estadísticas por origen se ocultan. En el material no aparece ni un dato que respalde esa relación: la afirmación se queda en el terreno de la sospecha y del malestar difuso. Otra parte del hilo pone el foco en otras causas, como el precio de la vivienda y los salarios.
También hay quien mira hacia Asia: países con poca inmigración, roles definidos, familias estables y una vida sencilla. El contraste se plantea como espejo de lo que, según este relato, se ha perdido.
Con todo esto, el hilo no llega a ninguna parte. La pregunta que se lanza —cuándo estallará todo de verdad y qué quedará después— se queda sin respuesta. Ahí se atasca el análisis.