Putin promete una fuerza militar que el frente todavía no ha visto
Según un cálculo que corre con retintín, Rusia fabrica cinco carros Armata por cinco millones de dólares, frente a los ocho millones que cuesta medio Abrams estadounidense. Mientras, la versión oficial sostiene que el país
aún no ha empezado a usar su fuerza militar en serio, y sobre el terreno quienes aparecen en los vídeos son milicias de Donetsk, unidades chechenas y compañías de reclutamiento privado. La distancia entre el catálogo y la realidad es tan grande que admite dos lecturas opuestas: puede ser una bravuconada más, o la confesión de que no queda otra cosa que enseñar.
Qué significa exactamente que Rusia no haya empezado «en serio»
Hay una lectura burlona y muy extendida: es otra
finta, el enésimo anzuelo de un relato que amenaza con la humanidad en peligro y con armas terribles que nunca terminan de verse. En esa línea se llega a plantear que, si la cosa fuera de verdad, la capital ucraniana habría sido arrasada con un artefacto nuclear táctico de cuatro kilotones. Es una hipótesis de sobremesa, no un plan conocido, pero mide bastante bien el tono de la conversación.
La lectura contraria tiene más miga. Lo
en serio se intentó en las dos primeras semanas, cuando se esperaba un derrumbe rápido rodeando la capital. Cuando ese escenario no salió, el esfuerzo se reorientó al Donbás, la parte que se consideraba favorable. Desde entonces, avances lentos, muchas bajas y ninguna prisa por cerrar nada.
El contraste con el discurso oficial incomoda. Pasado un mes de guerra, el ejército ucraniano no había sido barrido y en las ciudades seguía habiendo agua y electricidad. La propaganda interna prometía un paseo y lo que hay es una trituradora.
Quién asume el peso real de los combates
En un punto coinciden casi todas las lecturas: el grueso de las unidades que se ven en primera línea no es el ejército profesional ruso, sino
milicias de Donetsk, combatientes chechenos y compañías de reclutamiento privado. Hay quien lo interpreta como una reserva deliberada de las tropas regulares para lo que venga después. Y hay quien lo interpreta justo al revés, como la prueba de que se tira de lo que se encuentra a mano.
Esa ausencia de aviación y de grandes formaciones acorazadas propias alimenta la sospecha de que el «aún no en serio» es una manera elegante de no reconocer que la fuerza disponible es bastante menor de la anunciada. Explica también por qué el número de efectivos se ha convertido en el dato más manoseado: se habla de unos
140.000 hombres desplegados a lo largo de un frente de 1.000 kilómetros, una densidad que invita a dudar de cualquier ofensiva relámpago.
La batalla de los tanques: del T-62 al Armata
La industria rusa puede fabricar todos los T-62 que quiera: poca electrónica, cero microchips, cero procesadores. Lo que no puede fabricar son carros de última generación, por coste antes de las sanciones y por falta de componentes después. La dependencia de ópticas francesas, piezas alemanas y microchips taiwaneses no se resuelve con voluntad política.
Al otro lado, la comparación que se lanza es igual de incómoda:
medio Abrams estadounidense costaría ocho millones de dólares y su fabricación depende de partes que llegan de otros estados. La pregunta de fondo es cuál de las dos cosas pesa más en una guerra, si el volumen industrial en bruto o la tecnología punta. En artillería, se pregunta en qué sería inferior el Smerch ruso al HIMARS occidental, y nadie da una respuesta cerrada.
El capítulo de los drones roza el esperpento: piezas de compra online y depósitos improvisados con garrafas de agua frente a aparatos occidentales de gama alta. Que un ejército de primer nivel pelee con ese material dice bastante del inventario disponible.
El precedente de la Segunda Guerra Mundial y sus límites
El paralelismo histórico se ha usado para defender las dos tesis. Los alemanes tenían fama de construir carros magníficos y acabaron usándolos como simples casamatas cuando el combustible escaseó; perdían más blindados contra campos de minas al atacar que contra los tanques enemigos. Alemania ganaba batallas y perdió la guerra.
Del lado soviético, la producción en masa de carros medios polivalentes resultó decisiva, aunque el T-34 fuera inferior en muchos detalles blandos —
sin radio de serie hasta 1943— y aunque Moscú comprara Panzer III en 1940 y concluyera que el alemán era superior. La lección es de volumen, no de catálogo.
El detalle que rompe la analogía es sencillo: Rusia no ha pasado a una economía de
guerra total. Sin ese paso, la comparación con 1941 se queda en recurso retórico.
Afganistán, Irak y la trampa de los plazos
La otra comparación habitual es la de Estados Unidos. En guerra convencional reventó a los talibanes y a Irak en semanas, y luego se quedó veinte años atascado en la ocupación. Nadie más tiene esa capacidad de sostener un despliegue durante dos décadas.
De ahí sale el argumento más duro contra las prisas: si la primera potencia necesita veinte años para no ganar en un país lejano, exigir a Rusia un resultado limpio en un mes es discutible. La contra es igual de sólida: Rusia no invade a diez mil kilómetros, sino en su frontera, con vecinos hostiles y todo el bloque occidental metiendo armamento por tierra.
El punto que nadie cierra es si posiciones como Jersón son sostenibles o si serán el próximo ajuste de cuentas. Hay quien pide paciencia y apunta la fecha para revisarla más adelante, y hay quien recuerda la isla de las Serpientes y Crimea como avisos de que el mapa se mueve.
Queda una pregunta que nadie responde: si de verdad no se ha empezado en serio, ¿qué se está esperando exactamente para empezar?