Polonia cae a 1,02 hijos por mujer y encabeza el desplome demográfico europeo
A comienzos de 2025, Polonia registra la segunda tasa de natalidad más baja de toda la Unión Europea: 1,02 hijos por mujer. El dato, difundido junto a los recuentos de @More Births y @Birth Gauge, sitúa al país que durante años se vendió como el bastión de la familia tradicional en el mismo club que Lituania, que lidera el récord con 1,01. La paradoja es difícil de digerir para quien esperaba que el conservadurismo social y la religiosidad funcionaran como anticonceptivo inverso.
El mapa de la fertilidad ultra-baja en 2025
Los demógrafos llaman «fertilidad ultra-baja» a todo lo que baja de 1,3 hijos por mujer. En 2025, unos 29 países se encuentran por debajo de ese umbral. Los que rondan o perforan el 1,0 forman una lista incómoda: Lituania, Polonia, Costa Rica, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Tailandia y Singapur. Taiwán va por 0,78 y Corea del Sur por 0,81, cifras que convierten cualquier debate sobre pensiones en un ejercicio de ciencia ficción.
España, en ese mismo cuadro, pasa de 1,12 a 1,13 hijos por mujer, con casi 1.000 nacimientos más que el año anterior por estas fechas. El matiz importa: ese repunte se atribuye en buena parte a la natalidad de madres de origen migrante, no a un cambio de tendencia de la población autóctona. La tasa real de los españoles de toda la vida, según algunos cálculos que circulan, estaría muy por debajo del 0,5.
¿Por qué sube la vivienda si la población no crece?
La pregunta que abre el análisis es aparentemente sencilla: si la natalidad se hunde, ¿por qué el precio de la vivienda no deja de subir? La respuesta que se impone en el análisis no tiene nada que ver con los bebés. Primero, la población total sigue creciendo vía inmigración. Segundo, el número de unidades familiares se multiplica: donde antes vivía una familia de cinco, ahora aspiran a vivir dos solteros, cada uno con su propio piso. Tercero, apenas se construye desde 2008. Y cuarto, buena parte del stock vacío está en zonas sin demanda, como la España rural.
A eso se añade un factor financiero: hay facilidades para abrir hipotecas y muchas unidades quedan reservadas de antemano. El resultado es un mercado tensionado sin necesidad de que nazcan niños. La vivienda sube porque se paga en euros que pierden valor, sostiene otra corriente: quien hubiera cobrado en oro desde 2002 vería la vivienda incluso barata.
El argumento de la inteligencia y el suicidio demográfico
Corea del Sur y Taiwán, dos de los países con el cociente intelectual más alto del planeta, se desangran demográficamente. La paradoja no se le escapa a nadie: ¿quién fabricará los chips y los semiconductores cuando esas islas sean residencias de ancianos? Hay quien lee en esto una advertencia evolutiva: la inteligencia no garantiza la reproducción, y los tiburones llevan cientos de millones de años con cerebros minúsculos. Los que mejor se reproducen no son los más listos, sino los que se aprovechan de los demás.
Otra línea de análisis apunta al capitalismo como máquina de autodestrucción: para crecer destruye las sociedades que lo generan, y las personas más cualificadas postergan o descartan la maternidad. La consecuencia es que España crece importando mano de obra descualificada mientras su población autóctona envejece. El país no africano con mayor tasa de natalidad es Afganistán, donde no existe feminismo institucionalizado. Ahí queda eso.
Polonia no es tan tradicional como se pensaba
El caso polaco desmonta un relato muy extendido. Quienes esperaban que la religiosidad y el conservadurismo social dispararan la natalidad se encuentran con la segunda tasa más baja de la UE. Las mujeres polacas tienen menos hijos que las españolas. Y las que más hijos tienen en España, según los datos, son las de origen magrebí, no las bautizadas.
La transformación social de Polonia se describe como un proceso importado y financiado: manifestaciones diarias sobre aborto, derechos LGTBI y feminismo, con un aire artificial que contrasta con la terquedad polaca. Hungría, en cambio, se resiste. El wokismo, venga de Bruselas o de Washington, no entiende de PIB ni de tradiciones: llega, se instala y deja la natalidad por los suelos.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: si ni los países más ricos, ni los más religiosos, ni los más inteligentes consiguen reproducirse por encima del reemplazo, la pregunta deja de ser económica y pasa a ser otra cosa. Y nadie quiere responderla en voz alta.