Fregonas contra el Estado: la factura del barro en Valencia
El Estado presume de una eficacia del
100% a la hora de exprimir a impuestos a quien lo consiente y desaparece cuando hay que sacar lodo de una calle. Esa contradicción, formulada
con retranca por un contribuyente cualquiera, resume el pulso que se libra en las zonas anegadas por la DANA. Miles de personas han ido con fregona, rastrillo y capazos, con camiones cargados hasta arriba, maquinaria comprada y médicos pagados de su bolsillo. La pregunta incómoda no es si ayudan. Es
por qué el Estado no está y ellos sí.
¿Qué lleva a miles de voluntarios a las zonas inundadas?
Buena parte no tiene obligaciones profesionales ni personales esos días, o se las salta, y no pocos disponen de dinero y tiempo para desplazarse lejos de casa. La estampa que describen quienes han estado allí es la de una marea de gente con material propio, incapaz de coordinarse porque no hay nadie que coordine. Los convoyes de camiones, la maquinaria y los desplazamientos médicos salen de bolsillos particulares, no de un plan de emergencia.
Ese es el detalle que escuece. No falta gente dispuesta a arrimar el hombro; falta que el hombro no sea la única infraestructura disponible.
El postureo y la foto: cuánto hay de imagen en la ayuda
No todo es épica. Una parte del análisis sostiene que hay quien acude a hacerse la foto, a colgar el vídeo y a pregonar lo mucho que arrima, y que esos suelen ser los que menos aportan. La liturgia se repite cada vez que hay una catástrofe: ya ocurrió con las excursiones para ver el volcán de La Palma y con los desplazamientos a Ucrania de quien decía ir a ayudar.
La objeción a esa lectura es razonable. Sin cámaras ni móviles, el número de voluntarios se desplomaría, cierto; pero quien carga capazos durante diez horas y luego sube una foto no deja de haber cargado capazos. Se discute la intención, no el resultado.
La tesis incómoda: le están haciendo el trabajo al Estado
Aquí está el núcleo.
Se diluyen responsabilidades. Si la calle la limpia el vecindario y los camiones los llena la gente, la catástrofe parece menos grave y la administración sale mejor parada. La comparación que circula es la de los aplausos a los balcones durante la pandemia: la población se volcó, el relato oficial se reforzó y nadie preguntó por los medios materiales que faltaban.
Hay quien va más lejos y sostiene que al poder no solo le conviene el perfil bajo, sino el desorden: mientras la emergencia la absorbe la solidaridad, el escrutinio se enfría solo. La hipótesis contraria también tiene defensores. Sin esa marea humana la respuesta habría sido directamente inexistente, y culpar al voluntario de la incompetencia ajena es confundir al que tapa el agujero con el que lo abrió.
Seguros, autónomos y quién paga la reconstrucción
La factura material tiene dueño, según una parte del planteamiento:
los seguros. La mayoría de viviendas y locales afectados tienen póliza, el dinero no debería ser el cuello de botella y lo que escasea es la mano de obra. De ahí la expectativa de que autónomos y pymes de oficios —albañilería, fontanería, electricidad, pintura, limpieza— se desplacen a la zona durante meses con trabajo garantizado.
Quien mira el otro lado recuerda que un afectado no es necesariamente un indigente: tiene casa y negocio, aunque necesite reforma y muebles nuevos. El drama real, se argumenta, está en quien no puede resolverlo con ahorros ni con una póliza, y ahí debería concentrarse la ayuda.
Huelga general, insumisión fiscal y otras salidas
Las alternativas que se plantean son de manual y todas chocan con un problema práctico. Ir a la Moncloa, al Congreso o a las sedes de los partidos a exigir cuentas es legítimo y no arregla una tubería. La insumisión fiscal se cae por su propio peso en cuanto se mira la letra pequeña. Y una huelga general de tres meses exigiría sindicatos dispuestos a convocarla: ese es
otro asunto pendiente.
Sin ese voluntariado, ¿colapsa todo?
La respuesta mayoritaria es que sí. La sociedad funciona porque cada cual pone su
granito de arena cuando vienen mal dadas, y los políticos no están ahí para gestionar, sino para lo contrario. Otra lectura apunta a la raíz: arreglar la consecuencia en lugar de la causa, tapar el desastre a paladas en vez de exigir responsabilidades por la gestión. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y ahí se atasca la conversación.
Con la reconstrucción por delante, el voluntariado seguirá siendo el plan A. La pregunta abierta es qué ocurre el día que nadie tenga vacaciones, ni coche, ni ganas de salir en la foto:
¿quién limpia entonces?