Por qué ellas viajan más: consumo, postureo y una huida sin fotos
Quien abre el debate sostiene que en los viajes organizados a los que ha ido y en los cursos de inglés fuera de España siempre ha habido más mujeres que hombres. Sobre esa impresión se levanta una pregunta incómoda —por qué más mujeres que hombres tienen esa
obsesión con viajar— y al menos cuatro respuestas que no encajan entre sí. Todas se sostienen con algo. Ninguna cierra el asunto.
El viaje como consumo: la foto pesa más que el destino
El argumento más repetido no es biológico, es publicitario. El viaje habría dejado de ser un desplazamiento para convertirse en un escaparate: lo relevante no es el sitio, sino la imagen que se sube desde él. Hay quien lo resume con dureza:
si no pudieran hacerse fotos y publicarlas, a muchas de esas personas no les interesaría viajar lo más mínimo. La pregunta que acompaña a esa tesis es si el viajero medio se interesa por los monumentos, la cultura, la gastronomía o la historia del lugar, o solo por el selfie con el monumento detrás.
Un caso concreto que se cita: alguien vuelve de Filipinas y calcula que, de los jóvenes que se cruza, aproximadamente
la mitad no habría viajado sin Instagram. Otro añade que el viaje es un hobby que no exige talento, a diferencia de la música, la fotografía o el deporte. Y un tercero remata: hoy se puede recorrer Tokio en vídeo mejor que en persona. El consumo, en esta lectura, no es el billete: es el relato del billete.
¿Ellos acumulan patrimonio y ellas experiencias?
La segunda línea de análisis es la que más se pelea. Se sostiene que el hombre se ancla en un territorio y trabaja por hacer patrimonio, mientras la mujer busca experiencias; que el primero sueña con construir y la segunda con proyectar su imagen, porque su ventana temporal para hacerlo sería más corta. La tesis se acompaña del clásico argumento antropológico: en las tribus se intercambiaban mujeres entre grupos para evitar la endogamia, lo que habría dejado un apego menor al terruño y una tendencia mayor al desplazamiento.
Conviene decir que quienes defienden esto lo etiquetan ellos mismos como generalización, con
excepciones honrosas en ambos sexos. Otros lo rebaten desde otro sitio: los hombres viajan igual o más, pero casi ninguno puede monetizarlo y por eso no lo exhibe. Solo el famoso que saca dinero de sus desplazamientos publica el catálogo.
¿Es viajar una forma de huir de uno mismo?
Aquí la conversación se pone literaria. Se cita a Peter Pan, que huye de su propia sombra porque no quiere crecer, y se cita al escritor
Ramiro Pinilla —marino mercante y autor de la corriente renovadora de la narrativa española—, que afirmaba que viajar «es una huida, como tratar de llenar un vacío». Pinilla pasó toda su vida en Getxo. La anécdota no es menor: el hombre que mejor definió el viaje como fuga no se movió de casa.
El diagnóstico que más se repite: no se soportan a sí mismos, no aguantan el silencio ni una tarde de paseo sin estímulo, y por eso
huyen hacia delante. Se añade un matiz que rebaja el romanticismo: viajando no se nota tanto la soledad. Frente a eso, la réplica de quienes viajan por curiosidad genuina, sin redes y sin publicar nada, recuerda que antes de internet cada destino era un descubrimiento real y no la confirmación de seiscientas fotos ya vistas.
El proselitismo viajero y la huella de carbono que nadie pregunta
Un punto de fricción recurrente: la presión social. Decir que no te gusta viajar se paga con cara de extrañeza, como si renunciar al avión te hiciera un inculto. Algunos análisis lo llevan al extremo: el viajero de tres al cuarto hace proselitismo porque necesita justificar el gasto, y en esa misma conversación nadie le pregunta por la
huella de carbono del desplazamiento. La contradicción entre conciencia ambiental y vuelo barato se señala sin piedad, y hay quien, medio en broma, apunta al abaratamiento de los vuelos como uno de los motivos de que el fin de semana lejano se haya hecho costumbre de masas.
También aparece la defensa de lo cercano: España tiene de todo y a menudo más y mejor que lo que se va a ver fuera, con cientos de destinos pendientes antes de cruzar una frontera. Ahí el desacuerdo es total: unos ven en el viaje la mejor experiencia vital disponible; otros, un gasto sin sustancia.
Quién paga el viaje: pareja, calendario y cuenta corriente
La parte más terrenal del asunto es la del dinero. Hay relatos de matrimonios en los que la negociación de las vacaciones se convierte en un pulso: uno de los cónyuges planea la escapada y el otro la sufre antes, durante y después. Se menciona
Eurodisney como ejemplo de destino caro y prescindible. En esos casos el viaje no es una afición individual: es una obligación conyugal con factura.
Y por debajo queda la pregunta que nadie contesta del todo: cuántos de esos desplazamientos se sostienen con dinero propio y cuántos con el de otro. El asunto se deja apuntado, no resuelto.
El dato que falta
Si mañana desapareciera el móvil, ¿cuántos de esos viajes seguirían produciéndose? La estimación que circula, un 50%, no la ha medido nadie. Y el otro 50%, tampoco.