Del olivo de secano al aguacate: el mapa agrario que tensa el precio
En 2019, la provincia de Málaga ya arrastraba una transformación silenciosa:
6.000 hectáreas de olivar de secano convertidas en campos de fruta tropical, aguacate y mango, en comarcas con problemas para regar. Años después, con el aceite de oliva disparado en la estantería, aquel cambio de cultivo vuelve al centro de la conversación. La tesis que recorre el asunto es incómoda: si se arrancaron miles de olivos, ¿cómo no va a faltar aceite?
La respuesta no es tan simple. El olivar arrancado en la Axarquía no era el que sostiene el mercado nacional, y la superficie total de olivar en España no ha dejado de crecer. Pero el episodio deja una pregunta que nadie cierra:
por qué se planta un árbol que exige mucha agua en una de las zonas con menos recursos hídricos de la provincia.
Qué pasó con los olivos de la Axarquía
La noticia que originó el asunto, fechada en 2019, describía la sustitución de
6.000 hectáreas de secano por cultivos tropicales en la comarca malagueña de la Axarquía. El olivo de secano, con riegos de apoyo solo en años muy secos, dejaba paso al aguacate y al mango, dos frutos con demanda europea y precios de venta más altos.
El argumento económico es difícil de rebatir desde la barrera.
El agricultor mira para su negocio, y durante años la aceituna se pagó por debajo de coste. Quien tenía una parcela marginal de olivar en pendiente, con rendimientos bajos, encontró en el tropical una salida. La pregunta es si esa salida se construyó sobre un recurso que no estaba garantizado: el agua.
El agua que no cuadra con el cultivo
La Axarquía es una de las zonas con menos disponibilidad hídrica de la provincia de Málaga. El aguacate necesita riego constante; el olivo de secano, prácticamente ninguno. Ahí está el nudo del asunto.
Plantar tropical en una comarca seca obliga a tirar de pozos, y una parte de esos pozos no tienen la concesión en regla.
El resultado es un conflicto que se ha ido aplazando: regantes que piden legalización, administraciones que miran hacia otro lado y un ciclo de sequía que aprieta cada vez más. La pregunta que queda en el aire no es agronómica, es de ordenación del territorio: quién autorizó, quién miró y por qué se llegó hasta aquí.
¿Es culpa del aguacate que el aceite esté caro?
No. Y conviene decirlo claro porque la ecuación fácil —menos olivos, menos aceite, precio arriba— no se sostiene con los números. La superficie de olivar en España no ha dejado de aumentar, y los rendimientos por hectárea han subido con las plantaciones en regadío y el cultivo intensivo.
Las 6.000 hectáreas malagueñas son una anécdota frente al olivar de Jaén o la campiña cordobesa.
Lo que sí explica el precio es otra cosa: una cosecha mala, la especulación en el mercado y un producto que se ha convertido en objeto de lujo en la estantería. Hay quien sostiene que el aceite de oliva paga un IVA que no se corresponde con su condición de alimento básico, y que en otros países europeos se encuentra más barato que en España. El cálculo completo, con márgenes y escalones de distribución, da una diferencia que sorprende.
El olivar que no da para vivir
La experiencia de quien ha crecido entre olivos desmonta la idea del agricultor enriquecido.
Un olivo puede dar 100 kilos de aceituna en un año bueno y 20 en uno malo, lo que se traduce en unos 25 litros de aceite en el mejor de los casos. A 50 céntimos el kilo, hablamos de 50 euros por árbol. Con eso no se vive.
Por eso casi nadie en las zonas olivareras vive exclusivamente del olivo: es un complemento, no un sueldo. Y por eso, cuando un cultivo alternativo promete más, hay quien cambia. La crítica a esa decisión —
avaricia, dicen algunos— choca con una realidad incómoda: durante décadas el olivar tradicional ha estado al borde de la subsistencia.
El clima, la sequía y el negocio que viene
El fondo del asunto es un reordenamiento del campo andaluz empujado por el clima y por el mercado. El aguacate y el mango tienen comprador europeo y precios que aguantan; el olivar de secano, no siempre. La sequía añade una variable que nadie controla y que puede dejar a más de uno con la plantación seca.
Hay quien espera que esas plantaciones se arruinen y sirvan de escarmiento. Es una postura que dice más del enfado que del análisis. Lo cierto es que el campo se ha movido siempre hacia donde estaba el dinero, y que el problema no es el agricultor que cambia, sino un modelo que no garantiza agua ni precios estables para ninguno de los dos cultivos.
La discusión se atasca exactamente aquí: entre quien señala al agricultor y quien señala al especulador, nadie ha explicado todavía cómo se riega la Axarquía sin pozos fuera de norma ni cómo se paga el olivar de secano sin subvención.