La sequía oficial que no se rinde ni con los embalses al 90%
En Galicia los embalses van al 90% y hay bosques incapaces de drenar tanta agua. En la Alcarria madrileña el campo se ve verde y los pantanos rondan el 87%. Con ese paisaje sobre la mesa, la frase que ha encendido la conversación es otra:
la sequía no terminará por mucho que llueva. Y la discusión no es meteorológica. Es sobre quién decide qué se hace con el agua cuando sobra, y sobre si el relato de la emergencia hídrica aguanta una temporada de lluvias torrenciales.
¿Qué significa que la sequía no terminará aunque llueva?
Tomada al pie de la letra, la afirmación admite dos lecturas. La técnica sostiene que una sequía no se mide por lo que cae del cielo en un trimestre, sino por el estado de los acuíferos, la reserva embalsada y la demanda de riego, industria y consumo urbano: un año generoso no recarga de golpe lo que tardó una década en secarse. La política dice otra cosa. Si el marco de excepcionalidad se prorroga pase lo que pase, las restricciones, los precios y las prioridades de uso siguen en las mismas manos.
Entre quienes siguen el asunto, la segunda lectura gana por goleada.
El que diga que hay sequía es porque desea que haya sequía, resume una de las intervenciones más repetidas. Conviene recordar, no obstante, que mirar el pantano de casa no equivale a un censo hidrológico nacional. España no tiene un problema de agua. Tiene un problema de agua
donde no está.
Embalses al 90% en Galicia y al 87% en el sureste madrileño
Los dos porcentajes que más se repiten no salen de ningún boletín oficial: son observaciones de quien mira el pantano desde la orilla. En el noroeste, los embalses se sitúan en torno al
90%; en zonas tradicionalmente secas del sureste madrileño, alrededor del
87%. Con esas cifras, sostener la alerta por sequía suena, como mínimo, forzado.
Hay quien añade matices que incomodan a los dos bandos. Una reserva alta en una cuenca no riega otra, y el trasvase que uniría ambas es justo el que nunca se construyó. De ahí sale la propuesta que más consenso genera:
con una buena red de trasvases, los problemas de sequía en algunas regiones estarían minimizados. El problema es que esa red lleva dos décadas empantanada en el BOE.
Del Plan Hidrológico Nacional al pantano que se vacía
El reproche tiene fecha. La paralización del Plan Hidrológico Nacional tras los atentados del 11M se cita como el momento en que España dejó de mover el agua de donde sobra a donde falta. El caso contrario se pone sobre la mesa con el embalse de Itoiz: si se hubiera atendido a quienes se oponían, se sostiene, la comarca de Pamplona y su entorno —unos
600.000 habitantes— sufriría cortes cada verano.
Y luego está la gestión del día a día. Se describe el vaciado de pantanos como rutina justificada en preservar el río: compuertas que se abren dos veces por semana durante seis horas para mantener el caudal aguas abajo, mientras el resto del trazado recibe afluentes y lluvia.
Agua va, ironizan. La sospecha de fondo es que hay demasiados millones en juego como para dejar que se los lleve la corriente.
Quién gana cuando el grifo se cierra
Aquí el debate se vuelve económico. Se apunta a los consejos de administración de las grandes eléctricas y a los fondos que controlan paquetes accionariales decisivos: bastaría una llamada, dice el argumento, para vaciar un embalse o para parar cuatro reactores nucleares en plena negociación con el Gobierno. Nada de eso va acompañado de documentación, y conviene tratarlo como lo que es: una sospecha extendida, no un hecho probado.
El escenario que se dibuja a continuación es el de un recurso hídrico tratado como activo financiero, con la vista puesta en vender el litro a precio de destilado de doce años. La etiqueta para todo esto ya está puesta: Agenda 2030, restricciones y libertad recortada. Que el agua sea de todos cuando llueva mucho es, por ahora, la única parte del programa que nadie discute.
¿Por qué los datos de precipitación no mueven el relato?
La hipótesis más repetida es incómoda y sencilla: las temperaturas se pueden ajustar, discutir y reajustar; los litros caídos, no. Un pluviómetro no negocia. Por eso, cuando la realidad se empeña en llover, la respuesta no es revisar el marco, sino estirarlo. El cuento climático, dicen, tiene que seguir dando de comer a una industria de observatorios y chiringuitos que no se toca.
Frente a eso, la explicación técnica habitual insiste en lo mismo: la sequía se mide en reservas y en demanda, no en litros de un mes. Puede que tengan razón. Puede también que sea lo de siempre: el indicador correcto aparece justo cuando el dato incómodo llama a la puerta.
Las dos cifras que sostienen la réplica —
90% en Galicia,
87% en el sureste madrileño— no vienen de ningún organismo. Son observaciones de quien mira el pantano desde la orilla. La serie oficial del embalse que se vacía sigue sin aparecer por ninguna parte.