Zatulin dibuja el mapa: nuevas repúblicas y anexiones en Ucrania
Una frase del diputado ruso Konstantin Zatulin ha bastado para enfriar cualquier expectativa de marcha atrás. Las ciudades y el territorio que Rusia ocupa desde el 24 de febrero no volverán a control ucraniano, según la lectura que se hace de sus declaraciones: o formarán nuevos entes al estilo de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, o se integrarán en ellas, o se anexionarán a Rusia directamente. Zatulin, miembro de Rusia Unida en la Duma, no habla de cesiones. Habla de hechos consumados.
El mensaje tiene una segunda parte que suele pasarse por alto. Según su propio relato, algunos distritos de la región de Zaporizhzhia estarían votando para unirse a Donetsk, y la región de Kherson querría formar una nueva Taurida junto a Crimea, «como en la Rusia zarista». Nada de una anexión en bloque, sino de reparto por trozos. El mapa que aparece no es nuevo: es uno viejo desempolvado.
Qué territorios entrarían en ese reparto
El escenario más detallado que circula no habla de ocho repúblicas populares, sino de un ajuste más quirúrgico. Donetsk y Lugansk irían a Rusia; Crimea se convertiría en la
República de Taurida sumando la parte de Kherson al sur del Dniéper y lo ya tomado de Zaporizhzhia, recuperando la provincia de 1917. Járkov volvería a proclamarse república, como en 2014, y Odessa seguiría una vía parecida, con Nikoláyev de propina. Es una reconstrucción territorial que se remonta a fronteras anteriores a la Unión Soviética.
Si eso se materializa, Ucrania quedaría reducida a un territorio interior. Hay quien lo resume sin paños calientes: lo que no se ocupe será un Estado
sin mar y sin recursos, pegado a Polonia y con un gobierno afín a Moscú.
La costa, el gas y el grano: el interés que no se declara
La tesis más repetida señala que la salida al mar no era el problema real, porque Rusia ya la tiene por otros puntos. Lo que se esconde, en esta lectura, es la apropiación de las
bolsas de gas ucranianas y, de paso, de tierras fértiles de cultivo. Una guerra con motivos económicos revestida de propaganda política. Frente a eso, otra parte del análisis subraya que el objetivo declarado era proteger a las poblaciones de mayoría rusa y blindar Crimea.
Las dos versiones no son excluyentes del todo. El control de la franja costera une el Donbás con Crimea y con Transnistria, un corredor que dejaría a Ucrania sin litoral útil y que convertiría cualquier alto el fuego en una línea de trinchera permanente. Otra coincidencia: la guerra será larga
salvo sorpresa.
El precedente que se repite: Krajina y Balcanes
Según los datos que manejan quienes siguen el conflicto,
200.000 serbios vivían en la Krajina y tras la guerra de los 90 no queda ni un tercio. El número se usa como advertencia sobre lo que puede ocurrir con poblaciones enteras cuando se redibujan fronteras. En paralelo resurge la memoria de la impunidad de algunos episodios de los bombardeos de la OTAN, como el impacto de un misil sobre un tren en Grdelica.
La comparación no es inocente. Sirve para recordar que en Europa ya se han vaciado territorios con la firma de un acuerdo y que no hubo tribunales para todos. De ahí el argumento de que con Rusia no cabe componenda alguna.
2014, el Maidan y los regalos de la URSS
Buena parte del relato que sostiene esta ofensiva arranca en 2014. Se afirma que Ucrania votó a Yanukóvich en 2005 y 2010 porque no quería ni UE ni OTAN, y que un cambio de rumbo forzado desde fuera abrió la puerta al conflicto del este. En esa línea, se recuerda que distintos gobernantes soviéticos cedieron a Kyiv el Donbás, Crimea y Odessa, territorios que ahora se reivindican como propios.
La otra cara de la moneda es menos épica: el aislamiento al que se condena a Rusia y el coste humano de una contienda que ningún bando se atreve a cerrar. Cada día que pasa sin firmar, se apunta, supone perder más territorio.
Queda el detalle que descoloca. En todo el intercambio apenas aparecen cifras verificables del frente, y las contadas referencias numéricas remiten a otra guerra y otro siglo. Los 200.000 serbios de la Krajina y su tercio superviviente pesan más en la conversación que cualquier balance de bajas. Cuando un reparto territorial se decide con mapas de 1917, lo que falta es precisamente lo que más se necesita: aritmética.