Rusia resiste el vasallaje que España aceptó hace dos siglos
Hay una tesis que recorre internet desde hace años y que en los mentideros económicos se despacha con sorna: que España dejó de ser un imperio en 1820 no por agotamiento propio, sino porque Inglaterra ya había decidido quién mandaba en el mundo y quién le servía el té. La discusión que ha ocupado cientos de mensajes en los últimos tiempos no va de historia antigua. Va de si
Rusia está repitiendo el guion que España firmó hace dos siglos o si, por el contrario, lo está rompiendo.
El planteamiento de partida es tan ambicioso como discutible: el Imperio Español habría caído en manos de los liberales, «fieles siervos de ingleses y franceses», y desde entonces España viviría una suerte de
gibraltarización progresiva. Quince años después de aquel supuesto desmantelamiento cayó el Imperio Chino, troceado entre potencias. Luego el Austrohúngaro. Luego el turco. En 1917, la apuesta occidental en Rusia se saldó con un giro inesperado. En 1991, con Yeltsin, se pensó que Moscú seguiría el camino de Ucrania. No ocurrió.
Qué sostiene la tesis del vasallaje español
El núcleo del argumento es geopolítico y tiene siglos: el Reino Unido lleva entre tres y cuatrocientos años intentando limitar a Rusia, según una cita que circula atribuida al exministro de Exteriores ruso Ígor Ivanov. Da igual si hablamos del Imperio Ruso, de la Unión Soviética o de la Federación: la política sería la misma. La cita se ha convertido en munición argumental para quienes sostienen que España, en cambio, sí claudicó.
La comparación se apoya en un dato incómodo: España se alineó con la OTAN, con la UE y con Estados Unidos, mientras Rusia y China habrían «conseguido librarse de los traidores». La conclusión que se extrae es que aquí no solo gobiernan los supuestos traidores, sino que llegado el momento acabarían con quienes defienden la nación. La frase es dura y no admite matices, pero define bien el tono del planteamiento.
El miedo histórico a la alianza germano-rusa
Uno de los pasajes más citados del planteamiento original es el que atribuye a Estados Unidos un interés primordial: impedir la relación entre Alemania y Rusia. La combinación de tecnología y capital alemanes con recursos naturales y mano de obra rusos sería, según esta lectura, la única fuerza que ha asustado históricamente a Washington. Es una tesis que circula desde hace décadas en círculos geopolíticos y que aquí se usa como prueba de que el juego no ha cambiado.
El corolario es que España, al alinearse con quienes supuestamente diseñaron su decadencia, se habría echado en brazos de quienes la trituran. «Nuestros amigos y aliados son los mismos de hace siglos», resume el planteamiento, «y hoy, como ayer, consideran que la destrucción de España aún no se ha consumado». La frase tiene más de consigna que de análisis, pero explica por qué el asunto ha generado cientos de respuestas.
La respuesta escéptica: Rusia no es un paraíso de valores
La contraofensiva no tardó en llegar. Una parte de quienes participan en la discusión sostiene que presentar a Rusia como ejemplo de resistencia frente al vasallaje es una ingenuidad. Se argumenta que el país lleva gobernado desde la caída de la URSS por una oligarquía que se liquida periódicamente entre sí, que su ejército arrastra problemas de corrupción y que su historial reciente incluye episodios que no encajan con el relato del honor.
El contraargumento se apoya en nombres concretos: Navalni, Prigozhin, Litvinenko, Politovskaya, Skripal. La lista se usa para sostener que quien no comparte los valores del Kremlin es retirado, literal o figuradamente. También se menciona al ideólogo ruso Dugin y una entrevista de 1998 en la que habría llamado a destruir el catolicismo desde dentro y a fortalecer la masonería polaca. El material es incendiario y se usa sin matices.
El contraataque: «Solo en este foro se defiende a Rusia»
Otra línea de respuesta es más terrenal: se cuestiona que Rusia sea un ejemplo de nada cuando es incapaz de ganar una guerra contra lo que hace treinta años era parte de su propio país. Se menciona que cualquier general vendía un submarino por dos duros y que la corrupción del ejército lo ha dejado medio esquilmado. La ironía es explícita: «el ejemplo del honor y no sé qué milongas».
El tono sube cuando se habla de quienes defienden a Rusia en España. Se les acusa de ser «patriotas de mentira» que pelotean a los angloamericanos mientras en Gibraltar ondea la bandera británica. La acusación de quintacolumnismo es recurrente y va en ambas direcciones. El asunto de Gibraltar funciona como prueba de cargo en el relato del vasallaje.
La grieta española: una sociedad sin valores compartidos
El hilo deriva en un diagnóstico más amplio sobre España. Se cita al sociólogo Emmanuel Todd y su concepto de «religión cero», o a Herbert Marcuse y su «sociedad unidimensional»: una sociedad sin valores ni creencias más allá de ganar dinero y medrar. La conclusión que se extrae es que el español medio se vende por una paguita de 500 euros, y el de arriba por unos cientos de miles. «España se la suda, el honor lo usan para limpiarse el culo», resume un mensaje.
El diagnóstico se completa con una acusación de caciquismo secular: «aquí mando yo por mis cojones» sería el origen del odio entre españoles. Nunca habría existido un intento serio de construir un orden justo, solo un «quítate tú para ponerme yo». La tesis, discutible, conecta con el planteamiento inicial: si España no tiene proyecto común, cualquier potencia exterior puede comprarla.
La discusión sobre Castilla ocupa también un lugar central. Hay quien sostiene que el imperio fue una «Castilla ampliada», forjada por hombres libres que reconquistaron la Hispania cristiana y la expandieron al Nuevo Mundo. La respuesta no se hace esperar: en el siglo XIX, las dos regiones más beneficiadas del imperio y sus territorios de ultramar no eran castellanas, sino Barcelona con su monopolio textil y las Vascongadas con sus fábricas de armas. El dato desmonta la épica.
¿Sirve de algo mirar a Rusia para entender España? La pregunta queda abierta. Lo que el material deja claro es que la discusión no va de historia, sino de si España puede permitirse el lujo de elegir sus alianzas o si, como sostiene el planteamiento inicial, ya no le queda margen para negarse a nada.