Pablo contra la elocuencia: la fe no es espectáculo
Es lunes, 31 de agosto. La primera carta de Pablo a los corintios desmonta la lógica de la persuasión moderna: "Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado". El apóstol renuncia a la retórica y apuesta por el hecho escueto. En un mundo saturado de relatos y marcas, esta es una lectura incómoda.
El salmo 118 apuntala el mensaje: "¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!" No es el amor a los resultados, sino a la voluntad de otro. Para el individualismo contemporáneo, eso es un cortocircuito.
La propuesta litúrgica del día añade dos prácticas: la coronilla de la Divina Misericordia a las 15 horas y el rosario a las 22.00. Rutinas que se recitan, no se ven. Y como guiño al silencio, los apotegmas de los Padres del Desierto, compilados por el jesuita Heriberto Rosweyde en el siglo XVII, recuerdan que la sabiduría espiritual no se articula con muchos argumentos.
El lunes, la liturgia plantea una cuestión de fondo: si el mensaje necesita menos elocuencia y más verdad, ¿por qué el mundo digital gasta tanto en convencer? La respuesta quizá esté en el amor a la propia voluntad, no a la de Dios.