Catalunya y la sequía: el clima como coartada
La portavoz del Servei Meteorològic de Catalunya, Saray Sarroca, lo dijo con pena en una entrevista en Radio Estel: por su localización geográfica, Catalunya debe despedirse del agua tal y como la conocía. Bosques marrones, embalses casi secos y una advertencia a los ciudadanos —habrá que hacer sacrificios— y a la administración: invertir para aprovechar hasta la última gota. La reacción no se hizo esperar. Y no fue precisamente un minuto de silencio.
¿Por qué Catalunya está condenada a la sequía según el Meteocat?
El argumento oficial es geográfico: proximidad al Mediterráneo, posición al este de la península y una dinámica de lluvias que ya no son lo que eran. Menos duraderas, más intensas. Sarroca habla de sequías extremas y de un
cambio climático que ya no es hipótesis de laboratorio sino paisaje cotidiano. Cuando le preguntan hasta cuándo habrá agua, responde con una frase que vale para cualquier comunidad: esa pregunta deberían hacérsela a los políticos.
El problema es que la geografía no cambia de un año para otro. Y ahí empieza el escepticismo. Un análisis recurrente sostiene que la mayor parte de Catalunya registra precipitaciones por encima de 600 mm anuales, mientras amplias zonas de la península —fuera del norte y de las montañas— se quedan por debajo de esa cifra. Si Catalunya se seca por su ubicación, el resto del país debería estar ya en el desierto.
El trasvase del Ebro y la guerra del agua que nunca se apaga
La mención al Ebro es inevitable. Hay quien recuerda que el río sigue vertiendo agua dulce al mar y que, por tanto, hablar de sequía absoluta es exagerar. Otros recuperan la propuesta de hace quince años de traer agua del Ródano mediante tuberías, una idea que vuelve cada vez que los embalses bajan. Y una parte del análisis más ácido señala que el trasvase del Ebro habría beneficiado a Valencia, Murcia, Andalucía y a la propia Catalunya, pero se descartó en su momento por criterios que no eran técnicos.
El resultado es un tablero donde cada comunidad mira su propio pantano. Los pantanos de Alarcón y Contreras, que dependen de que llueva en Teruel y Cuenca antes del verano, condicionan el suministro de buena parte del levante. En Murcia y Valencia la situación es calcada: un 2020 extremadamente lluvioso, un 2021 aceptable, un 2022 también generoso y un 2023 que se salvó por las lluvias de mayo. Ahora, con los embalses al mínimo y un otoño seco, el filo de la navaja es literal.
Madrid, el secarral que ahora tiene agua
El mensaje inicial lo dejaba caer con retintín: Madrid, tú vas sobrada de agua, ¿verdad? La guerra del agua entre Madrid y Barcelona está servida. La ironía tiene su gracia porque el tópico del secarral madrileño lo han usado durante años los propios interesados. Y sin embargo, la capital no tiene superávit hídrico por gracia divina: lo tiene porque en la época de Franco, tras una sequía severa, se decidió traer agua de Segovia. Sin esa infraestructura, la ciudad no habría podido crecer al ritmo que creció.
El dato descoloca: el Corredor del Henares está verde mientras media Catalunya se amarillea. La explicación no es climática, es de inversión y de decisiones tomadas hace medio siglo. Lo que algunos llaman robo de agua es, en realidad, una tubería que se aprobó cuando nadie hablaba de cambio climático.
Desaladoras, población y el elefante en la habitación
Hay una corriente que apunta al verdadero problema: no es la geografía, es la carga. Agua para industrias, agricultura de regadío intensivo, récord de granjas de cerdos, millones de turistas y ocho millones de habitantes. Con esa combinación, cualquier territorio entra en déficit. La comparación con Murcia es reveladora: se construyeron pantanos para 800.000 habitantes a finales de los setenta y hoy la región camina hacia 1,5 millones sin infraestructuras nuevas relevantes en cuarenta años.
Las desalinizadoras aparecen en todas las conversaciones y en ninguna solución. Se aprobaron, se prometieron, se dejaron a medio gas. La pregunta que sobrevuela es incómoda: si el problema es la falta de agua y la solución tecnológica existe, ¿por qué no funciona? La respuesta corta es que la energía y el mantenimiento cuestan dinero, y el dinero público tiene otras prioridades.
El cambio climático, entre la evidencia y el dogma
La evidencia física es difícil de discutir. A finales de noviembre, según se relata, los árboles de hoja caduca no han terminado de soltar la hoja, las plantas veraniegas siguen verdes y todavía se ven insectos que deberían haber muerto hace tres meses. Nada que ver con la infancia de quienes ahora tienen cincuenta años. La desertización, además, se estudiaba en octavo de EGB hace más de tres décadas como un proceso inevitable que avanzaba desde el norte de África.
Lo que no cierra es el relato. Que el clima cambie no convierte automáticamente en verdad cualquier afirmación sobre sus consecuencias concretas. La tentación de usar el clima como coartada para no tomar decisiones impopulares —restricciones al regadío, control de la construcción, precios del agua— es demasiado fuerte. Y la ciudadanía lo huele.
Con estos mimbres, la pregunta no es si lloverá menos. Es quién pagará la factura de adaptarse, y si alguien está dispuesto a decirlo en voz alta antes de que los embalses lleguen al fondo. ¿O esperamos a que la respuesta la dé el grifo?