El 52% de franceses respalda a Putin y el relato globalista se agrieta
La guerra en Ucrania ha dejado al descubierto algo que ni los informes del Foro de Davos ni las portadas de la prensa occidental supieron anticipar: una parte significativa de la población europea no compra el relato oficial. El dato más citado en el debate es el de una encuesta difundida por el canal francés CNEWS según la cual
el 52% de los franceses adhiere a los argumentos rusos sobre el conflicto. No es un sondeo menor. Francia es la segunda economía de la eurozona y uno de los socios fundacionales del proyecto europeo. Que más de la mitad de sus ciudadanos dude de la versión oficial no encaja con la idea de un Occidente alineado y convencido.
Qué ha cambiado en un mes de guerra
El planteamiento del que arranca la discusión es que el conflicto ha desmontado en semanas varias capas de ingeniería social que llevaban décadas construyéndose. La política energética, dicen, ha saltado por los aires: los planes nucleares vuelven a la mesa, el carbón repunta y la crisis de suministro asfixia a los gobiernos europeos. El coche eléctrico, presentado como futuro inevitable, queda en entredicho cuando la electricidad escasea y el gas se paga a precio de oro.
El cambio climático, como marco movilizador, se ha desdibujado. La activista Greta Thunberg, omnipresente hace tres años, ha desaparecido del foco. La escalada armamentística, por su parte, ha reordenado prioridades: el discurso que trataba al militar como reaccionario ha pasado a segundo plano cuando hay que reforzar defensas.
Curioso, se apunta, que el 50% de mujeres en el ejército deje de ser un problema cuando aprieta la necesidad.
El papel de Trump y el miedo de los autoritarios
Una de las tesis más repetidas es que los líderes autoritarios solo respetan a Occidente cuando lo ven firme. Durante el mandato de Donald Trump, se sostiene, no hubo un solo bombardeo nuevo, Corea del Norte se contuvo y Putin no movió ficha. La conclusión que extraen algunos es incómoda: el mundo autoritario teme más a un Occidente reaccionario que a uno progresista. Es una hipótesis, no un hecho demostrado, pero circula con fuerza.
La gente quiere creer en algo, resume otra intervención. El diagnóstico es que el vacío dejado por la religión, la familia y el trabajo estable ha sido ocupado por sustitutos que no llenan. De ahí que, cuando llega una guerra, muchos miren con simpatía a quien se presenta como defensor de lo tradicional, aunque sea un autócrata.
El choque entre globalismo y proteccionismo nacional
Aquí el análisis se parte. Una corriente sostiene que Putin, Trump y Xi Jinping representan un modelo nacional-proteccionista y multipolar que se opone al globalismo. Otra lo niega con datos: China y Rusia cerraron un pacto energético a 30 años, y Xi defendió la globalización en Davos en 2017 y 2022. Según esta lectura,
China es el caballo ganador de la oligarquía global y Occidente es quien recula hacia el proteccionismo. El debate queda abierto.
La pregunta sin respuesta: ¿y las vacunas?
Si Putin va contra el orden global, ¿por qué participó en la campaña de vacunación masiva? La objeción queda flotando. Para algunos, el globalismo no ha muerto: solo hace una pausa. La guerra empobrece a la población, y una población empobrecida es más fácil de manejar. Cuando pase el ruido, dicen, volverán con la misma agenda.
El frente interno: una generación sin nada que defender
El análisis más amargo apunta a casa. Un joven europeo, se argumenta, no tiene razones para luchar por nada: la familia es inalcanzable, el empleo precario, el futuro hipotecado. En ese vacío, la guerra funciona como recordatorio brutal del orden natural. Las mujeres que se identifican como hombres, se observa con sorna, redescubren su identidad cuando suena la alarma. Es una observación incómoda, formulada sin matices, pero recoge un malestar real.
El punto donde todo se atasca es siempre el mismo: si el globalismo se está cayendo, ¿quién ocupa su lugar? Nadie lo sabe. Y mientras tanto, el 52% francés sigue ahí, mirando a Moscú con menos desconfianza de la que Bruselas querría.