Quien se sabe en el bloque ganador no necesita moral
El autor del mensaje inicial lo dice sin anestesia: «Sé que estoy con los malos, los hijos de puta, los cabrones, los falsos, pero me siento bien... porque me siento seguro». La tesis no es un desliz, es el eje de todo el planteamiento: en esta vida no hay moral, solo egoísmo, como sostenía Schopenhauer. El Gen Egoísta. Y a partir de ahí, una confesión que muchos no se atreven a verbalizar: la seguridad que da pertenecer al bando que gana pesa más que cualquier escrúpulo.
El mensaje inicial no se queda en la provocación filosófica. Proyecta un escenario: Europa arrasada por la miseria, y él, desde Reino Unido, pensando ya en «hacerse con una ucraniana renegada». La frase es deliberadamente incómoda, pero resume una lógica que recorre todo el intercambio: el poder como único criterio real, la moral como adorno de los perdedores.
El contraataque: la justicia como ley universal
La respuesta no tarda. Frente al nihilismo del planteamiento, aparece la réplica de que todo lo que hacemos tiene consecuencias y que el conjunto de leyes que rigen los sistemas conocidos se basa en la justicia. La discusión se tensa entre dos cosmovisiones: la del poder que se impone y la de la justicia que ordena. No hay síntesis posible, y el intercambio lo demuestra.
El autor del mensaje inicial responde con una andanada: «todo eso no le sirve de nada ni nada le importa a la Vida, a la Tierra y al Universo». Lo único que hay, insiste, son fuerzas y poder que chocan según las circunstancias. La vida en la tierra es eso, aunque sea desagradable ver cómo los lobos arrancan las tripas a las ovejas. La conclusión es explícita: fuerza y poder para la supervivencia. Punto.
El giro geopolítico: del bando ganador a la guerra real
El hilo deriva hacia el terreno concreto. El autor se define como prorruso, pero se siente «de puta madre» sabiéndose en el bando ganador, el anglo. Y añade un dato que cambia el tono: lo que le ha hecho deshacerse de los últimos resquicios de apoyo a Putin es «su tremenda estupidez y soberbia». La
guerra de Ucrania entra de lleno en la conversación.
Los mensajes se cruzan con acusaciones sobre misiles hipersónicos, tecnología nuclear y la supuesta superioridad del bloque anglosajón. Hay quien sostiene que la fuerza aérea rusa es «cagona» en Ucrania, y quien responde que los misiles hipersónicos son rusos y están en Kaliningrado. La discusión se enreda en detalles técnicos que nadie puede verificar, pero el subtexto es siempre el mismo: quién gana y quién pierde.
La moral como lujo del que ya no arriesga nada
Uno de los mensajes más lúcidos del intercambio señala que Schopenhauer no justificaba el egoísmo, sino que lo denunciaba. Es la corrección más pertinente de todo el hilo: el filósofo alemán no era un apologeta del poder, sino un crítico de la miseria moral humana. La cita, sacada de contexto, sirve para lo contrario de lo que su autor pretendía.
El autor del mensaje inicial, sin embargo, no se arredra. «No tengo más moral ya en esta vida que el vivir bien lo que me quede», escribe. Y añade: «Os pueden dar mucho por el culo a patriotas de uno u otro bando que a mí al menos no me han hecho más que joderme la vida». Es la confesión de un individualismo radical que no se disfraza de nada.
El pronóstico: quién gana y quién pierde en el tablero global
Hacia el final, el hilo se llena de pronósticos. Hay quien sostiene que los anglos van a estar más jodidos, que los estadounidenses notarán una caída del 50% de su PIB, y quien responde que China se va a salir del mapa. Las cifras concretas escasean, pero la lógica es clara: todo el mundo va a perder algo, y la pregunta es cuánto.
El autor del mensaje inicial cierra con una predicción con reservas: vive a las afueras de Londres y, cuando a él le pase algo, los demás ya estarán en la postguerra civil. Es una apuesta que no se puede verificar, pero que resume el tono de todo el intercambio: la seguridad del que se cree a salvo, la incertidumbre del que mira desde fuera.
El dato que descoloca
La discusión sobre el bando ganador no se resuelve. Unos sostienen que el poder es el único criterio real; otros, que la justicia es la ley que ordena el mundo. Y mientras tanto, la guerra sigue, los misiles hipersónicos siguen en Kaliningrado, y nadie sabe quién va a ganar de verdad. Lo único claro es que el autor del mensaje inicial se siente seguro. Por ahora.