Debate: la presión salarial que ya afecta al empleo cualificado en EEUU
El siglo XXI para el estadounidense medio consistiría, según el planteamiento que abre esta discusión, en converger con India y México para poder plantar cara al monstruo de China y Rusia. La tesis es incómoda: las élites habrían entendido tarde que llevarse las fábricas a China creó un dragón que ahora no controlan, y que para competir por costes y conseguir aliados necesitan abrir las puertas a los 1.400 millones de indios. Traducción para el trabajador de cuello blanco, según ese mismo planteamiento: el que estaba en las oficinas centrales de Uber y se creía intocable ya no cobrará 200.000 dólares si hay alguien que hace lo mismo por 100.000.
Del currículum blindado al ajuste de costes
El mensaje inicial sostiene que la inmigración masiva había afectado sobre todo a las clases bajas y a la clase trabajadora tradicional, de ahí el apoyo a Trump, mientras los profesionales de oficina podían permitirse el lujo de ser solidarios porque la mayoría de los recién llegados no competía por sus puestos. Ese blindaje se habría terminado. La presión por costes empuja a las empresas a buscar perfiles técnicos más baratos, y el argumento que circula es que, con tantos candidatos disponibles, algunos serán iguales o mejores que el profesional estadounidense medio y costarán la mitad.
Hay quien matiza que no es un fenómeno nuevo. Se recuerda que Estados Unidos está lleno de ingenieros informáticos y que las tareas más técnicas no las quieren los propios americanos. La estadística, se argumenta, juega a favor del empleador: aunque solo uno de cada diez candidatos sea bueno, con un volumen enorme de solicitantes ya compensa. El gasto de formación lo han incurrido otros países, lo que abarata la contratación.
¿Quién gana y quién pierde con la apertura de fronteras?
El análisis más repetido distingue dos efectos. Las políticas de puertas abiertas perjudican a las clases más bajas porque bajan los salarios de los puestos que no requieren preparación: la persona que hace las uñas a una vicepresidenta bien puede ser una migrante sin apenas cualificación. En cambio, los inmigrantes preparados aportan a la sociedad, porque su formación ya está pagada. Es una versión económica del clásico reparto de costes y beneficios que rara vez se explica en voz alta.
La discusión deriva hacia el papel de los directivos de origen indio en grandes tecnológicas, que se interpreta como parte de una estrategia de acercamiento a India en el pulso contra China. La idea de fondo es que Washington necesita un aliado del mismo tamaño que China y que hable inglés, y que está dispuesto a cortejar a Nueva Delhi como sea. El precio lo pagaría el profesional local, que ve cómo su salario deja de ser competitivo frente a una oferta global.
La automatización como telón de fondo
La conversación no se queda en la inmigración. Varios mensajes apuntan a que la automatización y la inteligencia artificial van a dejar fuera a casi todos. Se mencionan robots humanoides con precios que rondan los 16.000 dólares en su versión básica y que, con opciones, pueden llegar a los 50.000; otros modelos más avanzados se sitúan entre 50.000 y 150.000 y ya se prueban en plantas de automoción. El cálculo que se hace es simple: si el cacharro cuesta 50.000 y se amortiza en poco tiempo, no se salva ni el fontanero.
Frente a eso, hay quien responde que para los trabajos manuales seguirá haciendo falta gente, y que cuanto más barata mejor. La réplica es que la productividad crece mucho menos que hace treinta o cincuenta años y que el relato de la IA es en parte humo para seguir especulando. El paro mundial está en mínimos históricos, se argumenta, y la productividad global avanza poco. La discusión se atasca exactamente ahí: si la tecnología destruye empleo cualificado o solo lo transforma, y si el ajuste salarial es coyuntural o estructural.
El punto donde el análisis se atasca es el mismo donde empezó: si la convergencia con India y México es una estrategia deliberada de las élites o una improvisación de las finanzas a corto plazo. Los datos disponibles no permiten cerrar la pregunta. Y mientras tanto, el ingeniero que se creía intocable sigue mirando su nómina con otra cara.