Putin vota y Zelenski prorroga: la doble vara electoral
Rusia celebra
elecciones presidenciales y Ucrania no. Ese es el hecho que articula una discusión de 112 respuestas abierta hace más de dos años y medio en la que se cruzan dos relatos incompatibles sobre qué significa votar en tiempos de guerra. Para unos, el sufragio ruso es una pantomima sin valor probatorio: se argumenta que Hitler llegó al poder por las urnas y que Franco también organizaba consultas de fachada. Para otros, la ausencia de comicios en Ucrania tras expirar el mandato de Volodímir Zelenski revela que la etiqueta de «dictadura» se aplica con criterios distintos según el bando.
El punto de fricción no es tanto quién es más demócrata como
quién decide cuándo una elección cuenta y cuándo no. Y ahí el material se vuelve incómodo para las dos trincheras.
¿Por qué Ucrania no celebra elecciones con el mandato expirado?
El argumento más repetido para justificar la suspensión es la imposibilidad material. Un país con el frente activo, la infraestructura destruida y buena parte de su población desplazada por el mundo no puede cerrar un censo fiable: no se sabe quién vive dónde. A eso se suma la seguridad. Se pregunta con retintín si alguien se iría de vacaciones a Ucrania ahora mismo para votar.
En contra de esa explicación se apunta que
el 80% de las provincias ucranianas están alejadas del frente y que sus ciudadanos podrían votar sin problema. El único obstáculo real, se sostiene, sería que las brigadas de reclutamiento aprovecharan la jornada electoral para retener a los varones que se acercaran al colegio. Aunque votara solo la mitad de la población en edad de hacerlo, se argumenta, sería preferible a que Zelenski siguiera sin ser reelegido.
La comparación histórica que se lanza desde el otro lado es la del Reino Unido, que no renovó su Parlamento entre 1940 y 1945 por la Segunda Guerra Mundial, o la zona republicana durante la Guerra Civil. La respuesta a esa analogía es que el precedente no convierte en buena la democracia rusa ni demuestra que exista.
El argumento del censo y la seguridad frente a la cita con las urnas
El núcleo técnico del asunto es el censo. Organizar elecciones exige saber cuántos votantes hay, dónde están y cómo garantizar que el resultado refleje al conjunto. Con millones de desplazados internos y externos, cualquier recuento sería parcial por definición. Quien defiende la suspensión insiste en que unos comicios solo en las zonas seguras —por ejemplo, solo en Lviv— serían inmediatamente descalificados como un intento de fabricar un resultado favorable.
Quien rechaza esa tesis responde que la democracia no es un estado binario y que un país puede votar con limitaciones sin dejar de ser democracia. La pregunta que flota es qué umbral de garantías convierte una elección en válida. Nadie lo fija.
La oposición rusa: ¿Navalni o el Partido Comunista?
Aquí el material se enreda en un cruce de datos y descalificaciones. Una parte sostiene que la oposición real en Rusia nunca fue Alexéi Navalni, sino el Partido Comunista, y que Navalni no alcanzaba ni el 1% de los votos. Se recuerda que su trayectoria institucional se reduce a
siete concejales en el Ayuntamiento de Moscú, incluido el de festejos, y que no obtuvo representación en la Duma.
La réplica es que Navalni era una figura popular a la que se intentó envenenar, se encarceló y finalmente se asesinó, según esa versión. Frente a eso, se alega que su notoriedad internacional procede de un vídeo en el que, según se afirma, pactaba un intento de golpe de Estado con el MI6, y que fue a partir de esa publicación cuando muchos supieron quién era.
El detalle institucional que se cuela en medio desmonta varias confusiones: en Rusia el presidente se elige por sufragio directo y la Duma va aparte, con elecciones en 2026. Comparar los resultados de Navalni en las municipales con las presidenciales es mezclar planos.
Elecciones en tiempos de guerra: el precedente británico de 1940
El ejemplo del Reino Unido funciona en las dos direcciones. Quien lo usa para justificar la suspensión ucraniana olvida que aquel Gobierno permanecía en funciones por una guerra total en su propio suelo. Quien lo usa para atacar a Rusia olvida que el país no tenía un ejército extranjero dentro de sus fronteras.
La formulación más gráfica del argumento la dejó un participante:
si te meten la polla en la boca no puedes hablar, pero si eres tú el que la tiene metida en la boca del otro sí puedes. Traducido: Rusia vota porque no está invadida; Ucrania no vota porque lo está. La objeción inmediata es que los rusos solo han invadido el Donbás, no el país entero, lo que reabre la discusión sobre qué cuenta como invasión a efectos electorales.
El doble rasero de la prensa occidental
La tesis más repetida en el hilo es la del cambio de etiqueta según convenga. Mientras los rusos voten a Putin, se dice, los medios occidentales hablarán de dictadura; cuando voten a un candidato afín a la UE y a Estados Unidos, aparecerá por arte de magia la «joven democracia rusa». La ventaja de cumplir años, se añade con sorna, es haber visto ya este sainete varias veces.
En el lado opuesto se enumera una lista de episodios en países de la OTAN que, según esa relación, desmienten la superioridad moral invocada: Turquía en 1960, Italia en 1960, Grecia en 1967, Turquía en 1971, Portugal en 1975 y Turquía en 1980. A esa lista se suman España en 1936 y Chile en 1973. El argumento implícito es que la democracia de los aliados también ha sido interrumpida cuando el resultado no convenía.
El golpe de 2014 y el régimen posterior
La discusión deriva hacia el origen del actual Gobierno ucraniano. Una corriente sostiene que el régimen instaurado en 2014 fue el resultado de un golpe de Estado contra el Gobierno legítimo de entonces, elegido en unos comicios avalados por organismos internacionales, y que las prácticas represivas contra la oposición comenzaron antes de febrero de 2022.
La contrarréplica exige citar el artículo concreto de la Constitución ucraniana que se vulneró en 2014. Se subraya que el nuevo Gobierno fue votado en el Parlamento incluso por diputados del partido de Víktor Yanukóvich, lo que resulta un golpe de Estado cuando menos extraño. La petición de una norma concreta queda sin respuesta en el material disponible.
Qué se juega Zelenski si convoca
Una línea de análisis apunta a un motivo menos noble que la seguridad: el cálculo electoral. Si alguien gana prometiendo una cosa y hace la contraria, corre el riesgo de ser barrido en unas nuevas elecciones. La pregunta que se deja caer es en qué situación estaría Zelenski para temer a su propio electorado, precisamente cuando el relato oficial insiste en que pueblo y presidente son uno.
El contraargumento es que no hay protestas masivas en Ucrania por la falta de elecciones y que la cuestión solo interesa a quienes desean la destrucción del país. La discusión se cierra, como empezó, sin acuerdo: unos ven una dictadura en Moscú que vota y otros ven una dictadura en Kiev que no vota. Con estos mimbres, lo previsible es que la doble vara siga siendo el argumento más rentable para ambos bandos.