Nadie mide si un psicólogo acierta: la misma terapia cura o es un timo
Un hombre de mediana edad, con trabajo estable y una vida que funciona, encadena temporadas de bajón sin que nada se rompa. Va al psicólogo. Sale, sesión tras sesión, con la impresión de no haber avanzado un centímetro. Y sin embargo, en la misma conversación, otros relatos describen lo contrario:
una terapia que ordenó su cabeza y les cambió la vida. Los dos veredictos conviven y no hay manera de saber cuál es el bueno, porque aquí nadie publica un contador de resultados.
El punto de partida lo pone un varón heterosexual de mediana edad que describe episodios de vacío existencial, «distimia» en sus propias palabras, sin descontrol ni gravedad. Persona funcional que, en sus épocas oscuras, se pone a filosofar sobre la vida. Ha pasado por consulta varias veces. Siempre le han atendido mujeres, y ahí está una de las claves de su relato:
desnudarse emocionalmente ante una profesional de veintitantos o treinta y pocos años le parece casi ridículo. Con una terapeuta de 60 años, dice, se sintió mucho más cómodo. Su conclusión es tajante: «en lo personal me ha parecido dinero tirado». Y añade la coletilla de rigor: no es una crítica a la profesión.
Una disciplina sin marcador: cuando el fallo siempre es del paciente
El argumento más repetido entre los críticos es el de la ausencia de medida. Un abogado pierde o gana; un médico acierta o se equivoca con una analítica delante.
En terapia no hay nada medible, sostiene una de las posiciones más duras: si el resultado no llega, siempre cabe atribuirlo a que el paciente no pone de su parte. Esa estructura, se argumenta, deja al profesional a cubierto de cualquier fracaso y al cliente sin forma de reclamar.
Frente a eso, la defensa clásica del oficio apela al espejo. Quien lo ha vivido así lo describe como alguien que no te conoce de nada, no te juzga y devuelve una imagen de ti mismo que no habías visto. «Es como tener un espejo de tí mismo que te ayuda a darte cuenta de patrones y formas de funcionar de las que no eras consciente», resume un testimonio que sí considera que la terapia le sirvió. La diferencia entre ambos bandos no está en el método: está en lo que cada uno esperaba encontrar.
Veinte minutos en la sanidad pública frente a sesiones de casi una hora
La vía pública se lleva buena parte de las críticas. Hay relatos de consultas de
20 minutos en las que la indicación recibida fue del tipo «si estás triste, sonríe». También hay quien acudió a una asociación y se encontró con una profesional que, según su versión, acabó peor que el paciente. El contraste llega con la terapeuta que sí le ayudó: sesiones de cerca de una hora, con una frecuencia de cada quince días durante los dos primeros meses.
Y aun así, el dinero no garantiza nada. Un mismo relato acumula
tres terapeutas: los dos primeros, tiempo y factura sin resultado; el tercero, un profesional mayor, «muy caro», descrito como mano de santo. Otro caso contado en primera línea familiar termina peor: un hombre en rehabilitación de drogas que salía de cada sesión llorando y de bajón, hasta que su entorno decidió cortar la terapia. El hallazgo no es que la
psicología funcione o no, sino que dar con el profesional adecuado se parece demasiado a una lotería.
Pastillas antes que conversación
En el terreno psiquiátrico el veredicto del público es aún más áspero. Una experiencia reciente en la sanidad pública describe una consulta en la que, según el relato, el único resultado fue una receta:
anestesiar al paciente para que no piense. La acusación de fondo es la de un sistema que ataca síntomas en lugar de causas y convierte la atención en un trámite rápido. La réplica desde el otro lado es que mucha gente llega pidiendo exactamente eso: una píldora que devuelva el equilibrio sin pasar por el trabajo de mirarse dentro.
El episodio que mejor resume esa frustración no es de psicología, sino de insomnio. Un paciente crónico acude al neurólogo y recibe el recetario de siempre: baño caliente, menos cafeína, un vaso de leche. Su respuesta, ya desesperado, es la pregunta obvia: si ni con el fármaco consigue dormir, ¿qué se supone que arregla la leche caliente? Es el mismo reproche que recorre las consultas de salud mental: soluciones de manual para problemas que llevan años sin ser de manual.
Correr, meditar o leer filosofía: el plan B de los que se curan solos
Fuera de la consulta, el abanico de alternativas que aparece es amplio y poco ortodoxo. Ejercicio, deporte, meditación, lectura de filosofía a fondo, alguna excedencia para descansar y romper con la fuente del estrés. También hay quien eleva el problema a una tesis más ambiciosa: la insatisfacción es el precio de vivir en un país donde comer ya está garantizado, y una vez cubiertas las necesidades, el cerebro se inventa los problemas que le sobran. Para quien sostiene esto, la terapia no arregla nada porque el mal no es clínico, sino existencial.
Ahí está el nudo:
una parte de los pacientes pide alivio y otra pide sentido, y no siempre es la misma consulta la que sirve para lo uno o para lo otro. Los hay que salen con un espejo, los hay que salen con una receta y los hay que salen convencidos de que el espejo era un cristal empañado.
Queda una pregunta incómoda sobre la mesa: si el principal factor de éxito parece ser el encaje entre paciente y terapeuta, ¿tiene sentido seguir vendiendo la terapia como un procedimiento estandarizado, o habría que admitir que se parece más a buscar pareja que a tomar un antibiótico?