El botón rojo contra la izquierda: un síntoma que ya no es metáfora
En el espacio público digital español ha reaparecido una pregunta que no tiene nada de retórica: si existiera un botón capaz de “sacrificar” a todos los votantes, militantes y políticos de izquierda, ¿lo pulsarías? La respuesta de una parte de las voces en esa conversación no admite matices: sí, sin dudarlo, y hasta se ofrecen a pulsarlo con entusiasmo.
De la hipótesis a la aniquilación
Hay quien sostiene que la desaparición de la izquierda política dejaría el país en manos de una supuesta “gente de orden”, como si esa eliminación simbólica fuese la solución definitiva a los males de la nación. No es un experimento mental cualquiera: la propuesta de borrar del mapa a millones de personas se formula con una naturalidad que asusta. Otra de las voces la compara con un juego de máquina recreativa de los 90: machacar al adversario en el menor tiempo posible. La hipótesis, en apariencia absurda, se convierte en un test de intolerancia.
Frente a esa corriente, una minoría responde con distancia irónica –“siempre viviendo de fantasías”– o con un escalofrío evidente: “estáis enfermos de odio”. Hay además quien matiza que el problema no es exclusivo de la izquierda, señalando que algunos discursos de derecha son tan peligrosos como los progres. Ese apunte, sin embargo, se pierde cuando se recurre a descalificaciones xenófobas que recorren la propia conversación.
El desvío hacia la inmigración
El intercambio deriva hacia el debate migratorio, un frente clásico en el que se acusa tanto a sectores progresistas como a ciertos ámbitos conservadores de facilitar la llegada de personas migrantes, con términos que nadie cuestiona dentro de esa burbuja. Lo llamativo es que el único argumento que intenta romper el juego de culpabilidades acaba reproduciendo el mismo lenguaje despectivo que denuncia.
¿Qué queda después del botón rojo?
El botón no existe. En el mundo real, el voto del adversario sigue contando lo mismo que el propio. Pero la pregunta ha servido para destapar algo menos hipotético: la naturalización de un discurso que describe al rival político como un enemigo a eliminar. Puede que mañana nadie recuerde este episodio, precisamente porque estas frases se escuchan todos los días en las redes. Y esa deriva no se corrige con un interruptor.