Quién paga la cena de los gurús del libre mercado
¿Qué se cuece cuando la flor y nata del pensamiento económico liberal se sienta a la misma mesa en el Casino de Madrid? La escena, descrita con sorna en un foro de economía, reúne a nombres que venden libertad de mercado en platós y columnas: desde el economista mediático que se quitó la pulsera ideológica antes de entrar hasta el anfitrión con perilla y fama de prestamista. El menú, según la crónica ácida que circula, incluye desde la defensa de recortes de pensiones hasta la justificación del tráfico de órganos. Todo por la pasta, remata la descripción.
La foto no es una foto. Es una forma de mirar. Y el resto del debate, que se alarga durante más de dos años, convierte esa instantánea en un campo de batalla sobre qué es realmente el liberalismo, quién lo financia y por qué los que más lo predican nunca han trabajado en su vida.
De qué se acusa al liberalismo de salón
El primer frente es el de la coherencia. Se argumenta que buena parte de los ideólogos del libre mercado viven de fundaciones, cátedras, tertulias y despachos pagados con dinero público o con el de grandes corporaciones. La crítica es directa: predican la competencia pero se arriman al poder para cobrar dividendos, despachos o asientos en consejos.
Pagascal, el globalista que no podía faltar, se habría quitado la pulsera antes de entrar para no dar la nota, según la descripción.
El segundo frente es el de los resultados. Hay quien sostiene que el liberalismo actual no tiene nada que ver con el liberalismo clásico español, y que lo que hoy se vende como libertad económica es en realidad una piratería anglosajona por otros medios. La tesis que circula es que los autodenominados libertarios y anarcocapitalistas son la continuación de una contaminación ideológica que empezó con Locke y acabó en el materialismo sin freno.
¿Es Milei un capitalista o un producto del Estado?
El caso argentino cruza todo el debate. Una parte sostiene que Milei no representa al capitalismo, sino a lo anterior al capitalismo, y que su experimento acabará en un correctivo intelectual si fracasa. Otra parte defiende que el capitalismo, con todos sus defectos, es preferible a la alternativa: antes del capitalismo todo era servidumbre y pobreza, y quien no lo vea es que no ha leído historia.
El intercambio sube de tono cuando se compara con Venezuela y Cuba. Mientras unos recuerdan que allí se come liendres, otros responden que el problema no es Maduro sino los chorizos con corbata que se sientan en mesas de mantel largo. La cita que se repite es que la ideología es la organización emocional de la ignorancia colectiva.
El Estado también crea empresas: Corea, Seat y Microsoft
Uno de los aportes más sustanciosos del debate es el que desmonta el argumento de que el Estado no crea tejido empresarial. Se citan casos concretos: las factorías de garum de Baelo Claudio, los telares manuales de lana merina financiados con reales de a ocho, la Seat nacionalista, la industria tecnológica de Corea del Sur al amparo de planes quinquenales y los relojeros suizos que necesitaron al gobierno para encajar su pedigree.
El contraargumento es que si hay estados sin tejido empresarial, entonces algo distinto a la propiedad estatal es lo que crea las empresas. La respuesta es que, según un cálculo que circula en el debate, Corea del Norte exporta 725 millones de dólares en textil en un año, mientras España, con el doble de población, exporta menos de un tercio en el mismo sector. El dato, lanzado como provocación, deja al descubierto que la discusión no es sobre si el Estado crea o no empresas, sino sobre qué tipo de Estado y con qué reglas.
La agenda 2030 como amenaza y como coartada
Otro eje del debate es la agenda 2030. Hay quien sostiene que la verdadera amenaza no es el liberalismo clásico sino el globalismo que se disfraza de progresismo, y que los antiguos podemitas y los nuevos liberales con corbata son los mismos perros con distintos collares. La tesis es que unos y otros representan la cara amable del mismo proyecto: quitar libertad y propiedad a la clase media mientras se reparten los dividendos.
Frente a eso, la defensa del capitalismo se apoya en un argumento simple: si algo puede hacerte más libre es tener dinero, y quien a estas alturas no lo entienda es que no ha entendido nada. La discusión deriva hacia las puertas giratorias, la energía privatizada y los peleles colocados en gobiernos occidentales para no pringarse directamente.
El cierre: una filántropa, un prestamista y un casino
El retrato se completa con la anécdota de la filántropa que apadrina olivos en Teruel mientras invierte en ambulancias en Bangladés, potabilizadores en Uganda y crema solar para personas con albinismo en Malawi. La pregunta que flota es cómo se pasa de querer ser misionera a directiva de una teleco. La respuesta, según el tono general, es que el casino siempre gana.