Un hombre armado toma rehenes en un bar de Ede
¿Quién entra en un bar a las seis de la mañana, cuando la plantilla está cerrando, con armas y posiblemente explosivos encima? Eso es lo que quedó sobre la mesa en Ede, ciudad del centro de Países Bajos: un individuo accedió al café Petticoat, en la Nieuwe Stationsstraat, retuvo a varias personas y obligó a montar un despliegue en el que participaron los
GEOS neerlandeses. La policía de Gelderland pidió a la población no acercarse al centro: «Blijf binnen en kom niet kijken», quédate dentro y no vengas a mirar. Las viviendas de los alrededores se evacuaron —las cifras bailaban entre el centenar largo y las
150 casas— y los comercios echaron el cierre. Un portavoz municipal confirmó que había
varias personas retenidas. El resto,
hasta la fecha, era ruido.
¿Qué se sabe del asaltante del café Petticoat?
Menos de lo que se dijo. Ninguna autoridad confirmó móvil, identidad ni historial, y en ese hueco entró la conversación pública a caballo. Una parte dio por seguro el atentado de matriz yihadista en cuanto leyó la palabra explosivos; el cinturón bastaba como prueba. Otra parte llegó después con el retrato inverso: las descripciones que circulaban apuntaban a un hombre de la zona, sin los rasgos que los primeros relatos daban por supuestos.
Parece un colgado del barrio, venían a resumir. El detalle del cinturón frente a la ausencia de arma de fuego sirvió para las dos cosas, para sostener la hipótesis del ataque organizado y para desmontarla. Con el caso abierto, cualquier conclusión era una apuesta; conviene recordarlo cuando alguien la presente como certeza.
El relato se escribe antes que la investigación
En cuanto se supo que había un hombre armado en un local con gente dentro, arrancaron las teorías. Que si una reyerta entre bandas enfrentadas, que si un ajuste de cuentas entre grupos de distinta procedencia, que si un operativo montado para desviar la atención de otro asunto. También aparecieron las versiones que atribuyen el episodio a servicios de inteligencia extranjeros y a una supuesta agenda global de reducción de población: no hay ni una prueba que sostenga esa línea, y decirlo con claridad es parte del trabajo. El ruido llega siempre antes que los datos, y cuando los datos llegan ya ha hecho su trabajo. Hasta el punto de que el repertorio de comparaciones incluyó una comedia británica sobre yihadistas incompetentes, que es el nivel de precisión con el que se estaba jugando.
Holanda, el mdma y la economía que no sale en los folletos
Debajo del suceso hay un país que no aparece en las campañas de turismo. Quien lleva años viviendo allí lo cuenta sin adornos: en ciudades como
Tilburg el dinero que se mueve de noche no procede precisamente del sector servicios, y los robos en granjas son raros.
El plato típico de la ciudad es el mdma sin cortar, resume, entre la ironía y la descripción social. Es la otra cara del paraíso: tolerancia formal y mercados paralelos boyantes, lejos de los folletos turísticos. Visto así, cualquier incidente en el Benelux invita a preguntarse qué parte del producto interior bruto conviene no mirar de cerca.
La comparación con Noruega y el debate sobre la munición
Cuando un suceso así se alarga, aparece la comparación. Se recordó el ataque perpetrado años atrás en una isla noruega, y con él la denuncia, entonces difundida, de que las fuerzas de seguridad no disponían de munición y tenían los fusiles en otro lugar. La pregunta, traída a Ede, es si el despliegue responde a un protocolo dimensionado o a la inercia de un país acostumbrado a que estos episodios se cuenten por décadas. No hay respuesta oficial, y sin ella cualquier comparación vale poco. Queda el reflejo: cada incidente europeo se mide contra el anterior, no contra los datos.
Los GEOS de vaqueros ajustados
Hubo un capítulo que dice bastante sobre cómo se percibe hoy a las fuerzas de seguridad. Parte de la atención se fue a la ropa: agentes de las unidades especiales con vaqueros ajustados y zapatillas deportivas, una estampa que a algunos participantes les pareció más propia de un local de alterne que de un operativo antiterrorista. La broma es fácil, pero apunta a algo real: la imagen del Estado en acción se juzga tanto por el uniforme como por el resultado. Cuando el resultado tarda en conocerse, el uniforme es lo único que queda para opinar.
Lo que aún no se puede decir
Ni el móvil, ni la identidad, ni el número exacto de rehenes, ni si los explosivos existían. La investigación seguía abierta cuando se escribía este texto, y ese es el único dato firme: todo lo demás son hipótesis con más o menos predicamento. En un asunto así, la impaciencia es mala consejera y la certeza, casi siempre, un chiste.