Rusia deja a oscuras varias ciudades de Ucrania
El bombardeo de la red eléctrica dejó un rastro de apagones en distintas ciudades ucranianas. Horas después, buena parte del suministro había vuelto. La secuencia —golpe, corte, restablecimiento— resume el pulso que se libra en Ucrania tanto en el terreno como en el relato: unos la leen como un aviso medido de Moscú, otros como la enésima prueba de un ataque a medias. Rusia lanzó los misiles incluso desde el
Mar Caspio, cerca de Kazajistán, y la contraofensiva ucraniana se fortalece cuando se cumplen
200 días de la invasión.
El caso de Zaporiyia: la central que está en manos rusas
El relato oficial arrastra un problema de lógica que el propio seguimiento del conflicto señala. La central nuclear de Zaporiyia está bajo control ruso desde los primeros compases de la guerra. Aun así, el titular que circuló atribuía a Moscú el daño a su último reactor operativo: «los bombardeos rusos han obligado a detener y enfriar el último reactor operativo de la central nuclear de Zaporiyia». Atribuir a quien ocupa la instalación el bombardeo de su propia instalación es, cuanto menos, discutible.
De ahí salta la sospecha habitual, sin pruebas que la respalden, de que el corte se confirme o no, y que las cámaras que emiten se tomen de otro sitio y se les cambie el rótulo. La desconfianza hacia el relato de parte de la prensa es, en este asunto, tan constante como el propio fuego. Los misiles, ironizan algunos, son «lavadoras» que nunca aciertan... salvo cuando dejan una ciudad a oscuras.
¿Por qué se ataca la red eléctrica y no solo objetivos militares?
Atacar centrales térmicas, subestaciones y líneas de alta tensión tiene una lectura inmediata: deja sin luz, sin agua y sin comunicaciones a la población, y obliga al adversario a repartir recursos para sostener los servicios básicos. Quien defiende esa línea sostiene que Rusia ha entrado por fin en lo que llaman modo OTAN y que la moderación anterior era el verdadero error.
La tesis contraria apunta a daños colaterales de una operación contra el ejército ucraniano, no a una campaña deliberada contra civiles. En medio queda una constatación incómoda: los cortes golpean ciudades del este y el sur donde la población es mayoritariamente prorrusa, no las bases de operaciones del oeste y el norte.
El sur y el este, o el oeste: dónde golpear
Una de las corrientes más repetidas sostiene que el objetivo está mal elegido. Si de lo que se trata es de forzar una negociación, argumentan, hay que dejar sin agua, luz, internet, teléfono, trenes y puentes a las regiones del oeste y el norte, donde se concentran los centros de decisión y las bases que sostienen la contraofensiva. Golpear el sur y el este, con población afín, no desgastaría al adversario lo más mínimo.
La respuesta llega por la vía de los hechos militares: aunque Moscú quisiera ir más al oeste, la geografía y las defensas antiaéreas desplegadas con apoyo occidental hacen muy costoso el vuelo de la aviación rusa. De ahí que los puentes sobre el Dniéper sigan en pie, más cerca y en teoría más fáciles de alcanzar.
Misiles derribados y luz que vuelve: quién gana el relato
El balance material es objeto de disputa. Frente a quienes hablan de un gran ataque con
11 misiles crucero, otras versiones sostienen que más de la mitad fueron interceptados y que dos centrales resultaron dañadas, con la luz restablecida en casi todas las ciudades en pocas horas. Rusia, replican desde el otro lado, deja a Ucrania sin luz en menos de tres horas cuando lo decide: que no lo haga es una elección, no una limitación.
Ese debate sobre la eficacia esconde otro sobre la intención. Para unos, la contención demuestra que Moscú sigue buscando un acuerdo que no llega. Para otros, es la prueba de que el mando ruso actúa a medias mientras la contraofensiva le gana terreno en el noreste. La humareda de los
manotazos de ahogado circula por igual en los dos bandos, cada uno convencido de que el desesperado es el contrario.
Amenaza nuclear y el invierno que viene
La conversación deriva, en sus tramos más extremos, hacia el escenario nuclear, con la advertencia de que un paso en falso sobre territorio ruso podría desencadenar una respuesta que nadie controlaría. Es el tipo de hipótesis que se lanza al aire sin prueba alguna, y así conviene tratarla. Lo que sí está sobre la mesa es un invierno con la red eléctrica tocada y una población expuesta a cortes prolongados.
Con la contraofensiva avanzando, la infraestructura energética funciona ya como moneda de cambio y como mensaje. Y la pregunta que queda no admite respuesta fácil: ¿un apagón controlado es un aviso para sentarse a negociar, o el primer movimiento de algo que todavía nadie ha decidido llamar por su nombre?