La AEMET prevé un verano más cálido de lo normal y el arranque llega con lluvias y frío
El mismo día en que la Agencia Estatal de Meteorología ponía fecha al que puede ser uno de los veranos más cálidos de las últimas décadas, varios participantes en el debate relataban 11 grados a las siete de la mañana en el norte y nevadas en las cumbres más altas. El portavoz del organismo, Rubén del Campo, lo resumió con una frase difícil de sostener: «el verano no acaba de arrancar». La culpa, dijo, es el paso de una DANA. La transición hacia el calor se considera inminente: la estación arranca oficialmente el
20 de junio a las 22:51.
Qué prevé la AEMET para el verano de 2024
El pronóstico estacional coloca la estación en el
20% de los veranos más cálidos tomando como referencia el periodo 1993-2023. Las probabilidades no son homogéneas: entre el 50% y el 70% en el tercio norte peninsular y las Canarias orientales, y entre el
70% y el 100% en el resto del país. En precipitaciones hay un
40-50% de probabilidad de que el verano sea más seco de lo habitual, sobre todo en las zonas norteñas y del interior. Junio cierra con valores medio grado por encima de lo normal y el verano de 2023 quedó clasificado como el tercero más cálido en España. Con esos mimbres, el calor es más probable que improbable en casi cualquier punto del mapa.
La octava primavera más cálida y una sequía que no se va
Los datos del trimestre anterior acompañan al pronóstico. La primavera de 2024 se clasificó como la
octava más cálida del siglo XXI y la décima desde que arrancó el registro en 1961; ocho de las diez primaveras más cálidas se han medido desde 2006. Llovió en volumen normal, pero con un reparto desigual en tiempo y espacio. El matiz que subrayó el portavoz es el que suele quedarse fuera del titular: «buena parte de España continúa enfrentando una
sequía de larga duración». La última primavera normal fue la de 2021 y la última fría, la de 2018. Desde entonces, ninguna estación fría: normales, cálidas o muy cálidas.
¿Por qué llueve si el pronóstico apunta a un verano seco?
Porque el arranque de la estación se ha cruzado con una DANA y porque una previsión estacional no es un parte del tiempo. En plena presentación del verano más cálido, varios participantes describían chaparrones y bajadas de temperatura de nueve grados de golpe en algunas zonas, con nevadas en las cumbres más altas y 11 grados a las siete de la mañana en el norte. También relataban que en Madrid se ha llegado a salir a la calle con chaqueta y 20 grados en el termómetro; y en A Coruña, con paraguas y pantalón largo. Esa contradicción cotidiana se convirtió en el argumento más repetido contra el aviso oficial: la sensación térmica del día contra la estadística de la década.
Veranos récord y memoria sensorial: por qué todos parecen el más caluroso
El razonamiento más sólido que aparece en la conversación no niega los datos, los relativiza. La idea es que cualquier verano pasado ya no nos da calor y la memoria sensorial es débil, de modo que cada nuevo verano parece el más tórrido por definición y el récord se recicla cada temporada con independencia de las temperaturas medidas. De ahí sale una pregunta incómoda: si el récord se anuncia siempre, ¿cómo se distingue un año excepcional de uno normal? El recuento de olas de calor que un participante maneja en los tramos finales —
dos o tres este año frente a la sucesión casi sin pausa de los dos anteriores— es precisamente el dato que unos usan como prueba y otros como excepción.
El balance final: un verano suave que nadie esperaba
Con la temporada cerrada, el tono cambió. Los últimos mensajes describen un verano corto y llevadero: un participante cuenta que encendió el aire acondicionado de noche «como mucho dos o tres veces» y que apenas se pasó de 35 grados en zonas donde superar los 40 es rutina, y otro firma desde Salamanca el
6 de septiembre. Frente a esa percepción local, la respuesta recurrente es que la comparación se hace mal: los balances son globales y no del barrio, y el verano del hemisferio norte no se mide con la manta de una habitación concreta. La otra objeción va en dirección contraria: si cada verano se declara histórico y luego hay que dormir tapado, el aviso pierde crédito antes de empezar el siguiente.
La pregunta que queda abierta no es si hizo calor, sino cuánto tiene que fallar una predicción estacional para dejar de ser noticia y convertirse en ruido.