El 77% de los españoles no viajará esta Semana Santa
¿Cuántos españoles van a hacer las maletas estas vacaciones? Según los datos que maneja la Cadena SER, un
77% de los españoles no viajará esta Semana Santa. La cifra, difundida a través de una información de Xira Valdés, dibuja un país que, en plena resaca de precios y con el diésel por las nubes, ha decidido que el mejor destino es el sofá de casa. No es una renuncia ideológica: es aritmética doméstica. Cuando llenar el depósito cuesta más que una noche de hotel, el plan B se llama salón.
Qué dice el dato y qué esconde
El
77% es la cifra que ordena todo el debate. Para unos, es la prueba de que la clase media española ha dicho basta: la gasolina, la cesta de la compra y la hipoteca se han comido el presupuesto de ocio. Para otros, es puro postureo estadístico: las carreteras y los aeropuertos siguen a reventar, y lo que ocurre es que el que viaja lo hace más cerca, más corto y más barato.
Hay quien sostiene que quedarse en casa es una decisión
lonchafinista: agua, bocata y la perra al lado. Y hay quien replica que no es una elección, sino una imposición. La frontera entre ahorro voluntario y pobreza sobrevenida es exactamente lo que se discute.
El turismo interior como estafa para el residente
Uno de los argumentos más repetidos es que viajar dentro de España se ha vuelto un mal negocio para el español. El cálculo que circula es llamativo: un mes en Japón —billete, hotel y comidas incluidos— puede costar lo mismo que once días en Madrid. El
turismo interior se ha convertido en un producto de lujo para el residente, mientras los precios se calibran para el visitante extranjero.
La hostelería, dicen, vive de los
langostas y del turista que llega de fuera. El español que paga alquiler en su propia ciudad se queda en el medio: sostiene el consumo de servicios con salarios congelados y se come la inflación. El resultado es una paradoja: cuanto más se llena el país de visitantes, menos puede permitirse el local salir de su barrio.
La contradicción de los aeropuertos llenos
El dato del 77% choca con la realidad de las terminales. El aeropuerto de Barcelona superó los
11.300 vuelos en Semana Santa, con un pico de 1.102 operaciones previsto para el lunes de regreso. Si tres de cada cuatro españoles se quedan en casa, ¿quién llena esos aviones?
La respuesta que se apunta es doble: el turismo europeo que crece y el de Oriente Próximo que baja. Es decir, el 77% mide a los residentes, no a los pasajeros. La locomotora económica no se mueve por sus propios ciudadanos, sino por los que vienen de fuera a visitarla. Y eso, para el relato oficial, es una mala noticia disfrazada de buena.
La presión social de no irse
Quedarse en casa tiene un coste reputacional. En los entornos laborales se compite por ver quién viaja más lejos y a sitios más exóticos, y el que no se va queda retratado como un muerto en vida. La
presión social empuja a gastar lo que no se tiene para no parecer pobre delante del grupo.
Hay quien señala que ese adoctrinamiento de consumo se está deshaciendo por la vía de los hechos: cuando el dinero no llega, la foto del viaje se cae sola. Y hay quien advierte de que el ajuste no será indoloro: las familias que se descuelguen del grupo arrastrarán tensiones domésticas que nadie mide en las estadísticas de turismo.
El verano que viene
La pregunta que sobrevuela es qué pasa si esto no es un puente, sino una tendencia. Con la geopolítica en Oriente Medio y el precio de la energía en el aire, el escenario que se dibuja es el de un verano con menos desplazamientos y más estancia en casa. El
turismo de proximidad dejaría de ser una elección verde y pasaría a ser una obligación de cartera.
Mientras tanto, el que puede se va, y el que no, se queda mirando cómo el vecino presume de playa. La diferencia entre ambos no es de mentalidad: es de nómina. Y la nómina, esta Semana Santa, no da para más.