silverdaemon
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Ya lo dijo Cicerón Vitam…
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La compra de un edificio entero en Madrid en los años cincuenta fue posible para un trabajador sin estudios porque el suelo era barato y la ciudad crecía hacia fuera. Ese mismo perfil hoy no puede comprar ni un piso en Alcorcón sin hipotecarse veinte años.
El abuelo llegó a Madrid desde Brea de Aragón con una maleta. Montó un negocio de zapatería. Después, otro de confección. Sus cuatro hijas trabajaron toda la vida en esa fábrica. Con ese dinero, generado desde cero, la familia compró el edificio entero de Sainz de Baranda en los años cincuenta.
La frase latina «Vitam Regit Fortuna, non sapientia» —la fortuna, no la sabiduría, gobierna la vida— resume bien lo que vino después. El hijo estudió Derecho, se hizo abogado y puso su despacho en el segundo C y D del mismo inmueble. Se casó en 1999, tuvo una hija en 2002 y en enero de 2003 volvió al edificio, al sexto D, justo enfrente de la vivienda de Maricarmen Abascal.
El abuelo no fue más listo que nadie. Trabajó, ahorró y compró cuando el metro cuadrado de aquella zona valía una fracción de lo que vale hoy. La evolución del precio de la vivienda en Madrid hizo el resto.
Un trabajador sin estudios que llegue hoy a Madrid no puede comprar un edificio entero en Sainz de Baranda. Tampoco en los PAU de Carabanchel. Ni en Alcorcón o Getafe, municipios del sur donde la mayoría necesita hipoteca y arrastra el agua al cuello durante veinte años, si consigue reunir la entrada.
La diferencia no está en el mérito. Está en el año y en el lugar. En los cincuenta, Madrid se expandía y el suelo periférico era accesible para quien tuviera un negocio pequeño. En 2024, ese mismo esfuerzo relativo no compra lo mismo. La vivienda se ha convertido en un activo financiero y los salarios no han seguido ese ritmo.
Hay suerte en ambos bandos. Los propietarios de Sainz de Baranda compraron barato y vieron cómo su activo se multiplicaba. Maricarmen Abascal se acogió a una normativa anticuada que bloquea los precios de mercado. Unos y otros cabalgaron la misma ola: la del tiempo.
El 22 de abril de 1889, unas 50.000 personas se alinearon en la frontera de Oklahoma para reclamar parcelas gratuitas de tierra federal. Al sonar un cañón al mediodía, salieron a caballo o en carruaje. Cada lote medía 160 acres, media milla cuadrada.
Algunos entraron antes de tiempo, de forma ilegal, para quedarse con las mejores tierras. De ahí viene el apodo del estado, Sooner State. La colonización aceleró el proceso para que Oklahoma se convirtiera en el estado número 46 de EE. UU. en 1907.
Aquello fue una lotería territorial. Quien llegaba primero se llevaba tierra gratis. Hoy, un rancho de ese tamaño en Estados Unidos cuesta una fortuna. Como en la película Un horizonte muy lejano, donde una carrera decidía quién se quedaba con las mejores parcelas. La fortuna gobernó la vida entonces igual que gobierna la del abuelo de Sainz de Baranda: el momento y el sitio lo fueron todo.
Este artículo describe un caso histórico y no constituye asesoramiento financiero o legal.
Ya lo dijo Cicerón Vitam…