Estamos viviendo una auténtica esa época en el 2020 de la que yo le hablo de youtubers rurales. De repente, media España ha descubierto que para abandonar el sistema basta con comprar una finca, poner cuatro placas solares, conseguir unas gallinas, adoptar dos cabras y grabarse caminando por el prado con cara de haber descubierto la agricultura. Todos repiten las mismas cuatro consignas sobre la libertad, la autosuficiencia y la vida tradicional, como si antes de ellos no hubieran existido millones de personas que llevaban generaciones trabajando en el campo. Lo más curioso es que muchos parecen haber descubierto el mundo rural hace dos tardes, pero ya se presentan ante la cámara como si fueran los últimos depositarios de un conocimiento ancestral que la civilización moderna lleva siglos intentando ocultarnos. Y entonces aparece Iker, con sus 23 años y ese mostacho, dispuesto a llevar el fenómeno hasta un punto en el que el espectador empieza a preguntarse cuánto más puede aguantar. Este chico está poniendo a prueba los límites de la audiencia. Hay gente que se ha tragado documentales enteros sobre permacultura, cursos de agricultura regenerativa y tres temporadas de programas de supervivencia, pero que podría terminar pidiendo la baja laboral después de veinte minutos escuchando al Einstein de la aldea explicar cómo funciona el mundo.
Con 23 años puedes saber muchísimo, por supuesto. La edad no impide aprender, estudiar, trabajar y adquirir experiencia. El problema empieza cuando uno confunde lo poco que ha aprendido con el conocimiento definitivo y se pone a impartir cátedra sobre asuntos que afectan a la salud de los animales, la seguridad alimentaria o el cumplimiento de las normas. La empanada conceptual que puede formarse entre las dos orejas de este muchacho parece diseñada para alimentar a toda una comarca, y eso que todavía no hemos contado el mostacho, que por sí solo necesitaría una declaración de impacto ambiental. Lo ves hablar con esa seguridad y parece que acaba de regresar de una expedición de veinte años por las montañas del Himalaya, cuando a esa edad hay agricultores que llevan toda una vida aprendiendo de sus padres y abuelos, veterinarios que han estudiado durante años y ganaderos que todavía reconocen que cada explotación tiene sus dificultades. Pero nuestro protagonista se atusa el bigote, mira al horizonte y parece dispuesto a explicárselo todo a la humanidad. Lo que falta por saber es si detrás de semejante seguridad hay conocimientos contrastados o simplemente una cámara, un micrófono y la convicción de que cualquier ocurrencia adquiere categoría científica cuando se pronuncia mirando fijamente al objetivo.
Y aquí es donde la cosa deja de ser una simple comedia de internet. Imaginemos que hay un ganadero que lleva años criando animales, pagando sus banderilla cuando corresponden, cumpliendo las obligaciones sanitarias aplicables y manteniendo sus instalaciones en condiciones. A ese hombre le llega una inspección, descubre que tiene un problema administrativo o sanitario y se enfrenta a gastos, requerimientos y posibles sanciones. Después abre YouTube y se encuentra a un chaval que presume de vivir al margen del sistema, enseña sus animales y habla de libertad como si las obligaciones legales fueran un invento de cuatro burócratas que jamás han visto una gallina. ¿Qué conclusión puede sacar alguien que no conoce el sector? Pues que cumplir las normas es de pardillos y que el verdadero rebelde es el que hace lo que le da la gana y lo publica con música épica de fondo. Pero las gallinas no dejan de ser animales sujetos a las obligaciones que correspondan por el hecho de aparecer en un vídeo con filtros cálidos, ni las cabras quedan exentas de las medidas sanitarias aplicables porque su propietario tenga un canal sobre autosuficiencia. Las exigencias concretas dependen de la especie, el uso de los animales, el tipo de explotación y la normativa aplicable; precisamente por eso conviene informarse antes de dar lecciones. Y si alguien decide presentar su forma de vida como un modelo para que otros lo imiten, debería explicar también las responsabilidades que conlleva, no solamente las ventajas que quedan bien en pantalla.
Porque una cosa es llevar una vida sencilla y otra muy distinta vender la imagen de que uno puede hacer lo que quiera sin consecuencias. Si quieres criar animales, infórmate de los registros, las obligaciones sanitarias y las condiciones de bienestar que te correspondan. Si quieres enseñar a fabricar queso, explica la higiene, la seguridad alimentaria y el tratamiento adecuado de la leche. No basta con colocar un recipiente debajo de una cabra, grabar un plano bonito y bautizar el resultado como producto artesanal de la abuela. Y si la leche presenta un tonalidad extraño, hay que averiguar por qué antes de convertirla en protagonista de una clase magistral sobre micronutrientes. La leche de cabra puede variar naturalmente de aspecto, pero el tonalidad por sí solo no permite determinar si está en buenas condiciones; cuando hay anomalías, lo prudente es consultar con un veterinario y no consumirla hasta aclarar el problema. Además, la leche cruda puede transmitir microorganismos patógenos, y la pasteurización no convierte un alimento nutritivo en un líquido inerte, por mucho que semejante afirmación quede estupenda en una miniatura con letras rojas y una flecha apuntando al mostacho. Si vas a dar consejos sobre alimentación, estaría bien distinguir entre una opinión personal, una tradición familiar y un hecho respaldado por pruebas. La cabra no tiene la culpa de que su dueño quiera protagonizar una revolución nutricional.
Y luego está la cuestión de la autosuficiencia, esa palabra que los nuevos profetas rurales pronuncian con una solemnidad que haría temblar a un notario. Me gustaría ver el capítulo completo, sin cortes ni música inspiradora, en el que se enseña cómo se resuelve una avería del sistema solar, cuánto cuesta reparar una artefacto artefacto peligroso de agua, qué pasa cuando se estropea una herramienta imprescindible o cómo se afronta una factura veterinaria inesperada. También estaría bien conocer el coste de los piensos, las semillas, el combustible, los materiales de construcción, las tasas y los impuestos que correspondan. Porque si tienes un pozo, unas placas solares, animales, un huerto y una casa, no has abolido mágicamente la economía: sigues dependiendo de piezas, repuestos, medicamentos, herramientas y servicios que alguien tiene que fabricar, transportar o prestar. Y si además tienes un canal de YouTube, publicidad, entrevistas y visitas, conviene separar las cuentas de la finca de los posibles ingresos que genera enseñar la finca. No tiene nada de malo ganar dinero con vídeos, pero sería interesante que el público supiera cuánto cuesta realmente ese supuesto paraíso autosuficiente y cuánto se sostiene gracias a la actividad digital que lo rodea.
Y, por favor, si uno decide utilizar un retrete convencional y generar aguas residuales, que explique también qué sistema de saneamiento tiene, cómo se gestiona y qué costes implica. Si necesita una empresa autorizada para vaciar un depósito, podría enseñar el servicio y la factura, siempre que hacerlo tenga sentido y respete su privacidad. Eso sí sería contenido útil: no una pose de aventurero, sino una explicación práctica de lo que cuesta mantener una vivienda rural. Porque hablar de libertad mientras se omiten todas las facturas es como presumir de cultivar tus propias verduras enseñando una lechuga y ocultando que el resto de la compra llega del supermercado. La audiencia no necesita ver cada detalle íntimo de la vida de nadie, pero sí merece que se distingan las experiencias personales de los consejos que otros pueden copiar.
Lo que más me preocupa de este fenómeno es que algunos espectadores pueden tomarse literalmente lo que ven. Una persona que está pensando en abandonar la ciudad, comprar una casa barata y empezar a criar animales puede interpretar que todo es sencillo, que basta con saltarse cuatro trámites y que quien cumple las normas está sometido a un sistema diseñado para fastidiarle la vida. Después llega la realidad: descubre que tiene obligaciones que desconocía, que una instalación no puede utilizarse como pensaba o que mantener animales exige bastante más tiempo, dinero y conocimientos de los que calculaba. Y entonces las consecuencias las afronta el espectador, no el influencer que ya ha pasado a grabar otro vídeo sobre la siguiente aventura. Por eso me parece razonable preguntarse si algunos de estos creadores terminarán metiéndose en problemas administrativos o legales si sus prácticas no cumplen las normas aplicables. No porque se pueda afirmar que Iker esté cometiendo ninguna infracción —para eso harían falta hechos y pruebas—, sino porque exhibir determinadas prácticas ante miles de personas puede tener consecuencias si alguien decide imitarlas sin conocer las obligaciones correspondientes. Y si algún día se produce una inspección o un conflicto, tampoco sería extraño que el creador acabara convertido en el protagonista de una polémica pública que él mismo contribuyó a alimentar. Eso no significa que vaya a ocurrir ni que haya una conspiración contra él; significa que presumir públicamente de cualquier cosa tiene sus riesgos.
Iker, muchacho, puedes vivir en el campo, tener cabras, criar gallinas, cultivar tus verduras y defender una vida menos dependiente del consumo. Perfecto. Puedes incluso llevar un bigote que parezca diseñado por un relojero suizo para atrapar moscas en vuelo. Lo que no puedes hacer es esperar que la gente confunda automáticamente tu experiencia personal con una autoridad universal. Si quieres ser divulgador rural, divulga también los errores, los gastos, las obligaciones y las cosas que todavía no sabes. Si quieres enseñar a hacer queso, enseña el proceso higiénico completo. Si hablas de leche, explica qué se sabe sobre su seguridad. Si enseñas animales, habla de sus necesidades sanitarias y del bienestar que requieren. Y si proclamas que vives fuera del sistema, aclara qué significa exactamente eso, porque tener placas solares no te convierte en un náufrago de la civilización ni criar cuatro gallinas te concede inmunidad frente a la realidad.
En definitiva, la esa época en el 2020 de la que yo le hablo de youtubers rurales quizá no se cure con antibióticos, sino con una dosis generosa de humildad, una calculadora, un veterinario y un poco menos de solemnidad delante de la cámara. El campo no necesita más mesías de 23 años con bigotes de encantador de serpientes: necesita gente que trabaje, aprenda, explique lo que sabe y reconozca lo que ignora. Y nuestro joven Einstein, antes de fundar la Universidad Internacional de los Micronutrientes Caprinos, haría bien en recordar que la experiencia no se mide por la longitud del mostacho ni por el número de seguidores. Porque una cosa es parecer el último hombre libre de Europa y otra demostrar, con números, conocimientos y hechos, que el modelo que vendes funciona de verdad.