Aceptar el ultimátum «cuando estemos todos muertos»: el relato que divide Ucrania
Un ultimátum que solo se acepta «cuando estemos todos muertos». La frase, atribuida a Volodímir Zelenski, es el nudo de un asunto que enfrenta dos maneras incompatibles de leer la resistencia ucraniana frente a la ofensiva rusa. De un lado, la negativa a rendirse como defensa legítima de la soberanía. De otro, la idea de que aguantar a cualquier precio convierte a la población en
carne de cañón de un juego ajeno. Entre ambos extremos se cuelan la sospecha, la comparación histórica y una pregunta incómoda: cuánto vale un país y quién está legitimado para decidir el precio.
Qué dijo Zelenski y en qué contexto
El detonante es una frase que se le atribuye, según la cual se aceptaría un ultimátum únicamente «cuando estemos todos muertos». El marco es el
asedio a Kyiv, con los bombardeos rusos acercándose al centro de la ciudad. Una parte del análisis va más allá de la frase y cuestiona la posición de quien la pronuncia: se afirma, sin aportar prueba alguna, que Zelenski habría permanecido fuera del país desde el primer minuto,
calentito en su duplex. Es la tesis del presidente que da órdenes desde un lugar seguro.
La sospecha se completa con una segunda idea, repetida en el hilo: cuanto más aguante, más gente de la suya muera y más destruido quede el país, mayor será la recompensa, con
premio Nobel de la Paz incluido. Nadie aporta un solo documento. La desconfianza hacia el relato oficial funciona como prueba suficiente.
Los tres primeros ministros que viajaron a Kyiv en tren
Frente al líder ausente aparece el argumento de la solidaridad sobre el terreno. Los primeros ministros de
Polonia, la República Checa y Eslovenia viajaron en tren a la capital ucraniana para mostrar su apoyo a Ucrania, según las crónicas que se citan, a pesar de la preocupación por el trayecto y del riesgo evidente de los bombardeos. La escena se usa en las dos direcciones. Para unos demuestra que hay quien arriesga de verdad. Para otros, que los gobernantes están hechos de otra pasta y se fotografían mientras otros se dejan la vida.
El detalle del medio de transporte no es menor. Un viaje de varias horas en tren hacia una capital asediada admite lectura heroica y lectura publicitaria, y el mismo hecho sirve para las dos.
¿Héroe de la resistencia o peón de intereses ajenos?
Aquí arranca el choque de fondo. Una corriente sostiene que Zelenski es el hombre puesto por Estados Unidos para confrontar a Rusia. Otra lo desmonta: el candidato estadounidense habría sido
Petró Poroshenko, y el respaldo del actual mandatario apuntaría a un oligarca,
Igor Kolomoisky, sancionado por Washington y con la entrada prohibida en territorio estadounidense. La tesis del actor que trabajó media vida en Rusia y que, desde el poder, habría acabado facilitando que el país caiga en manos del Kremlin cierra el cuadro.
Ninguna versión llega con papeles. Hay intuiciones bien argumentadas y mucha desconfianza hacia lo que cuentan los grandes medios, la misma que se aplica a la supuesta petición de ayuda a terceros países.
Churchill, Hitler y los sitios de Zaragoza
La comparación histórica es el terreno donde el análisis se vuelve más áspero. Se recuerda que a Hitler se le atribuye haber preferido la destrucción de su propio pueblo antes que la rendición, y que ese mismo juicio, aplicado a Churchill, se convierte en virtud. La resistencia a ultranza tiene precedentes caros: se afirma que los sitios de Zaragoza fueron muy heroicos y murieron casi todos los zaragozanos, mientras las bajas del ejército napoleónico resultaron irrisorias. ¿Habría cambiado algo para un labriego de la época que gobernara uno u otro? La pregunta no tiene respuesta, y ese es justo el punto.
Aparece también el paralelismo con un dirigente autonómico animando a otros a resistir desde Bruselas. La distancia entre quien pide sacrificio y quien lo paga recorre todo el asunto.
Rendirse, ¿es siempre una traición?
Una parte del análisis lo tiene claro: quien tiene en su mano la vida y los bienes de mucha gente debería buscar algún tipo de acuerdo, porque la resistencia a ultranza es heroica y a la vez la muerte de muchísima gente. Enfrente está la postura de que los hombres dispuestos a luchar contra un invasor existen, y que llamarlos miedosos es cosa de quienes temen. La discusión se encona cuando alguien recuerda que hay jóvenes de familias acomodadas de fiesta en Kyiv mientras a otros los reclutan a la fuerza. Ese contraste, real o exagerado, alimenta la sospecha de que el sacrificio nunca cae del mismo lado.
El punto donde el análisis se atasca
El asunto queda, de momento, sin resolver la pregunta central: a partir de qué número de muertos una rendición deja de ser una traición y se convierte en lo sensato. Hay quien defiende que una democracia justa exige educación, tolerancia y valor para defenderla. Y hay quien, con la misma convicción, cree que esa defensa se ha convertido en una factura que pagan otros. Nadie ha encontrado todavía el punto medio.