Mariupol no cae: de «una semana» a más de un mes de asedio
La toma de Mariupol no está siendo cosa de días. Ni siquiera de una semana. La ciudad portuaria resiste mientras el cerco sobre el último reducto defensivo, la acería de Azovstal, mantiene a las fuerzas rusas y a las milicias prorrusas en un pulso que se estira jornada tras jornada. La previsión que circuló en los primeros compases del asedio situaba la caída en el fin de semana del
20 de marzo. El
3 de abril la ciudad seguía sin darse por tomada, y los pronósticos volvían a estirarse. La broma que se repite entre quienes siguen el asunto lo resume sin adornos: «Mariupol está a punto de caer.
No importa cuándo lo leas».
¿Por qué no ha caído Mariupol si era cuestión de días?
El argumento que más se repite es el de los defensores atrincherados. Una parte de la guarnición se ha replegado sobre posiciones urbanas y sobre la propia factoría siderúrgica, donde el combate casa por casa y las galerías industriales convierten cada avance en una operación lenta. Desde la óptica prorrusa se sostiene que el objetivo prioritario es evitar bajas civiles y que ese es el motivo real del retraso. La respuesta desde el otro lado es más seca: el ejército que asedia no tiene la prisa que se le suponía.
Hay una tercera lectura, más incómoda. Los defensores no se rinden porque, según señalan algunos análisis, perciben que deponer las armas no les garantiza nada. De ahí el pulso: quien está dentro sabe que resistir alarga su situación, y quien está fuera sabe que cada día de asedio encarece la victoria. La guerra de desgaste se juega, de hecho, en el reloj.
Posesión no es control: el argumento del mapa
En el seguimiento del conflicto se instaló una pregunta recurrente: qué significa realmente
tomar una ciudad. Hay quien echa mano del mapa de colores para subrayar que el territorio bajo control ruso es amplísimo y que las columnas detenidas a pie de carretera no cambian el balance. La contrarréplica es que la posesión de un área en un plano no equivale al control del terreno, y menos cuando dentro de esa área queda una guarnición organizada que dispara morteros y fija a las tropas sitiadoras en posiciones estáticas.
La frase con la que se resume esa tensión, eso de ganar en posesión, se ha convertido en el chiste involuntario de la contienda: tener el color pintado en el mapa y, aun así, no poder dar la ciudad por tomada.
La acería de Azovstal: por qué 2.000 hombres atan a un ejército
El núcleo de la resistencia se concentra en la factoría siderúrgica, un complejo industrial con túneles donde se estima que aguanta una guarnición de unos
2.000 soldados. Ese dato cambia por completo la lectura del asedio: mientras esos hombres sigan dentro, la ciudad no puede declararse conquistada por entero, y las tropas que la rodean quedan amarradas a una misión de cerco.
El cálculo que hacen varios observadores es de suma cero. Los hombres y los medios empleados en rodear la acería son hombres y medios que no están combatiendo en el
Donbás. Cada semana extra de asedio en la costa resta capacidad en el frente principal, y eso convierte a la factoría, en la práctica, en una pieza que frena toda la operación.
De Aníbal a Stalingrado: las comparaciones con que se mide el asedio
Las analogías históricas han servido para calibrar la paciencia. Aníbal tardó años en llegar a las inmediaciones de Roma, se recuerda con retranca, y desde luego no iba ayudando a cruzar la calle a nadie. En Stalingrado, el ejemplo que más se repite, hicieron falta unas cuatro semanas para completar la limpieza de la ciudad desde la fecha oficial de rendición. La idea que subyace es que los asedios urbanos nunca acaban cuando se firma un papel.
El otro dato que vuelve una y otra vez es la distancia: Mariupol está a unos
60 kilómetros de la frontera, en el territorio donde más apoyos prorrusos se le suponen a Moscú. Que una ciudad tan próxima siga en pie tantas semanas es, para buena parte del seguimiento, el indicador más elocuente de que algo no ha salido según lo previsto. También se discute el respaldo social que se le atribuyó a la causa: frente a quienes sostienen que la urbe fue históricamente hostil al gobierno central, otros recuerdan que ese tipo de mayorías se midieron con procesos sin garantías y con buena parte del censo fuera.
Civiles, versiones cruzadas y relatos que no se pueden verificar
El uso de la población civil es otro de los frentes abiertos. Desde la parte prorrusa se afirma que los defensores se apoyan en los vecinos y que eso impide cualquier asalto rápido. Del lado contrario se responde que son las propias operaciones de cerco las que atrapan a quien no ha podido salir. Ninguna de las dos versiones cuenta aquí con verificación independiente, y conviene tratarlas como lo que son: acusaciones cruzadas en mitad de un asedio.
Lo que sí se comprueba es el efecto práctico. Cada día que pasa sin resolverse el control de la acería añade presión sobre el calendario de quien asedia y sobre la resistencia de quien está dentro.
Con la factoría todavía en manos de sus defensores, la ciudad flota en esa zona gris donde nadie puede proclamar una victoria completa ni negarla del todo. Los pronósticos se han consumido uno detrás de otro. El último, como el primero, sigue sin fecha.