Casas de 480.000 € que ahora se piden por casi un millón
Los precios de la vivienda se han descolgado del salario. En los pueblos del entorno de Bilbao, adosados que en 2023 se movían entre
300 y 400 mil euros se anuncian ahora por
750.000, y casas individuales que entonces costaban entre 480.000 y 580.000 se piden por casi un millón. La duda no es si el ladrillo sube, eso es un hecho, sino cuánto de ese salto responde a escasez real y cuánto a la simple expresión en euros de una deuda más barata. Si pesa más lo segundo, lo que sube no es el valor de la vivienda.
¿Cuánto ha subido el precio de la vivienda en el entorno de Bilbao?
Los casos que se manejan son difíciles de encajar con cualquier media oficial. En una inmobiliaria de Llanes (Asturias) había a la venta, en plena Semana Santa, un
piso de 680.000 euros. No un chalet: un piso, para quien solo piensa en tres semanas de verano y algún fin de semana suelto.
En el extremo opuesto, Madrid anuncia un piso por
20,9 millones de euros, más de 3.300 millones de las antiguas pesetas. Para uno de los participantes, ese producto no compite con ninguna nómina media ni sirve como termómetro del mercado: sería un activo financiero con azulejos, pensado para blanquear capital o para la cartera de un fondo soberano.
También hay memoria familiar. Un piso nuevo de 115 metros, cuatro habitaciones y dos baños en Les Corts, en Barcelona, se compró en
1985 por 4,5 millones de pesetas, unos 27.000 euros al cambio. Quien recuerde esas cifras pensará que el desmadre es de ahora, y en parte lo es, pero con matiz: según otro forero, en 1986, con la nominación olímpica, los precios de esa misma zona
se multiplicaron por dos en apenas un año.
De las 19.000 pesetas de entrada al millón de euros
La hemeroteca da para una curiosidad que descoloca. José Banús, el promotor que después impulsó Puerto Banús en Marbella, vendía pisos en Madrid por
19.000 pesetas de entrada, con una cuota hipotecaria mensual equivalente a un tercio del salario mínimo de entonces. El primer salario mínimo español, fijado en
1963, era de 1.800 pesetas.
El mismo nombre aparece en las llamadas colmenas de la M-30, frente a la Plaza de Toros de Las Ventas, viviendas populares que hoy se anuncian por
550.000 euros, unos 90 millones de pesetas. El salto no mide solo el paso del tiempo: mide cuánto ha cambiado la idea de qué es una casa popular.
¿Por qué el IPC del 25,5% no cuadra con la cesta de la compra?
El dato del INE es incuestionable en su propia lógica: el
IPC acumulado entre marzo de 2020 y marzo de 2025 subió un 25,5%, una media del 4,6% anual. Como número suena hasta moderado para un lustro convulso.
El problema es la cesta. Los productos que sostienen la compra diaria se han movido por encima de esa media:
macarrones de 0,60 a 1,20 euros, arroz igual,
pollo de 1,80 a 3,50. El desglose producto a producto da una brecha que no cabe en el titular del dato general, entre otras cosas porque, según sostiene uno de los participantes, el índice se recalcula y va sustituyendo lo que sube por lo que sube menos.
De ahí nace la expresión que mejor resume la incomodidad: una cosa es el precio y otra el valor del dinero. Con crédito elástico y oferta rígida, el número sube sin que el bien valga más. Es una discusión técnica que se ha colado en la conversación de barra de bar, y no del todo mal.
Menos grúas que en los años 90 y un suelo fiscal bajo el precio
El argumento de oferta y demanda se apoya en una comparación incómoda que plantea un forero: en los años 90 se levantaban alrededor de
100.000 viviendas al año en un país de 37-38 millones de habitantes, mientras que ahora, siempre según su cálculo, no se llegaría a 80.000, con más población y con el suelo escaso y caro.
Hay un segundo freno que casi nadie calcula al pactar una rebaja. Vender por debajo del
valor de referencia de Hacienda puede disparar la factura fiscal del comprador, y un préstamo entre familiares sin interés de mercado se puede interpretar como donación, con su tipo correspondiente. En una compra reciente se tributó por el valor de referencia de la plaza de garaje aunque el precio pactado fuera otro. Bajar el precio no siempre está en manos del vendedor.
A eso se suma una construcción que no da abasto ni en reformas: los tajos pequeños se rechazan y las obras se demoran
entre seis meses y un año. Ni casa nueva ni casa arreglada.
¿Sale más a cuenta la bolsa que el ladrillo?
La comparación de rentabilidades tiene defensor. Mientras la vivienda subía en torno a un
20% el año pasado, de 300.000 a 360.000 euros en el ejemplo que se cita, el
IBEX 35 subió un 50%, de 300.000 a 450.000. Mismo capital, resultados muy distintos.
Los partidarios del inmueble usan otra vara de medir: el alquiler. Con dos viviendas en cartera, sostienen, la renta mensual convierte el trabajo asalariado en una afición cara. Y queda la vía más radical, la de no jugar: dejar de comprar hasta que los precios cedan. La duda es cuánto aguanta quien necesita techo mientras espera.
El coste de la vida sigue su propio pulso: en el escenario que plantea otro participante, en marzo de 2026 el IPC interanual se iría al
3,4% y la subyacente al 2,9%, con el coste salarial creciendo un 3,6% a finales de 2025, de modo que la vivienda corre por delante de todo. Si el crédito sigue barato y las grúas no vuelven, cabe esperar que los precios aguanten; si el empleo se enfría y los tipos no bajan, la corrección llegará antes por el vendedor que por el comprador. Para los más pesimistas del hilo, quien tiene dos pisos alquilados no tiene ninguna prisa. Ese es el problema.