Anexionarse Gaza: el gas, los refugiados y el pulso diplomático
El planteamiento que abrió esta discusión era inequívoco: examinando los movimientos militares y el lenguaje diplomático, la conclusión era que Israel va a ocupar y anexionarse la Franja de Gaza, con los refugiados repartidos entre Egipto, Jordania y otros países árabes y europeos. A partir de ahí, el análisis se bifurcó en tres frentes: quién quiere ese territorio, quién quiere a su gente y quién paga la factura.
Quién se queda con Gaza y por qué
La tesis más repetida en el arranque es que la anexión ya está en marcha y que lo que se negocia es el destino de la población. Frente a eso, la objeción práctica es contundente: anexionarse un territorio con dos millones de personas dentro genera un problema demográfico y de seguridad permanente, y vaciarlo exige gestionar un desplazamiento masivo que ningún país vecino acepta.
Egipto y Jordania ya se han negado, y el argumento que esgrimen no es solo económico: se niegan a que la población palestina sea desplazada de lo que queda de sus territorios y defienden la solución de los dos estados con fronteras de 1967. El rey de Jordania lo ha calificado como
línea roja.
El interés económico aparece en varios mensajes con una insistencia que no es casual:
las bolsas de gas situadas a unas 40 millas de la costa de Gaza pasarían a ser propiedad israelí una vez anexionada la Franja, según el análisis que más peso ha ganado en la discusión. A eso se suma el control de los túneles que desde Egipto se han usado para introducir armas y explosivos. La pregunta que sobrevuela es si esos activos justifican por sí solos la operación o si son ganancias secundarias de un objetivo militar previo.
Egipto y Jordania: entre la deuda y la calle
El frente diplomático tiene dos nombres propios. Egipto arrastra una crisis económica severa y, según el análisis que circula, habría condicionado cualquier acogida de refugiados a una rebaja de su deuda con
Estados Unidos. Jordania ni se lo plantea: no los quiere. La lectura más cínica del asunto es que a ambos les conviene agitar el descontento interno para desviar la atención de sus propios problemas, pero que de ahí no van a pasar.
Las protestas, sin embargo, ya están en la calle. En Ammán hubo intentos de asaltar la embajada estadounidense y en El Cairo los estudiantes se manifestaron frente a la representación israelí. El rey jordano sostiene que el desplazamiento de palestinos a Jordania o Egipto es una línea roja, y hay quien avisa de que cuando se movilicen los militares, no solo los civiles, la situación puede desbordarse.
Irán ya está movilizado y el lenguaje de venganza se ha instalado en la retórica oficial.
El papel de Estados Unidos y el riesgo de escalada
La visita de Biden a la zona se interpreta en el debate como una imposición de condiciones a Egipto y Jordania más que como un intento de pacificación. El despliegue del portaaviones se lee en la misma clave: disuasión, no turismo. Estados Unidos ha advertido de que si se pone en riesgo a algún ciudadano norteamericano responderá, mientras Israel ya ha atacado convoyes en la frontera siria. La conclusión que se repite es que ni Rusia ni China tienen capacidad de proyectar fuerza en la zona, lo que deja el tablero en manos de Washington y Teherán.
El cálculo demográfico que nadie quiere mirar
Hay un dato que descoloca a quienes defienden la anexión como solución definitiva: sumando la población de Cisjordania y Gaza a los ciudadanos israelíes de origen palestino y a las demás comunidades musulmanas y cristianas,
los judíos serían minoría en el conjunto del territorio controlado por Israel. Eso explicaría, según este análisis, la continuidad de la ocupación militar y la negativa a integrar a esa población como ciudadanía plena. La anexión sin ciudadanía es ocupación con otro nombre.
Una discusión atravesada por la desconfianza
El tono del intercambio se degrada por momentos hacia la sospecha mutua: hay quien acusa a Israel de haber financiado en su origen a Hamás para debilitar a la OLP y a Al Fatah, organizaciones laicas con mejor prensa en Occidente. La idea de que ambos se necesitan mutuamente se repite como clave explicativa del conflicto. También aparece la tesis de que los países árabes prefieren contratar mano de obra filipina, indonesia o paquistaní antes que palestina, y la de que el dinero invertido en Gaza desde Qatar, la UE o Estados Unidos se ha dilapidado en corrupción y armas.
El cierre del debate no llega a consenso. Lo que queda es una pregunta abierta: si la anexión es un farol, una operación limitada o el primer paso de un proyecto mayor, y quién pagará la factura de los desplazados que nadie quiere recibir.