Israel no tiene músculo industrial para una guerra larga
Israel no puede reducir Gaza a escombros. No por falta de voluntad, sino porque le faltan fábricas: un bombardeo continuado exige que otro país le reponga el material cada pocos días. La potencia militar que se da por todopoderosa necesita un puente aéreo para seguir disparando.
Ese es el eje del diagnóstico que domina estos días. Si no hay capacidad para arrasar la franja desde el aire, el ejército tendrá que entrar con soldados, casa por casa, en un terreno que sus adversarios conocen mejor. Y ahí empieza la parte incómoda: una guerra urbana cara, larga y con rehenes de por medio.
El ejército que necesita que le manden las bombas
En las últimas campañas contra el Líbano y Gaza, la aviación israelí se sostuvo con suministro exterior continuado. Es el argumento central para negar la etiqueta de superpotencia industrial-militar: Rusia, dice la comparación, fabrica por sí sola
un millón de drones y bombas; Israel los importa.
El paralelismo más repetido es el de Ucrania. Si el esfuerzo se queda sin dinero para dos frentes simultáneos, alguien tendrá que aflojar. Esa es la lectura que hace que muchos descarten la ofensiva relámpago: no habrá borrado exprés porque no hay con qué alimentarlo.
Y queda el cálculo fino: cuánta munición hizo falta en la campaña de
2014 para causar unos pocos miles de víctimas frente a lo que una industria de verdad produce en un mes. Ese desglose, del que se habla pero que casi nadie termina de poner encima de la mesa, es probablemente el más incómodo para el relato oficial.
¿Por qué se anticipa una guerra callejera y no un aplastamiento?
Porque sin superioridad material absoluta, la única vía es la entrada terrestre. En ciudad, la ventaja tecnológica se diluye: un dron barato, de los que se compran por catálogo, convierte un carro de combate en chatarra ardiente. La frase que resume el estado de ánimo:
todos los tanques caen ante el dron más económico.
El otro factor es humano. La infantería israelí no se ha medido en igualdad de condiciones y enfrente hay milicias que llevan años preparando ese escenario. La retirada del Líbano se recuerda como prueba de que, cuando el coste sube en vidas, la maquinaria prefiere replegarse antes que quedarse a pelear.
El frente que no se cierra: Irán, Hezbolá y Siria
La ofensiva aérea no solo golpea Gaza; enciende a todos los vecinos. Cortar el agua y calificar a la población de bestias feroces es, se argumenta, una afrenta que ningún gobierno árabe puede ignorar sin pagar un precio interno. Los números que se manejan son de bloque continental:
100 millones de egipcios y 80 millones de turcos.
El precedente que vuelve una y otra vez es
2006. Si aquella guerra contra Hezbolá se dio por perdida, ahora el tablero tiene más actores tocados y ninguno con ganas de quedarse mirando. La pregunta operativa ya no es si habrá escalada, sino por cuántos frentes a la vez.
La carta nuclear: Dimona y la sombra de Vanunu
La bomba atómica aparece como disuasión ambigua. Israel no figura entre las potencias nucleares reconocidas. Se menciona un ensayo de hace unos
40 años, junto a Sudáfrica, y la central de Dimona como epicentro de ese secreto.
Una curiosidad que se rescata para subrayar lo mismo: el encarcelamiento de Mordejai Vanunu se cita como indicio de que allí hay algo que esconder. El dato decisivo es otro: un arsenal así no resuelve una guerra de ocupación urbana, y su uso sería el final del país, no la solución.
Los rehenes y la cuenta atrás de la opinión pública
La variable que más pesa no es militar. Hay secuestrados y la sociedad israelí es extraordinariamente sensible a la suerte de sus muertos y desaparecidos, hasta el punto de hacer concesiones difíciles de explicar fuera. Eso recorta la libertad operativa de cualquier gobierno.
En paralelo corre el reloj internacional. Los bombardeos pasan de portada a nota a pie de página en semanas, y con ellos vuelve el relato de siempre. Con reservistas llamados desde el extranjero y una ayuda estadounidense anunciada casi de inmediato, la señal que se lee no es la de un país sobrado de margen.
Una corriente del análisis va más lejos y sostiene que esa imagen de invencibilidad es, en buena medida, un efecto de percepción más que de capacidad. Es una tesis sin pruebas y conviene tomarla como lo que es: una opinión.
¿Se puede medir la fuerza real de un país por la prisa con que promete una respuesta?