La 'psicóloga' que presume en Twitter de engañar a su pareja
Un perfil que se presenta como psicóloga asegura en Twitter que volver a casa después de un encuentro con un amante y encontrar a la
pareja «tranquila y confiada» es lo que más «excita» a muchas mujeres. Lo hace con nombre y apellido, sin anonimato, y sin que nadie haya verificado ni que sea quien dice ser ni que ejerza la profesión. El mensaje se llenó en horas de respuestas: condena moral, burla y una sospecha creciente de que todo es una actuación para ganar visibilidad.
La polémica no va de infidelidades, sino de qué se gana cuando se cuenta una en público.Qué dice exactamente el mensaje que originó todo
El texto es breve y provocador. En él se afirma que no hay nada más excitante para muchas mujeres que llegar a casa tras una cita con el amante y encontrar a la pareja ajena a lo ocurrido, y se anima a aprovechar esas ocasiones. Es una
declaración de intenciones sin encuesta, sin estudio y sin muestra que la respalde: solo una generalización sobre «muchas mujeres» que no se apoya en dato alguno.
En otro mensaje del mismo perfil se añade una tesis más amplia: que el romanticismo del pasado ya no existe y que ahora sobrevive «el más audaz, desenfrenado y sin medidas», dispuesto a llevarse por delante a quien haga falta para lograr sus propósitos. El perfil publicó además una imagen con un comentario sobre la apariencia de otras personas, lo que desvió la atención hacia un cálculo imposible: la edad de quien escribe, situada por unos en los
44 años y elevada por otros hasta los
47, con 1977 como año de nacimiento de referencia.
¿Es un perfil auténtico o una cuenta creada para provocar?
Sobre la identidad pesan tantas dudas como sobre el contenido. Los intentos de rastrear el nombre en buscadores no devuelven ningún rastro profesional verificable —ni colegiación, ni consulta, ni publicaciones—, y de ahí salen dos lecturas: o es una identidad inventada, o es alguien que ejerce sin dejar huella digital.
Ninguna de las dos está confirmada.
Hay quien añade indicios geográficos: por el habla y por los apellidos, algunos sitúan el origen en Argentina, Chile o Venezuela. Tampoco eso pasa de ser una impresión. Lo único comprobable es que el perfil publica afirmaciones que, de ser ciertas, comprometerían su reputación profesional, y que no ha presentado ninguna prueba de que lo sean.
La psicología, bajo sospecha dentro del propio asunto
A partir de ahí el foco se abre y la infidelidad pasa a segundo plano. Una parte del público sostiene que el episodio confirma que la psicología es una disciplina sin base científica, equiparable a la homeopatía. Otra corriente lleva la crítica al terreno laboral y recuerda que muchos titulados acaban en departamentos de recursos humanos formulando las preguntas de entrevista que nada tienen que ver con el puesto.
Un tercer grupo matiza: concede que queda algún profesional válido, pero lo reduce a una minoría.
El denominador común es una desconfianza hacia el criterio de quien se arroga autoridad sobre la mente ajena. No se discute aquí si la psicología cura o no —eso exigiría otro asunto—, sino si un título habilita para juzgar la vida privada de los demás en una red social. La conclusión que cruza las posturas: no por llevar bata profesional se está capacitado para dictar cómo debe vivir nadie.
De la anécdota personal al diagnóstico social
Del caso concreto se saltó rápido a la experiencia compartida. Un relato describe una escena en un vestuario de gimnasio donde cuatro jóvenes de unos 25 años celebraban entre risas que uno de ellos hubiera estado con otra persona teniendo novia, con el propio padre del protagonista al tanto y tomándolo a broma. El episodio se usó para argumentar que
la deslealtad no entiende de sexos: el mismo comportamiento que aquí se denuncia como patología aparecía allí como motivo de orgullo.
En paralelo surge la propuesta más cínica. Consiste en ser infiel primero, por si acaso la pareja lo hace después, y en mantener al mismo tiempo algún vínculo paralelo sin que la otra persona se entere. Es la lógica defensiva llevada al extremo:
una partida de ajedrez en la que el primer movimiento ya es una traición preventiva. Que ese razonamiento aparezca como consejo práctico dice bastante sobre el clima emocional que rodea al asunto.
Por qué estas cuentas funcionan y qué se gana con difundirlas
La explicación que más terreno gana según se alarga el asunto no tiene que ver con la protagonista, sino con el diseño del mensaje. Se apunta a que este tipo de cuentas están construidas para crear corriente de opinión y reescribir el criterio de quien las lee, con especial incidencia entre los más jóvenes. Se menciona incluso la ventana de Overton como marco para explicar cómo se desplaza lo que una sociedad está dispuesta a tolerar.
La receta sería sencilla: lanzar algo que incomode, dejar que la indignación haga el trabajo de difusión y cobrar en notoriedad. Por eso una parte de los lectores insiste en no dedicarles tiempo, porque cada respuesta, incluso la crítica, riega el mismo árbol. El problema es que esa abstención es difícil de sostener:
el mensaje está hecho, precisamente, para no poder ignorarlo.
Queda una pregunta que ninguna postura resuelve. Si el perfil es falso, ¿por qué provoca exactamente la reacción que buscaba? Y si es auténtico, ¿qué dice de quien lo comparte que sea eso, y no otra cosa, lo que ha hecho correr el mensaje?