Privado o público: la escuela como lotería social
Un padre lo tiene claro: no tiene televisión en casa desde antes de que nacieran sus hijos, en su salón se conversa y se aprecia la cultura, y con eso cree que ya va sobrado. Sostiene que muchos colegios públicos no son gran cosa pero que se puede salir bien formado de ellos, y que el privado es
postureo puro salvo que el dinero salga por las orejas. Con los impuestos que paga, renunciar a lo público le parece un mal negocio. Su tesis abre una discusión que dura ya más de tres años y que ha reunido 172 respuestas: la escuela como escaparate de estatus o como necesidad de supervivencia.
La respuesta mayoritaria no defiende el postureo. Defiende la huida. Y la huida tiene destinatario: evitar aulas masificadas, entornos conflictivos y lo que varios describen como adoctrinamiento ideológico. El argumento del ambiente se impone al argumento académico en casi toda la conversación.
Qué se paga realmente en un colegio privado
El consenso más repetido es que el profesorado de la pública está tan capacitado como el de la privada, y que la diferencia no está en la pizarra sino en el patio. Un docente con destino en la pública lo formula sin rodeos: en la privada los profesionales están más motivados porque si no dan resultados se van a la calle, mientras que en la pública pueden no aparecer por clase sin consecuencias. Otro profesor, que se presenta como número uno de su oposición, con alumnos que nunca bajaron del notable en selectividad, experiencia internacional y artículos publicados, añade el matiz que casi nadie discute: no cambiaría su libertad de cátedra en el bachillerato público por el sueldo de un centro privado.
El contraargumento llega desde dentro del propio sistema: un colegio privado solo merece la pena si paga muy bien a sus docentes y atrae a los mejores. En muchos casos, se sostiene, acaba contratando a exalumnos del propio centro que no superaron las oposiciones. La pública impone un filtro que no todo el mundo salva, y hay profesores de privada opositando cada curso para volver.
El ambiente como servicio educativo de pago
Aquí el debate se vuelve incómodo y conviene decirlo con precisión: una parte de los intervinientes defiende pagar la cuota para que sus hijos no compartan aula con determinados perfiles sociales, a los que describen con etiquetas despectivas que este artículo no reproduce. El núcleo del argumento, despojado de esa capa, es la composición social del grupo: se afirma que en un centro de pago hay menos conflictividad y más homogeneidad de origen, y que eso protege el rendimiento y las amistades duraderas.
Frente a eso, la defensa de la pública se apoya en la realidad y no en la ideología. Varios relatan casos de familias progresistas que acabaron mudándose de barrio o pagando matrícula cuando el colegio asignado concentraba una mayoría de alumnos de una minoría étnica con problemas de integración y acoso escolar. La contradicción entre el discurso y la matrícula se señala con retintín:
defender lo público y la multiculturalidad, pero no en el cole de tus niños.
El coste real: concertados, cuotas y abuelos pagando
La estructura del sector desmonta la idea de que España se divide entre ricos en privado y pobres en público. Los datos que se manejan en la conversación sitúan el privado puro en torno a una sexta parte del alumnado, el concertado en un tercio y la pública en la mitad, con Madrid como referencia. Es decir, cinco de cada seis alumnos están en centros sostenidos con fondos públicos.
De ahí sale el retrato más repetido: familias que estiran 400 o 500 euros al mes, que recortan alimentación, ocio o viajes, y en algunos casos con los abuelos cubriendo parte de la mensualidad. El concertado aparece como el quiero y no puedo de la clase media, un centro semipúblico obligado a plegarse a la normativa autonómica y con salarios pagados por el Estado. La pregunta que sobrevuela es si ese esfuerzo compra calidad o solo compra compañía.
La pública como lotería y el nivel que baja
El diagnóstico más duro no viene de los defensores del privado, sino de quienes trabajan dentro. Un docente con hijos en privado admite que la pública siempre fue una lotería, pero sostiene que cada vez hay menos boletos premiados y que el listón se hunde: niños que llegan a segundo y tercero de primaria sin saber coger un lápiz. Otro apunta al uso del colegio como aparcamiento infantil mientras los padres trabajan, hacen pilates o rutas en bici, con las extraescolares funcionando como zona azul.
La exigencia académica también se cuestiona en ambos sentidos. Hay quien recuerda que en el concertado se regalaban aprobados en junio y septiembre para no llenar las aulas de repetidores, y quien responde que en el privado directamente se expulsa al repetidor. La conclusión que se repite: el privado no es ninguna panacea, pero el listón de comparación está tan bajo que la elección se vuelve fácil.
Networking, contactos y el futuro laboral
El argumento económico de fondo es el capital social. Se sostiene que la utilidad del colegio no está en el temario, sino en la red de contactos que se conserva durante décadas, en las prácticas que enchufan a los hijos en una empresa y en el idioma aprendido con profesor nativo. La universidad privada se presenta como la vía para colocar al graduado, en un país donde, se afirma, sin contactos no se llega.
La objeción es que ese cálculo no se sostiene para la mayoría. La universidad pública española no sitúa a ninguna institución entre las cien mejores del mundo, pero se responde que esos rankings miden investigación y publicaciones, no docencia, y que en España la matrícula no financia la contratación de investigadores como en Reino Unido o Estados Unidos. El debate sobre la calidad se queda, otra vez, sin árbitro.
Con el privado en una sexta parte del alumnado y la mitad en la pública, la elección real de la clase media no es entre excelencia y mediocridad: es entre pagar por el ambiente o quedarse con la lotería del aula asignada. Y el dato que descoloca no es cuánto cuesta la matrícula, sino cuántos padres están dispuestos a mudarse de barrio antes que a matricular a su hijo donde le toca.