De Prada arremete contra el porno y el personal le busca las cosquillas
Un artículo de Juan Manuel de Prada sobre la pornografía y el proyecto de ley del Gobierno para proteger a los menores ha desatado una tormenta en un foro de economía. El texto original carga contra los «sistemas de verificación de edad» que prepara el Ejecutivo, los tacha de «irrisorio coladero» y de «más que probable atentado contra la intimidad», y sostiene que los daños de la pornografía en adultos son idénticos a los que causa en menores. La tesis central: si de verdad se quisiera combatir la lacra, bastaría con bloquear el acceso desde los servidores. No se hace, argumenta, porque el consumo de pornografía es uno de los pilares de la llamada libertad sexual, ese «soma» que mantiene a los pueblos pacíficamente esclavizados.
Hasta aquí, el artículo. Lo que vino después fue otra cosa: varios participantes sostienen, sin pruebas, que el autor del texto es un usuario habitual del foro, conocido por su estilo y su jerga. «Es él, su estilo le delata», sentencia uno. Otro pide confirmación directa: «JuanMa coño, confirmanos que eres @Icaro0». La sospecha se convierte en certeza colectiva y el hilo deriva hacia el saludo, la coña y el ajuste de cuentas.
Qué propone el artículo y por qué se discute
El texto de Prada no se limita a la denuncia moral. Entra en el terreno de la política pública con una propuesta concreta: bloquear el acceso a la pornografía desde los servidores, en lugar de montar certificados digitales que, a su juicio, acabarán siendo un coladero y una cesión de intimidad. La idea de fondo es que la verificación de edad no protege a nadie y sí crea infraestructura de control.
Ese argumento encuentra eco en el foro. «El porno es una excusa», sostiene un participante, que enlaza la verificación de edad con un supuesto interés más amplio por identificar a los usuarios en internet. Otro apunta que la medida llega de un Gobierno que, en paralelo, promueve la autonomía sexual de los menores respecto a sus padres. La crítica, por tanto, no es solo al porno: es al vehículo.
La respuesta más repetida en el hilo es que la ley no va de pornografía, sino de control. Y ahí coincide gente que no coincide en casi nada más.
El bloqueo total: la propuesta que nadie discute en serio
La propuesta de cerrar el grifo desde los servidores aparece en el texto original y apenas recibe contestación técnica. Un participante plantea una alternativa intermedia: obligar por ley a que toda conexión accesible a menores lleve software parental, que ya existe. La objeción llega rápido: «el crío paga y se lo desbloquean».
La discusión deriva entonces hacia el móvil. «Lo que hay que hacer es no tener móviles hasta los 18 años», propone un mensaje, que añade que los niños deberían jugar a la pelota, correr, hacer deporte y socializar en grupo. La idea de que la solución es analógica y no digital gana peso en la conversación.
Otro participante lo lleva al terreno de la responsabilidad: «A los padres quieren quitarles esa responsabilidad, y todas las demás». La crítica a la ley se convierte, en varios mensajes, en una crítica a la sustitución de la autoridad familiar por la regulación estatal.
El porno como síntoma, no como causa
Una parte del hilo rechaza el marco del artículo. «El nivel de un charlatán que promueve teorías pseudocientíficas contra el porno», resume un mensaje. La objeción de fondo: atribuir a la pornografía una capacidad de daño estructural es convertirla en un actor autónomo, casi en un sujeto con voluntad propia.
Frente a eso, otra corriente defiende que el problema no es el porno en sí, sino la sociedad que lo convierte en suministro permanente. «De Prada sabe que los placeres de la vida no pueden ser permanentes porque en ese caso dejan de ser placeres y se convierten en una rutina», argumenta un mensaje. La idea de que el consumo compulsivo es una forma de adormecimiento colectivo conecta con la cita de Huxley que abre el artículo.
Hay incluso quien introduce el factor demográfico: si se coartan las relaciones y se ofrece pornografía como válvula de escape, el resultado es una población entretenida y sin descendencia. La tesis no se desarrolla, pero queda apuntada.
La caza del autor: cuando el estilo delata
El giro más llamativo del hilo no es ideológico, sino detectivesco. Un mensaje afirma, sin pruebas, que el autor del artículo es un usuario del foro y pide a los demás que comparen su jerga. «Fijaros en su jerga y forma de expresarse. Es él, su estilo le delata», insiste. La acusación se repite con variantes y acaba convertida en running joke.
El asunto se mezcla con el contenido. Quien defiende el artículo recibe el apelativo de meapilas; quien lo ataca, el de progre ofendidito. La polarización es tal que un mensaje resume la escena: dos extremos que se tocan mucho. La discusión sobre la pornografía queda, en varios tramos, subordinada a la pelea sobre quién escribe qué.
La ironía recorre el hilo. Un participante pide más artículos con guiño al foro. Otro bromea con que el autor tiene «70 kg» de más. Y un tercero sentencia que el artículo no va de pornografía, sino de identificación en internet.
Lo que queda del debate
Más allá del ruido, el hilo deja tres posiciones reconocibles. La primera: la pornografía es un problema de salud pública y la ley es postureo. La segunda: la ley no va de pornografía, sino de control digital. La tercera: el artículo es una soflama moralista sin base empírica.
Ninguna se impone. Lo que sí se impone es la sospecha de que la verificación de edad no protegerá a nadie y creará infraestructura de identificación. En eso coinciden el autor del artículo, varios de sus críticos y buena parte de los que solo venían a saludar.
¿Y si el problema no fuera el porno, sino que ya nadie discute en serio sobre él?