De Prada y la «involución de las especies»: el debate que parte a sus lectores
La tesis es rotunda y no admite matices: no evolucionamos, involucionamos. Juan Manuel de Prada sostiene que la hipótesis darwinista triunfa no por la veracidad de sus postulados, sino por la
infatuación euforizante que produce en quien la adopta: la sensación de ir en carrera ascendente hacia el «Punto Omega de la divinización humana» y, sobre todo, de ser superior a unas generaciones pasadas atrapadas, según él, en las simas de la ignorancia. El pretexto es su regreso a las aulas universitarias, una experiencia que describe como estremecedora por el nivel «como de parvulario» de las clases.
De ahí extrae la conclusión que vertebra todo el texto: ya no somos «enanos a hombros de gigantes», sino
enanos engreídos que han arrumbado a los gigantes en el desván porque se creen más evolucionados que ellos. La sabiduría que antes exigía descifrar yacimientos, añade, ahora se franquea con una búsqueda en Google.
¿Se puede involucionar creyendo que se progresa?
El argumento central no es biológico, sino psicológico. La gente cree en la evolución, dice, porque necesita consolarse pensando que es más lista que sus antepasados; de ahí el éxito de lemas como el de
«la generación mejor preparada de la Historia», que a su juicio solo halaga a los jóvenes. Los títulos universitarios que hoy se expiden le parecen «todo fantochería e impostura», con menos valor que los diplomas de la señorita Pepis, y los índices de comprensión lectora de las sucesivas promociones, propios del australopiteco. Cierra el círculo con la ley de que la función hace al órgano: si solo se ejercita la banalidad, las facultades se atrofian.
La repetición no pasó desapercibida. Varios lectores contaron hasta
dos veces la misma expresión, «ideología de garrafón», y otras tantas el «en verdad» que salpica el texto. El propio autor respondió a una de esas pullas con un exabrupto de una sola palabra.
El frente científico: la evolución no es una carrera hacia arriba
Aquí es donde la pieza pierde parte de su auditorio. El reproche más repetido es que confunde evolución con progreso: se argumenta que el éxito de una especie se mide por su adaptación y su reproducción, no por su perfección, que una bacteria está tan evolucionada como un humano y que los neandertales tenían cerebros mayores que los nuestros. «No hay un determinismo o un propósito, es azaroso», resume uno de los análisis más citados, que además recuerda que la evolución también conduce a la extinción.
Hay quien va más lejos y le acusa de quedarse en Lamarck, precisamente por la ley de que la función hace al órgano. Del otro lado se replica que el propósito es no perecer y que despachar el azar como explicación no aclara nada. La discusión sobre Darwin acaba pesando más que la queja educativa que abría el texto.
Títulos universitarios, comprensión lectora y el fantasma de Bolonia
El diagnóstico del desplome de las aulas, en cambio, recoge bastantes apoyos. Se sostiene que el nivel académico lleva décadas cayendo, que los índices de lectura de las nuevas promociones son cada vez peores y que el problema se agrava porque los propios textos que se les da a leer están escritos con una prosa que no exige nada. La conclusión compartida: nadie con una tableta y vídeos de gatitos va a subir su capacidad de comprensión por generación espontánea.
En este punto aparece el plan Bolonia, señalado como responsable de haber colocado a familiares y allegados, de haber multiplicado títulos nuevos en pocos años y de haber dejado a los docentes sin incentivo para suspender, porque su cobro depende de aprobar alumnos. El detalle de cómo habría operado esa degradación, con nombres y mecanismos, se desarrolla en la fuente original y no conviene despacharlo en dos líneas. También se recurre a Chomsky y a sus estrategias de manipulación mediática para explicar por qué el público no reacciona.
Transhumanismo: el móvil como parte del cuerpo
Frente a la tesis del deterioro, emerge el contrapunto tecnológico. Se argumenta que internet y el teléfono funcionan ya como una prótesis cognitiva, que memorizar ha dejado de ser necesario porque todo está a un clic y que un niño maneja herramientas que antes eran cosa de ingenieros. «No se drogan, no fuman, no callejean ni pierden el tiempo en bares», resume una intervención. El recordatorio es incómodo: en generaciones anteriores saber cambiar el canal de la televisión ya parecía un avance.
La disidencia acomodada y la deriva religiosa
El tramo final se encona con otra acusación: la de disidencia controlada. Se reprocha al autor vivir cómodamente de firmar columnas, no votar a nadie y no haber dado nunca el paso a una postura radical completa; el calificativo que más circula es el de estómago agradecido. Otros lo defienden como el único intelectual en activo capaz de soltar verdades incómodas.
La conversación deriva entonces a la religión. Se citan
Mateo 5, 39-40 para sostener que el cristianismo enseña a poner la otra mejilla y que eso choca con cualquier guerra justa, y se discute si una bofetada en la mejilla derecha, dada del revés, era la peor ofensa posible en el Oriente de la época. Se recuerda que Jesús hablaba en parábolas, lo que permite torcer el sentido en cualquier dirección. En algún momento el intercambio se desplaza a terrenos identitarios y de supuesto reemplazo demográfico que no aportan ni un solo dato.
Si el diagnóstico de la involución fuera tan verificable como sostiene su autor, el propio eco del texto sería su mejor prueba: decenas de respuestas, reproches cruzados y algún exabrupto del firmante. Cabe esperar que el asunto se recicle en nuevas columnas y nuevos enfados. Lo que no parece probable es que de aquí salga el dato que zanje la discusión.