Del «guerra improbable» al chiste nuclear en directo
En pleno directo, en el canal de un conocido divulgador, alguien sentado a la mesa verbaliza el deseo de que Rusia lance una nuclear táctica «para que así todos entiendan que esta guerra debe terminar». Nadie corta la emisión. Se ríen. A esa misma mesa se sienta el
coronel Pedro Baños, exmilitar y tertuliano habitual de los espacios de análisis geopolítico, que días antes del inicio del conflicto aseguraba que una invasión rusa de Ucrania era muy improbable. La escena, tal como la relataron quienes siguieron la emisión, resume bastante bien el estado de un género: expertos de plató que llevan desde febrero de 2022 sin cobrar una predicción.
Qué se discute cuando se discute al coronel Baños
El personaje levanta dos reacciones incompatibles. Para unos es quien mejor lee la información pública disponible y quien avisó de las consecuencias del conflicto antes de que estallara; para otros es un vendedor de relato que ha construido su marca sobre la guerra. La cifra que más circula en su contra es la de los cursos y suscripciones de pago, que se cifran en
500 euros, y el uso intensivo de la polémica como reclamo. El rango militar, lejos de zanjar la discusión, la aviva: no es lo mismo un analista cualquiera que un coronel que habla con presunta autoridad institucional.
La predicción que envejeció mal
A días de la invasión, calificaba el escenario de muy improbable y se mofaba de quienes lo daban por seguro. Según la reconstrucción de sus críticos, llamó «majaderos» a los que sostenían que Rusia atacaría y tranquilizó a su audiencia la víspera del inicio de la ofensiva. Quienes lo defienden matizan: nunca descartó la guerra, advirtió de sus consecuencias durante meses y el bombardeo previo de avisos oficiales sobre una «invasión inminente» había convertido el pronóstico en un cachondeo. El matiz importa, y mucho: no acertar un escenario no descalifica a nadie; invocar el rango como prueba de autoridad, sí.
El otoño que no llegó a ser catástrofe
En el debe se acumulan los vaticinios sobre un invierno europeo de escasez y desabastecimiento energético severo que nunca se materializó. Ese contraste, entre el tono apocalíptico y una realidad mucho más templada, es el argumento que más desgasta a los divulgadores que hicieron de la alerta permanente su formato. Cuando la catástrofe anunciada no llega, el prestamista es el que la anunció. Y en un tema donde todo el mundo mira los mismos datos públicos, el margen para el error caro es estrecho.
Un canal que vende y una audiencia que aplaude
Al presentador del espacio se le sitúa en el espectro prorruso más militante, y el propio tono del directo —chistes sobre la escalada nuclear, complicidad con el relato del Kremlin— refuerza esa etiqueta. Lo llamativo es la asimetría de la respuesta: los vídeos con las tesis más polémicas acumulan comentarios favorables, apenas hay contestación y el conjunto funciona como un negocio redondo. Hay quien lo explica por moderación agresiva; hay quien lo atribuye a una comunidad que compra el relato, el curso y la suscripción sin pedir la devolución.
El rango, la reserva y el sueldo público
Buena parte de la conversación se fue hacia un detalle de carrera militar. El paso a la reserva no elimina el empleo: se sigue usando el tratamiento de coronel. Y esa condición lleva aparejada una retribución pública, según quienes conocen la carrera militar, de modo que un exmilitar retirado no necesitaría, en teoría, los ingresos del espectáculo. Se menciona incluso
2012 como el año en que quedó fuera del ascenso y se le apartó del destino que ambicionaba. De ahí a sostener que su cruzada mediática es una venganza personal hay un trecho.
De maestro de la geoestrategia al deseo nuclear
El clímax llega al final del programa. Un contertulio desea en voz alta el lanzamiento de una nuclear táctica, entre carcajadas de los presentes. Quien había construido su prestigio sobre la idea de que Moscú jugaba con ventaja y Occidente estaba vendido acaba la velada riéndose de la única escalada que nadie puede controlar. No hay corrección, no hay matiz, no hay experto. Solo tres personas pasándolo bien mientras el público que paga 500 euros mira desde fuera.
Dónde queda el análisis
La discusión de fondo es incómoda para todos. Si un divulgador con rango se equivoca y sigue facturando, el problema no es suyo: es de un ecosistema donde la audiencia premia la certeza y castiga la duda. Los que aciertan de casualidad tampoco salen mejor parados. Mientras el directo siga colgado y el curso siga a la venta, la polémica tiene recorrido, y el dato que descoloca no es la broma nuclear: es que cuatro años después la mesa siga llenándose.