Sequía, ozono y nivel del mar: los augurios que se apagaron
Seis semanas seguidas de lluvia en pleno invierno y los pantanos a rebosar. El arranque de 2026 en Almería rompió la tendencia seca de los años previos: enero llegó con frío y nieve en zonas altas, y a principios de febrero los acumulados superaron los 23 litros en puntos como El Saliente, en Albox. Con ese escenario sobre la mesa, la pregunta que recorre medio país no es meteorológica, es de memoria: ¿dónde están los que llevaban una década anunciando el desierto?
La discusión no es nueva, pero el giro del tiempo le ha dado la vuelta. Durante años, un invierno suave se despachaba como «lo normal de toda la vida». Ahora que llueve sin parar, ese mismo argumento se usa en sentido contrario. Y ahí aparece la trampa lógica que nadie desmonta: si lo de antes era normal y lo de ahora también, entonces no hay nada que explicar. Si lo de ahora es una salvajada, lo de antes también lo era.
¿Por qué desaparecieron del debate la capa de ozono y la lluvia ácida?
Porque se resolvieron, y eso rompe el relato de la catástrofe permanente. El agujero de ozono se abordó con el Protocolo de Montreal y las sustancias que lo causaban quedaron fuera de circulación. La lluvia ácida se atajó con filtros industriales y combustibles bajos en azufre. En 1984, el semanario alemán
Der Spiegel cifraba entre 2.000 y 4.000 muertes anuales de menores de un año en Alemania Occidental por infecciones asociadas a ese fenómeno, y atribuía la muerte de un tercio de los bosques germanos a la contaminación atmosférica. Aquello era un problema real, medible y con solución técnica. Se solucionó. Y desapareció de los titulares.
Ese es el patrón que incomoda. Los grandes sustos ambientales de los ochenta y noventa tenían una causa identificable, un responsable y una salida. El cambio climático, en cambio, es un sistema complejo donde cada año se convierte en prueba de cargo o de descargo según convenga. De ahí que la pregunta «¿dónde están?» funcione tan bien como meme: señala la sospecha de que el problema no es el clima, sino el uso del clima.
El invierno que rompe la escala: ¿qué es normal en el clima español?
La respuesta corta es que la escala temporal del clima es inabordable para la memoria humana. Las glaciaciones, incluso las mini glaciaciones, llegan después de periodos cálidos más o menos intensos. Europa vivió una Pequeña Edad de Hielo entre el siglo XIII y el XIX, con hambrunas y pestes que estancaron la población durante generaciones. Y España lleva siglos cubierta de encinas, precisamente por su resistencia al calor extremo, al frío, a la sequía y al exceso de humedad. Si el clima mediterráneo se caracteriza por su irregularidad, seis semanas de lluvia no son una anomalía cósmica: son una racha dentro de una distribución muy ancha.
Lo que sí es cierto es que la percepción pública se construye a golpe de telediario. Cuando en junio se anuncie el verano más caluroso desde que hay registros, volverán los mismos rostros con el mismo guion. Y en febrero, cuando llueva, desaparecerán. La memoria de pez no es un defecto del público: es el resultado de un sistema que premia el titular alarmante y castiga el matiz.
El negocio del miedo climático y la factura energética
Hay una lectura económica que casi nadie pone sobre la mesa: mientras el petróleo y el gas llegaban de Argelia o de Rusia, cada barril era un «peligro terrible» para la seguridad y para el planeta. Cuando el suministro pasó a depender del gas licuado estadounidense, más caro y transportado en buques, los peligros medioambientales del asunto se difuminaron. El precio, en cambio, no se difuminó: lo paga el consumidor en cada factura.
No hace falta suscribir la teoría conspirativa completa para reconocer el patrón. Los objetivos geopolíticos y los objetivos climáticos se han ido solapando hasta ser indistinguibles. Y cuando eso ocurre, la credibilidad del mensaje se resiente. Cada vez que una administración pública pide sacrificios en nombre del clima y a la vez firma contratos con regímenes poco ejemplares, regala argumentos a quien niega el problema de raíz.
Los chemtrails, las vacunas y el resto del paquete
La conversación deriva, como siempre, hacia los márgenes. Aparecen las estelas de los aviones, las campañas de vacunación, los organismos públicos como supuesta tapadera de una élite que cobra de los impuestos del contribuyente. Son afirmaciones sin respaldo probatorio, pero funcionan como pegamento social: quien duda del clima oficial suele dudar también del resto del relato institucional. No es casualidad, es coherencia interna de un escepticismo que se ha vuelto identidad.
El problema de fondo es que ese escepticismo tiene un núcleo razonable. La escala del clima es enorme, los modelos tienen incertidumbre, y la acción humana sobre un sistema planetario es difícil de aislar. Reconocer esa incertidumbre no equivale a negar la física. Confundir ambas cosas es lo que convierte un debate científico en una pelea de trincheras.
Con los embalses llenos y el invierno pasado por agua, el relato de la sequía eterna se ha quedado sin escenario. Volverá en junio, con el primer golpe de calor. Y entonces nadie recordará que en febrero llovía. Esa amnesia selectiva, más que cualquier modelo climático, es lo que explica por qué la discusión nunca avanza.