La hipótesis del votante impermeable al dato
Vito Quiles graba a votantes socialistas y les pregunta por causas judiciales abiertas: la respuesta es una reacción hostil, hasta casi la agresión, y ninguna mención a los hechos. Con ese material vuelve a primer plano una hipótesis que llevaba tiempo circulando en comunidades digitales de discusión política y económica: que una parte del electorado ya no está mal informada, sino que ha dejado de considerar relevante la información.
No sería ignorancia, sería lealtad. El matiz importa, porque una cosa es describir un comportamiento y otra convertir esa descripción en una ley general sobre media España.
El caso del fútbol que nadie reclamó
El argumento más repetido para sostener la tesis no es político, es deportivo. Durante
veinte años, según las acusaciones de una causa judicial en curso, el Barcelona habría pagado a cargos del arbitraje español, un episodio sin precedentes conocidos en el deporte profesional. La reacción institucional, sostienen quienes defienden la hipótesis, habría sido el silencio: ni la FIFA, ni la Liga, ni el Gobierno, ni los aficionados. El fútbol vaciaba las calles cualquier domingo por la noche. Si aquel relato era una estafa, la conclusión incomoda: a casi nadie le importó, porque
el club perjudicado no servía para hacer propaganda.
Conviene separar lo comprobado de lo interpretado. Que exista una investigación sobre pagos a un exdirigente arbitral es un hecho. Que eso equivalga a dos décadas de sistema corrupto es la acusación, y todavía no hay sentencia firme. Que la falta de indignación demuestre algo sobre la naturaleza humana es ya una interpretación que el dato, por sí solo, no sostiene.
«El mal está en el cerebro, no en ninguna élite»
La versión fuerte de la hipótesis abandona la política y se va a la neurología. El cerebro humano, se argumenta, produce sentimientos sin necesidad de experiencia previa: lo bello despierta el impulso de destruirlo, igual que el acosador escolar se ceba siempre con el alumno más noble. De ahí al salto político hay un paso: si la conducta moral no depende del razonamiento, tampoco de la información, y la izquierda sería la representación política de ese cerebro. Frente a esa lectura se levantan dos objeciones. La primera es clásica: somos animales sociales y buena parte de lo que llamamos convicción es domesticación bien administrada desde arriba. La segunda es menos amable: si toda la población responde a los mismos resortes, señalar a un lado del espectro como patología es una forma elegante de no mirarse al espejo.
¿Es la población víctima o colaboradora?
Aquí se rompe cualquier consenso. Un sector sostiene que el votante no es víctima sino parte activa del engaño, que prefiere al criminal liberado y condena al inocente, y que
el mayor tirano es el propio pueblo. Otro sector lo atribuye al sistema: el pensionista que cobra sin producir no sería culpable, sino el resultado de un pacto que compró su silencio, igual que una administración sobredimensionada con sueldos difíciles de valorar. Una tercera lectura, más terrenal, lo reduce a
la envidia: hay quien no soporta que otros ganen, liguen o tengan más, y la política de igualdad le promete lo que la biología no reparte. Ninguna de las tres se resuelve con encuestas, y todas culpan a alguien distinto.
Del beso en la celebración a la amnesia selectiva
El ejemplo más reciente que se esgrime es el caso abierto por un beso que la futbolista Jenni Hermoso calificó de no consentido durante la celebración del título mundial femenino. Ocupó portadas, comunicados y una crisis institucional durante semanas; después salió de la agenda. Para los defensores de la hipótesis, esa
amnesia selectiva es la prueba: las noticias no se ordenarían por gravedad, sino por utilidad propagandística. Para los críticos, es simplemente cómo funciona un ciclo informativo que se agota solo. Ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, y eso es lo que hace el asunto tan difícil de cerrar.
La deriva bélica que casi nadie firma
En los tramos más calientes aparecen llamadas a una nueva contienda civil y pronósticos sobre quién la ganaría. Son minoría, y contracorriente incluso dentro del tono agresivo del asunto: hay quien ha vivido una guerra de cerca y pide no confundir un cabreo con un frente. Otros proponen aislar a los responsables institucionales y a los movimientos que consideran culpables de la deriva. La distancia entre diagnosticar una sociedad rota y organizarla en dos mitades no es retórica: es la diferencia entre un artículo de opinión y un problema de orden público.
Con estos mimbres, lo fácil es dar por bueno el experimento y extraer conclusiones sobre media España. Probablemente ocurra lo contrario. La grabación que mejor retrate al votante impermeable acabará siendo la del entrevistador que busca el corte que ya le daba la razón.