El duelo por una mascota abre el debate de las bajas laborales
Paloma Parga comparte su vida con una perra mestiza de tamaño grande. La comparte, dice, con su hermana. Ya perdió a un can anterior y sabe lo que es eso: «Es algo que se lleva fatal. De hecho, dan días de baja para las personas, y tenían que dar también para las mascotas, porque el día que ocurre estás hecha polvo. Son parte de la familia». Su caso no es una excepción estadística. En España hay
9,3 millones de perros y el
43 % de los hogares convive con una mascota, según los datos de 2021 que recoge el planteamiento del asunto. Casi la mitad de las casas españolas tienen un animal dentro, y cuando ese animal muere, algo se rompe por dentro que la legislación laboral no contempla.
Qué dice la ley sobre los días por fallecimiento
El permiso retribuido por fallecimiento de un familiar cubre dos días si el deceso ocurre en la misma localidad y cuatro si es fuera. La norma no distingue entre un padre y un cuñado: los mismos días para ambos. Y no está pensado para el duelo emocional, sino para las gestiones: el funeral, los trámites, el desplazamiento. Esa es la lectura que hacen varios participantes y que desmonta la equiparación automática entre dolor y permiso laboral.
La petición de fondo es otra: que la muerte de un animal de compañía genere un derecho laboral propio. Hay quien sostiene que la baja debería existir y pagarla la empresa; otros consideran que, si es voluntaria y la sufraga el empleado con sus vacaciones, cada cual hace lo que quiere con su tiempo. La discusión se encona cuando se cruza con el absentismo y con quién pone el dinero.
El negocio del duelo: cremaciones individuales al alza
Galimascota abrió el primer tanatorio de animales de compañía en Galicia hace unos once años. Hoy suma cuatro centros más. Su gerente, Rosa Guerra, describe el cambio de patrón: «Antes había menos incineraciones individuales y más colectivas, que son más económicas. Pero en la actualidad tenemos más clientes que nos piden la primera opción». Ofrecen recogida casi inmediata tras la muerte, un espacio para despedirse y la posibilidad de estar presente hasta la cremación. Después, la familia recoge las cenizas o deja que el centro se deshaga de ellas.
El sector crece porque la demanda crece. No es solo sentimentalismo: es un mercado con servicios, precios diferenciados y clientes que eligen la opción más cara. La pregunta incómoda es si esa misma sociedad que paga por una despedida digna está dispuesta a pagar también el permiso laboral correspondiente.
El argumento del pastor y el del compañero de oficina
La comparación más repetida en el intercambio es la del trabajo con animales de producción. Un participante que se identifica como pastor lo plantea sin rodeos: si le dieran días de baja por cada oveja que ha mandado al matadero, no trabajaría en años. La respuesta no se hizo esperar: llevar un rebaño también es trabajar, y depende del tamaño, la técnica, el perro y el clima. El choque revela dos formas de entender la relación con el animal: herramienta de producción frente a miembro de la familia.
En el lado opuesto, hay quien recuerda que la muerte de un animal puede desestabilizar más que la de un pariente lejano. Un caso citado: una compañera de trabajo que obtuvo un mes de baja por la muerte de su conejo. Otro: quien pidió la tarde sin cobrar para enterrar a su gato en el chalet de la familia de su ex. Y una escena repetida: el veterinario que manda a casa el último fin de semana con el animal, y el lunes ya no hay nada que hacer.
La crítica a la antropomorfización
La objeción más dura no viene de quien desprecia a los animales, sino de quien los ha tenido y los ha llorado. Se argumenta que el problema no es querer al perro, sino el sustituto emocional en que se ha convertido: menos costoso que una relación humana, más disponible, incapaz de marcharse. La tesis que circula es que muchos hogares tapan carencias afectivas con un animal y, cuando este muere, el vacío previo reaparece multiplicado. Se añade otra crítica: la misma sociedad que mima al perro deja a los mayores en residencias y a los niños en actividades extraescolares.
El contrapunto llega desde la experiencia propia. Varios relatos describen el vínculo con el animal como el más estable de su vida: «Cuando eres mayor, nadie te quiere más que tu perro. Las personas entran y salen de tu vida. Tu perro no». La discusión no se cierra: ¿es una relación de poder, como sostienen algunos, o el último refugio afectivo de una sociedad que ha roto los vínculos primarios?
El dato que descoloca
Mientras el permiso por fallecimiento de un familiar sigue sin distinguir entre un padre y un cuñado, el sector de los tanatorios de mascotas ya ofrece cuatro centros donde antes había uno y crece la demanda de incineración individual. La ley no ha cambiado. El mercado, sí.