Paz en Ucrania: un hilo, 136 respuestas y ningún acuerdo
¿Se puede pedir la paz en Ucrania sin que alguien te acuse de traidor, de criptoputinista o de ingenuo útil? La respuesta, a la vista de lo que se cuece en cualquier conversación sobre el tema, es que no. Un mensaje inicial proponía un ejercicio sencillo: dejar llamamientos a la paz, «me da igual que quieran la paz entre europeos, entre humanos, entre eslavos, entre blancos o lo que sea», sin filtro ideológico, sin credo, sin exigir coherencia previa. El autor lo editó después para acotar: el asunto era la paz en Ucrania. A partir de ahí, 136 respuestas que son un mapa perfecto de por qué el alto el fuego no llega.
Qué propone el mensaje que abre el asunto
El planteamiento es deliberadamente amplio. Se invita a cualquiera a dejar su llamamiento «por dinero, por humanitarismo, por cansancio o por lo que sea», con la única condición de que sea sincero. La tesis de fondo aparece enseguida: los razonamientos y las ideologías «sólo nos alejan de la verdad», y el impulso de paz debe salir del propio ser de cada uno, sea por egoísmo o por altruismo. El autor insiste en una idea que repite varias veces: los momentos dedicados al odio son momentos perdidos.
La respuesta mayoritaria no discute esa premisa. La ignora. El primer tramo del hilo se llena de mensajes que exigen condiciones previas: que el último invasor abandone el suelo ucraniano, que se rindan los que «joden por todo el mundo», que se desnazifique. La paz como objetivo se convierte, en la práctica, en la paz como consecuencia de la victoria de uno u otro bando.
¿Se puede ser pacifista sin elegir bando?
El autor del mensaje inicial lo intenta y lo formula con una frase que resume su posición: apoyar a uno de los dos bandos es «de mariconas», lo mejor es ser pacifista y llevarse mal con ambos. El doble de enemigos, el doble de diversión. La ironía no le salva de la queja recurrente: que si no condenas explícitamente a un bando, estás blanqueando al otro.
Ahí aparece el argumento más repetido contra el pacifismo genérico. Una parte de los intervinientes sostiene que la paz sin condiciones equivale a congelar la situación sobre el terreno y premiar al que invadió. Otra parte responde que exigir la victoria total como paso previo a la paz es, sencillamente, aplazar la paz indefinidamente. Y en medio, el autor insiste en la pregunta que nadie contesta: cuántos cadáveres hay que amontonar para lograr los objetivos de cada cual.
El coste humano que nadie cuantifica
El hilo vuelve varias veces sobre la misma idea: la guerra tiene una parte material —tácticas, propaganda, tecnología— y una parte humana que consiste en sufrimiento y muerte. El autor insiste en que el coste de una vida humana, especialmente de una persona inocente, es incalculable, y pregunta directamente a los que quieren que la guerra continúe qué beneficio personal obtienen de ella.
No hay respuesta numérica. Hay respuestas políticas. Se argumenta que la paz solo llegará cuando el agresor sea derrotado, que trocear el país y proteger las zonas de mayoría rusa es la única salida estable, que la OTAN no debe entrar. Cada propuesta desplaza el problema al día siguiente de la paz, no al día de la paz.
El giro del hilo: de Ucrania a la estrella roja del avatar
A mitad de la conversación, el foco se desplaza. Un interviniente señala que la estrella roja del avatar del autor no es «muy pacífica». El autor responde que es el mejor avatar que ha tenido y que no piensa quitárselo. Poco después reconoce que se lo ha quitado, no por ninguna razón importante «salvo las risas», y anuncia que va a cambiar de estilo: menos combativo, más manso.
El desvío continúa con una discusión sobre si Estados Unidos es la causa de todos los males o simplemente la última potencia hegemónica de una lista larga. El autor responde con un argumento histórico: si se analiza la historia, todas las potencias dominantes han estado en guerra de forma semiconstante, del Imperio Español al inglés, y la excusa civilizatoria es un clásico imperial. La respuesta es que antes no había «una potencia mundial viviendo de la guerra exclusivamente».
Vacunas, desobediencia y coherencia personal
Uno de los tramos finales introduce un argumento que no tiene nada que ver con Ucrania pero que el autor usa como test de coherencia: si alguien desconfía del Estado porque intentó vacunarle a la fuerza, debería desconfiar también de las causas del Estado, incluida la guerra. La respuesta del interpelado no aparece en el material, pero la pregunta queda flotando.
El autor aprovecha para contar una anécdota personal: en su día dijo a un agente «yo voy a donde me sale de los cojones», le dejó el carnet en la mano para que hiciese los papeleos y no piensa pagar la multa. Lo hizo, dice, a propósito, para tener un papel que acreditase documentalmente su desobediencia a las restricciones.
El hilo termina, como empezó, sin acuerdo. Unos piden una oración, religiosa o laica, por el final del conflicto. Otros piden que se reduzca Nueva York a cenizas. El autor, que abrió el asunto pidiendo paz «desde el corazón», cierra reconociendo que al principio de la guerra también se dejó llevar por las emociones. La paz, viene a decir, es un ejercicio de voluntad que casi nadie está dispuesto a hacer cuando el enemigo tiene nombre.