¿Cuánto va a costar llenar el depósito? La cifra que maneja la patronal de las estaciones de servicio no invita al optimismo: hasta
34 céntimos más por litro de gasóleo y
22 céntimos más por litro de gasolina. La Confederación Española de Empresarios de Estaciones de Servicio (CEEES) atribuye el encarecimiento a la reforma fiscal que prepara Hacienda, y traduce en euros lo que hasta ahora era solo una promesa de mayor recaudación. Para un depósito medio, el gasóleo se encarecería en torno a 17 euros por repostaje.
¿Por qué sube el gasóleo 34 céntimos y la gasolina 22?
El director general de la CEEES, Nacho Rabadán, desglosa la subida en dos tramos. El primero es la
equiparación del diésel a la gasolina que reclama la Unión Europea desde hace años, y que borra el trato de favor histórico del gasóleo. El segundo es una carga impositiva adicional sobre los carburantes, sin otra justificación que llenar la
caja. A esos dos escalones se suma un tercero: el fondo nacional para la sostenibilidad del sistema eléctrico, que traslada costes de las renovables al gas y a los hidrocarburos y añadiría entre
5 y 7 céntimos más por litro.
La aritmética no es menor. Sumando tramos, el litro de gasóleo se acercaría a una barrera que hasta ahora parecía reservada a los países vecinos. Y todo esto se aplica sobre un precio que ya incorpora una fiscalidad elevada, no sobre un carburante barato de partida.
¿Qué tiene que ver el coche eléctrico con la subida?
El relato oficial vende el encarecimiento como un empujón a la movilidad eléctrica. Una parte del análisis lo compra; otra lo descarta de plano. La lectura escéptica sostiene que la excusa verde es solo la
coartada y que el verdadero motor es
recaudar bastante más de lo que después se destinará a ayudas al vehículo eléctrico. La sospecha, repetida hasta el cansancio, es que el dinero acabará en cualquier sitio menos en subvencionar un coche que la mayoría no puede pagar.
Y hay una consecuencia que casi nadie mira de frente: si el objetivo fuera sacar coches de la carretera, lo primero que crecería sería la edad media del parque móvil, con vehículos más viejos, que consumen más y contaminan más. La medida, en la práctica, castiga a quien alarga la vida de su coche porque no puede comprar otro.
Francia: 11 céntimos al bioetanol frente a 68 a la gasolina
La patronal no se queda en la queja; pone el foco en el país vecino. Allí el bioetanol soporta un impuesto de
11 céntimos por litro, frente a los
68 céntimos que se aplican a la gasolina de origen fósil. La petición es concreta: rebajar las tasas a los combustibles formados por bioetanol para aliviar el precio final en el surtidor.
Francia tampoco es el paraíso. Hay quien recuerda su
gasóleo de batalla a 2 euros y su salario mínimo por encima de los 1.700, una comparación que se usa tanto para defender la subida salarial como para advertir de que el carburante caro viene de serie. El diferencial de fiscalidad, en cualquier caso, sirve de espejo incómodo.
El transporte por carretera, en el punto de mira
El golpe no se reparte igual. Lo paga antes el transportista que el conductor de fin de semana, y con especial crudeza el autónomo y quien vive en un micropueblo sin alternativa real al coche. Desde ahí se reclama el tren como solución para las mercancías, menos contaminante y con menos presión sobre la carretera, aunque sigue habiendo quien responde que la M-30 y la M-40 amanecen colapsadas con o sin subida.
La comparación europea pesa. La gasolina española llegó a ser
30 o 40 céntimos más barata que la alemana o la francesa, y ese colchón se ha ido diluyendo hasta desaparecer. La pregunta que flota es si España ha igualado a sus vecinos o si simplemente ha dejado de ser un país barato para repostar.
¿Hay alternativa a la subida?
El diagnóstico que más circula apunta a un contexto global que va más allá de Hacienda: productores que restringen exportaciones para abastecer su mercado interno, Europa parcheando con fuentes caras y una demanda que se pretende racionar por la vía de los precios. Desde esa lógica, la subida no es un accidente, es una herramienta deliberada para forzar menos consumo de carburante.
La objeción es obvia. La herramienta la paga quien no puede permitirse cambiar de coche, y el destino final de lo recaudado rara vez se explica con detalle. Mientras, quien defiende la medida repite que la alternativa —seguir subvencionando el combustible— ya no es sostenible.
Siempre queda la esperanza, claro. Cuando el diésel roce los 2 euros y el bioetanol siga en la cola de los ministerios, alguien jurará que era
por el planeta. Y lo cobrará igual.