Un forero afirma que Suecia limita a dos años el alquiler de la segunda vivienda
Según un forero, en Suecia un particular no puede alquilar su segunda vivienda más de dos años. Pasado ese plazo, la ley le obligaría a venderla porque se considera un bien de primera necesidad y no se permite acapararla. Así lo relata el caso real de un familiar español residente en el país que, tras comprar un piso de tres habitaciones por 265.000 euros a veinte minutos del centro de Estocolmo, descubrió que no podía mantener el anterior en régimen de alquiler. La familia había aconsejado conservarlo para obtener rentas y guardarlo para cuando el hijo fuera mayor. La normativa sueca lo impediría.
El caso desató un debate encendido sobre si el modelo sueco es realmente un ejemplo. Unos lo defendieron como la prueba de que los países avanzados atajan el problema de la vivienda; otros lo desmontaron con datos: el porcentaje de propietarios en Suecia es del 64%, inferior al 76% de España, y el mercado del alquiler está hiperregulado, con colas de espera de hasta siete años en Estocolmo y alquileres en negro que alcanzan los 1.000 euros por una habitación.
Qué dice la norma sueca sobre alquilar una segunda vivienda
La restricción, según el relato del forero, es clara: el Estado solo permite alquilar la segunda vivienda durante dos años. Transcurrido ese tiempo, no se pueden obtener rentas por ella y hay que venderla. El argumento oficial es que se trata de un bien de primera necesidad y no está permitido acapararlo. Quien incumple, se enfrenta a la obligación de desprenderse del inmueble.
Esa medida convive con un mercado donde la mayoría de los alquileres los gestionan grandes empresas que construyen bloques enteros dedicados a arrendamiento con precios regulados. Centralizan mantenimiento, limpieza y otros gastos para ahorrar costes. El resultado, según los datos que se manejan, es un mercado con precios topados pero con una escasez monumental: las colas de espera en Estocolmo superan los siete años y los alquileres en negro se han vuelto habituales, con precios de hasta 1.000 euros por una habitación cuando el piso con precio protegido está entre 400 y 600 euros.
El porcentaje de propietarios en Suecia es menor que en España
El dato desmonta el tópico. En Suecia, el 64% de la población es propietaria de su vivienda; en España, el 76%. Es decir, hay más propietarios en España que en el país nórdico. Quienes defienden el modelo sueco argumentan que la clase media accede a la propiedad en cuanto tiene un trabajo estable, y que cuando se cambian de ciudad o necesitan más espacio, venden y compran. Pero el porcentaje global no respalda la idea de que Suecia sea un paraíso de la propiedad.
La otra cara es el endeudamiento. En Suecia es normal vivir con préstamos: el de estudiantes, el de la vivienda. Una persona con educación y buen empleo explicaba que hay que tener lo justo en el banco como para comprar una nevera si la que tienes se daña. Además, existe una ley por la que, una vez devuelta la mitad de la hipoteca, se puede dejar de pagar el principal y solo abonar los intereses de la deuda restante, lo que convierte la hipoteca en un alquiler perpetuo con el banco.
Colas de espera y alquileres en negro: el coste oculto del sistema
La regulación no ha eliminado el problema, lo ha desplazado. Al no poder alquilar particulares más de dos años, la oferta de alquiler privado se reduce y las grandes empresas copan el mercado. Eso genera listas de espera interminables y un mercado negro donde los precios se disparan. Cambiar de ciudad por trabajo se vuelve tremendamente complicado, y por eso las grandes empresas y universidades tienen sus propias divisiones de alquiler para alojar a su personal nuevo durante un tiempo limitado.
El sistema también afecta a la movilidad. Quien tiene que mudarse por motivos laborales se enfrenta a una odisea para encontrar vivienda. Las empresas internacionales y las universidades han tenido que crear departamentos específicos para gestionar alojamiento temporal para sus empleados y estudiantes. Es la consecuencia de un mercado intervenido que, según los críticos, no resuelve el acceso sino que lo burocratiza.
El debate sobre el acaparamiento de vivienda y los fondos buitre
La discusión derivó hacia si el problema es la regulación o la propiedad múltiple. Una corriente sostiene que limitar la propiedad privada a partir de la segunda vivienda es el camino para garantizar que cada familia tenga una en propiedad. Proponen que el IBI suba exponencialmente: 1 vivienda, 1 IBI; 2 viviendas, 5 veces; 3 viviendas, 10 veces. Con eso, argumentan, el precio de la vivienda caería a la mitad y casi todo el mundo podría comprar. Solo vivirían de alquiler estudiantes y trabajadores itinerantes, en viviendas estatales.
Enfrente, otros sostienen que intervenir el mercado solo genera escasez. Si se limita el alquiler, los precios de lo poco que se alquila suben. Y señalan que el verdadero problema no es el acaparamiento, sino que construir no es rentable. También hay quien apunta a la inmigración masiva como factor de presión sobre la vivienda: si llegan millones de personas de golpe, la escasez es inevitable. Los países construyen según su evolución demográfica, y un aumento súbito desborda cualquier planificación.
Qué se puede aprender del modelo sueco
Suecia no es un paraíso de la vivienda ni un infierno. Es un país con un mercado fuertemente regulado que ha logrado precios topados a cambio de colas de espera y un mercado negro floreciente. El porcentaje de propietarios es menor que en España, y el endeudamiento de los hogares es alto. La lección no es copiar el modelo, sino entender que no hay soluciones mágicas: cada intervención tiene un coste, y el coste sueco es la falta de disponibilidad y la rigidez del mercado.
Con estos mimbres, lo previsible es que el debate continúe. Unos pedirán más regulación para frenar el acaparamiento; otros, menos intervención para que la oferta crezca. Mientras tanto, en Suecia, quien quiera alquilar su segunda vivienda más de dos años tendrá que venderla. Y quien necesite un alquiler, esperar. La predicción, con reservas, es que el problema no se resolverá ni con un extremo ni con el otro.