Robots hablando con robots: el bulo de Milei y la IA que inunda internet
Un deepfake atribuía a Javier Milei una frase sobre «7.291 ancianitos pelotudos» muertos en residencias y circuló por redes sociales, donde fue compartido por perfiles con nombre, apellidos y web profesional. No es un caso aislado: imágenes generadas por IA acumulan millones de interacciones y una parte del público no las distingue. La discusión sobre la calidad de la esfera digital ya no es teórica.
El bulo que se creyeron los que querían creérselo
El vídeo, difundido vía TikTok, mostraba a Milei pronunciando una frase que nunca dijo. La pieza fue desmentida por
malditobulo, pero eso no impidió que una productora de cine gallega lo retuiteara «toda indignada» antes de borrarlo. El patrón se repite: el contenido falso no busca convencer, busca confirmar. Quien lo comparte ya tiene la conclusión y solo necesita una excusa visual.
La reacción del público objetivo fue la esperada. Un sector lo atribuyó a la izquierda; otro, a la extrema derecha. La discusión derivó en un cruce de acusaciones sobre quién fabrica más bulos, sin que nadie aportara datos concluyentes. Lo relevante es que el vídeo funcionó: generó indignación, retuits y una conversación política real a partir de una ficción.
La IA que no distingue un foro de una secta
El análisis más incisivo del asunto no fue sobre el bulo, sino sobre la propia tecnología. Se señaló que las IA se entrenan con sesgos humanos y acaban reproduciendo arquetipos: la evangélica, la feminista radical, el cuñado de barra de bar. «No normales no creo que nadie se haya molestado en alimentar ninguna para simular una persona normal», resume un mensaje. La conclusión es incómoda: la IA no nos supera, nos copia.
Esa imitación tiene consecuencias económicas. Si los modelos generan contenido a partir de datos sesgados, el resultado es un ecosistema digital donde la verificación es opcional. Los bulos no son un fallo del sistema; son su producto natural. Y el coste lo paga la credibilidad de cualquier información que circule por redes.
El negocio de la desinformación
La economía de la atención premia lo falso. Un vídeo manipulado genera más interacciones que un desmentido, porque la indignación viaja más rápido que la corrección. Los algoritmos no distinguen entre verdad y mentira; solo miden tiempo de permanencia. El resultado es un mercado donde la desinformación es rentable y la verificación, un coste.
Hay quien sostiene que el problema no son los bots, sino los humanos que los amplifican. El análisis más repetido apunta a que no hay tantos bots como se cree: hay una cantidad notable de personas con titulación universitaria compartiendo contenido falso sin verificar. La distinción importa, porque si el problema fueran solo los bots, bastaría con mejorar los filtros. Si el problema es humano, la solución es más incómoda.
La televisión que ya falsificaba el directo
La comparación con la televisión clásica apareció varias veces. Se recordó que en los años 90 la señal no llegaba a 500 líneas y el cerebro reconstruía lo que no veía. La diferencia es que ahora la reconstrucción la hace un modelo generativo. El resultado es el mismo: el espectador ve lo que espera ver.
La referencia a
Fahrenheit 451 no es gratuita. En la novela, la televisión falsifica la captura del bombero y la audiencia aplaude aliviada. La versión moderna es un vídeo de Milei que nunca existió y una audiencia que lo comparte como si existiera. La ficción ya no compite con la realidad; la sustituye.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión no cierra. Unos piden educación mediática; otros, regulación; otros, directamente, desconectar. Ninguna propuesta resuelve el problema de fondo: la verificación requiere tiempo y esfuerzo, y el consumo digital está diseñado para lo contrario. Mientras el coste de crear un bulo sea cero y el de desmentirlo sea alto, la asimetría se mantiene. Y con ella, la sensación de que internet ya no es un lugar donde informarse, sino un lugar donde confirmarse.