El 8 gana la encuesta sobre Palestina e Israel
Alguien abre un sondeo con dos casillas y una pregunta incómoda: ¿Palestina o Israel? Y la respuesta más votada no es ninguna de las dos. Es el 8. Un número suelto, sin bandera, sin ejército y sin causa, que se cuela en la papeleta como el que se cuela en una boda. La broma dura tres años y 128 respuestas, y en ese tiempo el chiste se convierte en termómetro de algo más serio: la negativa de buena parte del personal a elegir entre dos relatos que considera igual de ajenos.
Qué se vota cuando no hay opción válida
El planteamiento inicial es simple y tramposo: «Que alguien diga que está a favor de Palestina no significa que necesariamente sea un follamoros, simplemente significa que esa opción le gusta más que la otra». Traducido: votar no es militar, es ordenar preferencias. Y si el menú es malo, siempre queda el 8. La ocurrencia tiene su gracia, pero también su diagnóstico. Hay quien sostiene que el 8 es la opción del que no quiere comerse el marrón de defender a Hamás ni a un Estado que se pasa por el forro los derechos humanos. Otros directamente piden que ambos bandos pierdan: «Ganará el resto de la sociedad».
El problema es que el 8 no significa lo mismo para todos. Para unos es abstención pura. Para otros es un voto de castigo contra el «gobierno mundial judeomasonico controlado por los narigudos», en palabras textuales de uno de los mensajes. Y para un tercer grupo es simplemente la casilla del que no ha leído un libro de historia en veinte años y no piensa empezar ahora. Tres abstenciones distintas bajo la misma etiqueta.
El eje que nadie discute: a quién beneficia el voto
El asunto se calienta cuando alguien señala que votar Palestina no te convierte en yihadista, pero sí te alinea con quien financia el relato. «Les compras todo el discurso de Rusia conservadora y Hamás anti-malvados sionistas», se lee en una de las respuestas más duras. La acusación es de ingenuidad útil: da igual tu intención, tu voto engorda una propaganda que no controlas. La réplica no tarda: si el enemigo de mi enemigo es mi enemigo, entonces cualquier actor que debilite a los gobiernos europeos merece, como mínimo, un aprobado. Es la lógica del «cuanto peor, mejor» aplicada a Oriente Medio, y tiene la elegancia de un ladrillo.
Hay un tercer carril, más frío: «Entre dos enemigos, mejor no meterse». Israel es aliado de Marruecos, recuerda alguien, así que de aliado nuestro tiene lo justo. Y una cuarta vía, la del que ya no distingue: «Es una guerra de malos contra malos, así que voy con las palomitas». La abstención como entretenimiento.
El giro religioso y el giro identitario
A mitad de conversación aparece la opción que nadie había pedido: el cristianismo. «¡Debes escoger un bando!», se plantea como obligación. Y la respuesta es una sola palabra. No es una broma aislada. Otro mensaje recuerda que el cristianismo es una evolución del judaísmo, «nada de eso es europeo», y de ahí sale la tesis de fondo: ni un español puede apoyar a judíos ni a musulmanes, «nunca, ni a protestantes». La guerra deja de ser
geopolítica y se convierte en un problema de identidad. El que no se moja por una bandera se moja por una cruz.
El asunto se enreda cuando alguien pregunta si algún imán en España apoya a Palestina, y usa la respuesta —o su ausencia— como prueba de algo. La pregunta es retórica y el que la lanza lo sabe: «No haré más preguntas». Darle la espalda a los palestinos, concluye, es apoyar al sionismo internacionalista. La ecuación tiene la virtud de no admitir matices.
La pregunta que sí importa: ¿a quién prefieres que te capture?
En medio del ruido, alguien lanza el escenario que corta el debate por lo sano: «¿Qué prefieres, que te capture Hamás o que te capture Israel?». La elección es evidente, dice, «salvo que seas un masoquista con ideas suicidas». No hay respuesta registrada. La pregunta queda flotando porque no busca respuesta, busca recordar que el debate abstracto se vuelve concreto cuando te toca a ti. Y ahí el 8 se queda sin argumentos.
El cierre lo pone el que menos se espera. Después de tres años de discusión, de bandos, de ironías y de conspiraciones, el mensaje final no es una soflama. Es una pregunta: «SEGUÍS PENSANDO IGUAL, O QUERÉIS CAMBIAR VUESTRO VOTO». Nadie cambia el voto. El 8 sigue ganando. Y eso, en una encuesta sobre la guerra más comentada del planeta, dice bastante más del electorado que de la guerra.