Disputa por lindes en Samos: un muerto y su mujer herida grave
Un ganadero de 42 años de la aldea de Lamas, en el concello lucense de Samos, está detenido por haber acuchillado presuntamente a primera hora de la mañana a un matrimonio de jubilados de unos 80 años que eran sus vecinos. El hombre, Manolo, falleció en el lugar. Su mujer, Consuelo, tuvo que ser evacuada en helicóptero al Hospital Lucus Augusti con heridas de gravedad. La familia del detenido llevaba años enfrentada al matrimonio por los
marcos de las fincas, los mojones que separan una parcela de la siguiente.
A simple vista, el objeto del pleito es ridículo. Un participante bromeaba con que un marco de los de verdad se compra por
1,50 euros en una tienda de muebles, confundiendo el mojón con las molduras de un cuadro. La ocurrencia resume lo absurdo del desenlace, pero también lo contrario de lo que parece: nadie mata por un pedrusco. Se mata por lo que ese pedrusco representa en una economía donde la tierra es la herencia, el apellido y, a veces, el único activo de una familia.
¿Qué son los marcos y por qué enfrentan a vecinos?
En gallego, un «marco» es el mojón que fija el linde entre propiedades. Una piedra hincada, una señal en un árbol, un amojonamiento que casi nunca coincide entre dos fincas colindantes. Sobre esa marca descansan escrituras antiguas, herencias repartidas a partes iguales entre hermanos y mediciones hechas de memoria. Es el paisaje del minifundio: cada parcela tiene dueño y cada frontera es una convención que puede llevar décadas sin revisarse.
Cuando dos vecinos discrepan, el pleito se traslada al catastro, a los juzgados o, en el peor de los casos, al camino. La convivencia en la aldea se envenena durante años. No es un guion de película: en zonas rurales se relatan agresiones y homicidios por esta causa, según cuentan vecinos de distintos pueblos.
El tópico gallego y el dato que lo desmiente
El suceso encajó de inmediato en un estereotipo: Galicia profunda, rencillas ancestrales, la escopeta del abuelo. Hay quien sostiene, en cambio, que las muertes por lindes del resto de España son
más numerosas que las gallegas. No es un consuelo para nadie, pero sitúa el problema donde toca: no es un vicio regional, es una consecuencia del régimen de propiedad de la tierra en todo el interior peninsular.
Basta con seguir la pista. Se relata un homicidio con motosierra y una agresión a la hija que se graduaba ese mismo día; un cierre de finca derribado con un tractor; un vecino que abre la puerta con una guadaña en alto para disuadir a cuatro desconocidos. Y una pareja de Lamas, con casi 80 años cada uno, convertida en titular de sucesos. Todo con la misma raíz.
Del somier a la motosierra: así se marca una linde
En el repertorio tradicional, el
somier ocupa un lugar de honor. Un somier viejo clavado en el suelo cierra una finca mejor que cualquier muro: nadie discute la propiedad cuando la frontera es un objeto metálico imposible de confundir con otra cosa. Hay quien bromea con que donde aparece un somier, se acabó la discusión.
El registro se completa con materiales más serios. En el recuento de litigios aparece una piedra de
45 kilos de cuarzo que un crío se llevó a casa y tuvo que devolver a su sitio por orden de la abuela, un conflicto zanjado a golpe de injertos rotos durante la noche y una servidumbre de vigilancia de cauces donde el vecino te deja pasar por el portillo para comprobar, exactamente, por dónde pisas.
La linde como activo: comunales, eólicos y despoblación
El interés por los lindes ya no es solo sentimental. La instalación de parques eólicos y la presión sobre los montes comunales han convertido los viejos pleitos de pedanías en una cuestión económica de primer orden. Hay quien avisa de que los amojonamientos se están rehaciendo para dar seguridad jurídica a los inversores, y quien recuerda que el antiguo orden de los concejos se muere por falta de gente.
La despoblación hace el resto. Hay quien sostiene que, donde ya no queda nadie para discutir un marco, las administraciones y las juntas vecinales quedan con la mano libre para decidir cómo se reparte ese suelo.
Qué ha pasado con los implicados
La
Guardia Civil detuvo al presunto agresor a media mañana. La jueza de Sarria y el médico forense se desplazaron hasta la aldea y analizaron la escena pendientes del levantamiento del cadáver. El concello de Samos se conmocionó en unas horas: una decena de vecinos y familiares de las víctimas se acercaron hasta Lamas, entre ellos algunos que vuelven al pueblo en verano.
El matrimonio vivía en la conocida como Casa de Leiro. Él era natural de Espasantes, en Triacastela, y se mudó al casarse; ella, de la propia aldea. El detenido, un ganadero de 42 años, reside en la Casa de Mixote con sus padres, de edad avanzada. Según una de las versiones que circulan sobre el caso, el hombre fallecido habría sido condenado años atrás por agredir al que hoy le ha matado. Los juzgados no lo han confirmado y la investigación sigue abierta.
Al final, la cifra que descoloca no es la de la condena ni la del parte médico. Es otra: por un trozo de piedra hincada en el suelo han quedado dos casas de apellido conocido, un muerto, una herida grave y una jueza trabajando un viernes a media mañana.