Dejar de ver deporte femenino: el gesto que se extiende
¿Tiene sentido seguir viendo
deporte femenino cuando una parte del público considera que el feminismo ha convertido cada competición en un acto político? Ese es el punto de partida de un planteamiento que arranca con una decisión personal: alguien que no se había perdido una prueba de natación en su vida —ni siquiera en directo— anuncia que deja de ver cualquier deporte femenino. La razón no es deportiva. Es de convivencia: considera que las mujeres se han convertido en «enemigas declaradas» y que sus problemas dejan de ser asunto suyo.
A partir de ahí, la conversación se ramifica. Unos cuantos secundan el gesto y piden cambiar de canal en cuanto asome una noticia de deporte femenino. Otros se limitan a un nicho: el fútbol femenino, fuera; el resto, se aguanta. Y no faltan los que directamente preguntan quién ve eso. La cifra que sobrevuela todo el asunto es la del Mundial ganado por la selección española, un triunfo del que, según se sostiene en la conversación, se habla menos que del episodio del pico en la boca del entrenador con una jugadora.
El Mundial que se recuerda por el beso y no por el título
Ese es el argumento que más peso tiene en el tramo final del asunto. El Mundial femenino se ganó, pero el relato público se lo comió otro episodio. «Se habla más de un pico en la boca por parte del entrenador a una jugadora que del triunfo de dicho mundial», resume una intervención que, en el fondo, describe un problema de gestión de la atención: el deporte femenino genera titulares, pero no los que sus promotores querrían.
Sobre ese episodio, el asunto queda abierto. Hay quien sostiene que marcará un antes y un después en la relación entre el deporte femenino y su público. Y hay quien, desde la ironía, despacha el asunto con un «pico consentido y mutuo» que no se corresponde con ninguna versión oficial. La discusión no cierra el caso: lo deja donde estaba.
¿Por qué se cuestiona la financiación del deporte femenino?
El argumento económico aparece pronto y con fuerza. Se sostiene que las gradas están vacías, que las retransmisiones no las ve nadie y que, aun así, el deporte femenino recibe apoyo estatal y espacio en medios subvencionados. La conclusión que se extrae es que, pese a ese respaldo, la demanda de más dinero no cesa: «Les das la mano y te arrancan el puto brazo», resume una intervención. Es la versión más dura de un planteamiento que, en el fondo, pregunta si el deporte femenino se sostiene por méritos de audiencia o por decisión política.
Enfrente, la postura es más matizada. Hay quien distingue entre deportes consolidados y disciplinas nuevas. La línea que se traza es clara: se sigue viendo lo de siempre, pero no se traga con lo que llega «a martillazos». Es decir, el problema no sería el deporte femenino en sí, sino su instrumentalización.
El boicot selectivo: fútbol femenino no, voley playa sí
El rechazo no es uniforme. El fútbol femenino concentra la animadversión más explícita. Fuera de ahí, el voley playa y la natación sincronizada se salvan con frecuencia, y la gimnasia rítmica aparece como añadido. La natación, de hecho, es el deporte que el propio autor del mensaje inicial decía no haberse perdido nunca.
La ironía recorre este tramo. Se menciona el balonmano playa como «balonmano tanga», se bromea con el puenting sin cuerda y se recuerda a las nadadoras de la antigua RDA de los años ochenta, con sus espaldas de armario ropero, arrasando en los campeonatos. La sospecha sobre los métodos de aquellos años queda flotando, sin desarrollarse.
El deporte como campo de batalla cultural
El asunto se enmarca en una disputa más amplia. Se afirma que el feminismo lo ha impregnado todo y que eso incluye a las comentaristas deportivas, a las que se reprocha escaso conocimiento y exceso de discurso reivindicativo. También se apunta a la política institucional: se menciona al presidente de la asociación de futbolistas españoles pidiendo trabajar por la igualdad en el fútbol, algo que se interpreta como tirar piedras sobre el propio tejado.
La conversación deriva hacia el terreno laboral. Se sostiene que las mujeres generan más conflictos en las empresas y que se putean entre ellas. Es una generalización sin respaldo, del mismo modo que lo es la afirmación de que todas las mujeres son feministas. Ambas cosas se dicen, pero no se demuestran.
La paradoja del espectador que se queda sin deporte
El cierre lógico del planteamiento inicial es incómodo: si el problema es el feminismo y el feminismo impregna el deporte, el boicot debería extenderse también al deporte masculino. Alguien lo apunta sin rodeos: llevas veinte años tarde, y ahora solo te falta darte cuenta de que tampoco debes ver el masculino. La conclusión, llevada al extremo, deja al aficionado sin nada que ver.
Queda la opción de la sobriedad. Una intervención propone no celebrar los éxitos con mujeres, comentarlos por escrito y con contención. Otra añade que el problema no es solo el deporte: también los comentarios, las entregas de premios y los speaker. El veneno, se dice, lo ha impregnado todo.
Al final, la pregunta que sobrevuela es si el espectador que deja de ver deporte femenino gana algo o solo pierde lo que antes le entretenía. Porque la alternativa, a juzgar por cómo va la conversación, es quedarse mirando la pared.