La NASA avisa de una tormenta solar que puede tumbar la red
La advertencia de la NASA sobre una tormenta solar capaz de provocar apagones y cortes de radio, telefonía e internet ha reactivado un viejo temor: que el tendido eléctrico español no aguante lo que ya aguantó en 1859. El evento Carrington, aquella fulguración que fundió los telégrafos y provocó incendios, es la referencia que se repite. La diferencia es que entonces no había móviles, ni semáforos, ni gasolineras que dependen de la luz para despachar.
Hay quien sostiene que la amenaza es real y que la infraestructura lleva décadas sin el mantenimiento necesario. Enfrente, el argumento escéptico: llevan avisando décadas y la llamarada nunca acaba de arrancar. Entre ambos extremos, una certeza incómoda:
en España no hace falta una tormenta solar para tener apagones.
Qué es el evento Carrington y por qué se cita tanto
En 1859 una fulguración solar de gran intensidad alcanzó la Tierra y dejó fritos los telégrafos de medio mundo. Hubo incendios y el cielo se iluminó en latitudes imposibles. Aquel episodio, el evento Carrington, es el patrón con el que se mide lo que podría repetirse. La comparación no es ociosa: entonces la red eléctrica era embrionaria; hoy es el sistema nervioso de todo.
La mecánica que se describe es la de un pulso electromagnético de origen solar. La radiación intensa puede hacer que los electrones salten de una pista a otra en circuitos de escala nanométrica. El cableado y los componentes de un aparato actúan como antenas y amplifican el efecto. Cuanto más microelectrónica lleva un dispositivo, más vulnerable resulta. Un móvil, un ordenador, un cuadro de control: todos candidatos.
La duda técnica que sobrevuela es de potencia. Que una llamarada supere el campo magnético terrestre con fuerza suficiente para freír dispositivos en tierra no lo ve claro todo el mundo.
Llevan avisando hace décadas y no acaba de arrancar, resume la postura escéptica, que compara el asunto con otros relatos de alarma sostenida en el tiempo.
Qué pasó en la última gran nevada y qué se aprendió
La referencia doméstica es Filomena. Madrid se congeló, los coches no podían circular y la vida se paralizó durante días. Aquello fue una miniglaciación, no una tormenta solar, pero sirvió de ensayo general. Lo que se aprendió entonces tiene aplicación directa aquí.
Los coches térmicos atrapados en los semáforos son una mierda, y los eléctricos también: ambos dependen de la electricidad. Las gasolineras no podían repostar sin luz. Quien tenía placas solares con inversor híbrido mantenía la casa iluminada e incluso podía recargar un vehículo. Y evitar desplazamientos dejó de ser un consejo para convertirse en la única estrategia sensata.
De aquello quedó una conclusión que se repite:
el populacho autóctono no ha escarmentado ni aprendido nada en absoluto. La memoria de la última vez que se fue la luz dura lo que dura el hielo en el parabrisas.
Los preparativos: del sótano con setas al huerto de gallinas
Hay quien no espera a la NASA. Un participante describe su sótano de unos 20 metros cuadrados, con acceso por una trampilla camuflada bajo un mueble que se mueve con patines. Ahí abajo guarda huevo en polvo, puré de patatas en polvo, harina de varios tipos y cajas que consigue gratis en su trabajo en el transporte de piezas para armas. En verano ha cultivado setas.
Joer tío, tú no estás muy bien de la cabeza, le dijo el único amigo que conoce la existencia del zulo.
Otro planea un búnker en un terrenito de un pueblo perdido: bloques de hormigón y un pajar típico de Castilla encima para disimular la entrada. La idea inicial de enterrar un contenedor se descarta por el riesgo de acumulación de agua. La alternativa que se maneja es localizar una vaguada en forma de U entre dos montañas de tierra, meter cuatro o seis contenedores y taparlos con más tierra.
El cálculo completo de qué merece la pena almacenar, con partidas y caducidades, es el tipo de material que no cabe en un artículo. Lo que sí queda claro es que hay una comunidad que lleva años preparándose para algo que la mayoría ni se plantea.
Las consecuencias reales: qué se apaga y qué no
El escenario que se dibuja no es el fin del mundo, pero se le parece. Sin electricidad no hay radio FM, ni telefonía, ni internet. Toca desempolvar el radiocasete a pilas y las cintas TDK con grandes éxitos grabados de la radio. Los apagones se suman a la lista de cosas que ya se saben de memoria.
La pregunta que flota es cuánto aguanta una sociedad sin el ruido de fondo.
Sin oír ni ver propaganda de los que mandan, ironiza uno. La broma esconde una inquietud real: la dependencia de los canales que se caerían primero.
El consuelo, si se puede llamar así, es que el cableado se puede proteger. La tecnología existe. Lo que no existe, según la lectura más crítica, es la voluntad de hacerlo.
Los inútiles que nos gobiernan no han hecho nada, sentencia una intervención que resume el cabreo de fondo.
Queda el dato que descoloca. En Irán se registraron 51 grados el mismo día que en la Antártida se alcanzaban 72 bajo cero. El cosmos no necesita avisar dos veces. Y mientras tanto, la NASA sigue tirando cohetes.