La plata se agota: seis años de déficit y un precio que no despega
El mercado de la
plata lleva seis años consecutivos en déficit anual. La demanda industrial, impulsada por la energía solar y los chips para inteligencia artificial, supera cada año la producción minera y el reciclaje. Según un participante del foro, en 2024 el agujero previsto es de
265 millones de onzas, una cantidad que equivale a vaciar por completo el stock disponible para comercio en la COMEX, el principal mercado de futuros de metales de Nueva York. Sin embargo, el precio sigue sin reaccionar con la fuerza que muchos inversores llevan una década esperando. La onza cotiza lejos de los máximos de 2011 y el debate sobre si esta vez es la definitiva se ha reabierto con fuerza.
El consumo industrial que se come la producción
La plata ya no es solo un refugio de valor. Es una materia prima crítica. Según un forero, la industria fotovoltaica consumió más de
200 millones de onzas en 2023, frente a los 60 millones de 2015. La inteligencia artificial demanda procesadores que requieren plata, y la energía solar necesaria para alimentar los centros de datos añade más presión. Hay quien proyecta que antes de 2033 el sector solar reclamará entre 800 y 1.000 millones de onzas anuales. El cálculo es simple: si la tendencia se mantiene, la industria absorberá todo el metal extraído.
El déficit no es una hipótesis. Los datos de la COMEX muestran que solo
62 millones de onzas están disponibles para comercio, mientras que el resto hasta casi 300 millones permanece guardado. Es decir, el déficit anual previsto se come el equivalente a todo el stock comercializable del mercado neoyorquino. En Shanghái, las existencias en almacén cayeron a 755 toneladas en junio de 2024, muy por debajo de las 1.336 toneladas de media histórica desde 2012.
¿Por qué el precio no sube si falta plata?
La pregunta obsesiona a los apiladores. La respuesta tiene varias capas. La primera es la sustitución tecnológica: la industria fotovoltaica ya trabaja en paneles sin plata, más baratos, aunque menos eficientes. Si esa tecnología se adopta masivamente, el consumo caería en picado y con él el precio. La segunda es el reciclaje. La plata de las placas solares, las radiografías y los aparatos electrónicos vuelve al mercado, aunque con retraso: los paneles duran veinte años o más, así que el retorno es lento.
La tercera capa es la más incómoda. La apilación privada, que en 2020 alcanzó 284 millones de onzas, cayó a 243 millones en 2023 y se esperan 212 millones en 2024. Si el movimiento de compra minorista hubiera continuado, el déficit anual superaría los 500 millones de onzas. No ha sido así. El precio de la plata sigue atrapado en un rango que desespera a los que compraron a 15 o 17 euros la onza y aún esperan el despegue definitivo.
El oro como espejo y la escasez relativa
Comparar plata y oro es un ejercicio recurrente. Comprar toda la producción anual de plata, minada y reciclada, requiere unos
30.000 millones de dólares. Hacer lo mismo con el oro exige mucho más capital. De ahí la tesis de que la plata es más escasa que el oro en términos relativos: mientras el 90% del oro se guarda, la plata industrial se consume y desaparece. El argumento tiene un problema práctico: el oro es dinero, la plata es materia prima. Y el mercado trata a cada metal según su función.
La cuestión de la sustitución también pesa. ¿Hay algún mineral más barato que pueda reemplazar a la plata? El cobre es la alternativa más citada, pero es menos eficiente. El grafeno suena a futuro, no a presente. La plata tiene más de 1.000 usos industriales, y aunque los paneles solares son solo uno, su peso en la demanda es creciente. Quitar la fotovoltaica de la ecuación dejaría un déficit de 33 millones de onzas. Sigue faltando metal.
El negocio de la plata física y los que ya vendieron
En España, conseguir monedas de plata en efectivo se ha vuelto complicado. Las onzas escasean en el mercado minorista y los lingotes empiezan a ser la opción para quien quiere metal físico. Las monedas de 100 pesetas y los duros de plata cotizan cada vez más caros. Hay quien sostiene que el mercado español ofrece precios más bajos que otros países, pero la realidad es que la plata física se ha convertido en un activo incómodo de mover en grandes cantidades.
Mientras tanto, los que compraron hace años miran el gráfico con resignación. La plata superó los 1.000 euros el kilo en 2011 y en 2020 estaba a 400 euros. El desplome posterior dejó cicatrices. Algunos vendieron, otros mantienen. La promesa de que «en dos o tres años» la plata explotará se repite desde antes de la crisis inmobiliaria. Los años pasan, las previsiones se cumplen a medias y el precio sigue sin dar el estirón definitivo.
¿Cuánto falta para que la industria se quede con toda la plata y no quede nada para el inversor? La respuesta depende de a quién se pregunte. Los datos apuntan a una década. El precio, de momento, mira hacia otro lado.